San Agustín: Fe, Razón y la Configuración del Orden Político Cristiano
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Agustín de Hipona: La Primacía de la Fe y la Educación del Orden Político
La Verdad, el Ser y Dios
Agustín concibe el ser como inmutabilidad; decir "el ser mismo" es decir "Dios". La verdad coincide con el ser y, por ende, con Dios. El conocimiento de la verdad no puede proceder de la sensación, porque la sensación es siempre pasajera. Tampoco puede proceder de mí mismo, porque yo mismo soy mudable. Es preciso que en lo más profundo del hombre resida una unidad con algo que no es el hombre mismo, sino lo inmutable, lo verdadero, el ser. Dios es más íntimo a mí que mi propia intimidad.
Para Agustín, la verdad es Dios porque solo lo interior cumple una condición indispensable de la verdad: la condición de la indubitabilidad. Esta condición la cumple el alma, porque ella misma es una imagen de Dios.
La Naturaleza del Tiempo y el Conocimiento Sensible
Lo sensible es temporal, y el tiempo es algo medible. ¿Dónde y cuándo tiene lugar esa medida?
- Al oír la sílaba larga, apreciamos que su duración es doble que la de la breve porque ya hemos oído la breve; esta ya ha pasado, ya no existe.
- La duración de cada sílaba no la percibimos a su comienzo porque todavía no hay sílaba, tampoco mientras la pronunciamos; la medimos cuando la sílaba ya ha pasado.
La medida del tiempo no tiene lugar en lo sensible, sino en una retención, en un recuerdo, en el alma. Incluso el conocimiento sensible solo es posible porque el alma reúne lo ilimitadamente disperso. Finalmente, el alma puede conocer de un modo totalmente independiente de lo sensible, y es entonces cuando conoce la verdad misma, lo eterno; a esto le llama sapientia.
El Mal, la Materia y la Gracia Divina
Para Agustín, la materia no es algo negativo, sino que es ella misma creada. El mal en el hombre no consiste en estar unido a la materia, sino que consiste más bien en una sobrevaloración de ella, en una inversión de la jerarquía.
Es cierto que el hombre está en el mal, que está vuelto hacia la materia, que la pone por encima. Pero es así porque él se ha vuelto hacia la materia, porque en Adán hemos pecado todos y por ello la humanidad es una masa condenada. El hombre no puede cumplir la ley, y Dios podría en justicia condenar a todos los hombres, pero le plugo otorgar su gracia a través de la Redención. Es gracia porque es un don gratuito que el hombre no podría merecer.
Solo cuando el hombre se justifica por la fe, se hace capaz de cumplir la ley. La fe misma es gracia; no se la puede obtener racionalmente, porque del hombre y solo de él dependería la decisión, y para Agustín la salvación tiene que ser algo que el hombre recibe gratuitamente.
La Ciudad de Dios y el Orden Político
En su obra La Ciudad de Dios, Agustín toma posición frente a la caída de Roma en manos bárbaras. Rechaza el ataque lanzado contra el cristianismo como culpable de la catástrofe romana, sostiene otra concepción de la naturaleza de la Iglesia basada en una lectura providencial del sentido de la historia y propone una renovación del Imperio.
San Agustín vivió en días críticos para el Imperio. La estructura política del mundo antiguo estaba transformándose de un modo rápido. La presión de los bárbaros era cada día mayor. Alarico llegó a ocupar Roma. Los paganos culpaban de las desventuras que ocurrían al abandono de los dioses y al cristianismo. San Agustín emprendió para ello una enorme obra apologética: La Ciudad de Dios.
La idea central de Agustín es que la historia humana es una lucha entre dos reinos: el de Dios y el del Mundo. El Estado, que tiene sus raíces en principios profundos de la naturaleza humana, está encargado de velar por las cosas temporales: el bienestar, la paz, la justicia. Esto hace que el Estado tenga también una significación divina. Toda potestad viene de Dios.
Por tanto, los valores religiosos no son ajenos al Estado, y este tiene que estar impregnado de los principios cristianos. Al mismo tiempo, tiene que prestar a la Iglesia el apoyo de su poder para que esta pueda realizar su misión. La política no puede separarse en San Agustín de la conciencia de que el último fin del hombre no es terrenal.