Agustín de Hipona: Justicia auténtica y la fundación de la sociedad cristiana

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Agustín de Hipona (354–430 d. C.)

Agustín de Hipona (354–430 d. C.) es considerado el primer filósofo cristiano y ejerció un influjo determinante sobre la escolástica. Su pensamiento refleja su propia trayectoria vital: lucha por conseguir un mundo de certeza interior que le permita hallar la verdad, la sabiduría y la felicidad. Reconoció la limitación de la razón humana para alcanzarlo y la necesidad de la fe, que solo halló en la revelación cristiana, en la que quiso integrar el saber filosófico.

Está convencido, como Sócrates y Platón, de que existe una verdad necesaria e inmutable que se puede conocer en el interior del alma, que sin embargo no tiene su fundamento en ella y que sólo puede explicarse por la iluminación divina. Ésta se alcanza cuando el alma se trasciende a sí misma y busca a Dios, inmanente y trascendente al mismo tiempo respecto del alma humana. El conocimiento de la verdad total exige creer lo que Dios ha revelado. La fe es la vía más segura; sin embargo, la razón y la filosofía son útiles para demostrar que es razonable creer lo revelado por Dios. Así, para Agustín, la fe no está reñida con la razón ni cerrada sobre sí misma.

En el texto: definición y propósito

En el texto, define la ‘justicia auténtica’ como condición de posibilidad de la existencia de una ‘sociedad auténtica’ organizada y cohesionada por una acción política verdadera.

Las implicaciones principales

  1. Define la justicia verdadera como el imperio de la voluntad de Dios sobre la sociedad y, en paralelo, el imperio del alma sobre el cuerpo de cada uno y de la razón sobre los vicios (puesto que así es la voluntad de Dios).
  2. La propone como base para la construcción de la vida de todo el pueblo, como lo es para la vida del creyente, que actúa por amor a Dios y al prójimo como a sí mismo.
  3. La existencia de esta ‘justicia auténtica’ es condición de posibilidad de la existencia de la ‘sociedad auténtica’, fundada en la ley de Cristo.
  4. La existencia de tal sociedad, a su vez, es condición de posibilidad de la existencia de un ‘pueblo auténtico’ —un grupo de seres racionales que aman las mismas cosas—.
  5. La existencia de un ‘pueblo auténtico’ es condición de posibilidad, asimismo, de la existencia de la ‘política auténtica’.

Este es un texto argumentativo en el que las ideas se enlazan entre sí en una sucesión de implicaciones, aplicando el principio o regla de la transitividad. Así, el razonamiento, que parte de la previa definición de ‘justicia verdadera’, sitúa la idea de justicia auténtica como condición de la idea de sociedad auténtica, la idea de sociedad auténtica como condición de pueblo auténtico y ésta, a su vez, como condición de política auténtica. Podría concluir en una proposición del tipo: «solo donde hay verdadera justicia hay verdadera política».

Explicación de las ideas

Con frecuencia, cuando habla de la ciudad de Dios está pensando en la Iglesia; y cuando se refiere a la ciudad terrena, está pensando en la antigua Roma. Estas dos ciudades son también dos sociedades de hombres. Cada una tiene un cuerpo social y político, unas estructuras concretas fundadas sobre una determinada concepción de la justicia. Pero también tienen dos ‘tipos’ de hombres, que dan lugar a dos tipos de sociedad. Estos dos tipos generan dos tipos de ‘pueblo’. Cada uno de ellos posee una diferente conciencia de comunidad.

Frente al pueblo pagano o «hijos de la tierra», Agustín sitúa al pueblo cristiano o «hijos de Dios». Para ellos la razón de su comunión es otra: «un pueblo es más concretamente un grupo de seres racionales unidos entre ellos, porque aman las mismas cosas». Solo en él reina la verdadera justicia, porque su fundador es Cristo. De ello se sigue que es el concepto de justicia lo que define a cada tipo de pueblo y éste a cada tipo de sociedad o ciudad.

También les distingue su actitud política y su contribución al bien común. La sabiduría de Dios, de la que es depositaria la Iglesia —guía y luz de los cristianos—, impone el cultivo de virtudes. Por oposición, en el Estado pagano, la ética cívica de los filósofos propone virtudes cívicas basadas en la piedad por la patria y en la probidad.

Conclusión

Para Agustín, por tanto, la configuración de una sociedad auténtica y de una política auténtica depende de una concepción de la justicia que tenga como fundamento la voluntad divina y el amor compartido entre los miembros del pueblo. De ahí deriva la prioridad de la fe integrada con la razón y la importancia de las virtudes que la sabiduría cristiana promueve.