El Renacimiento: Transformación Cultural, Humanismo, Revolución Científica y Reforma Protestante

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El Renacimiento: Un Nuevo Amanecer Cultural

El Renacimiento es un período de florecimiento cultural que comienza en Italia a finales del siglo XV y se extiende por toda Europa durante el siglo XVI. Este movimiento, centrado en el arte y la cultura, supone una vuelta a los modelos clásicos de la antigüedad greco-latina. La filosofía trae consigo un cambio de mentalidad respecto a la que dominó en la Edad Media, iniciando lo que suele resumirse como el “proceso de secularización”.

El Humanismo: El Ser Humano en el Centro

El Humanismo es un movimiento cultural que vuelve a colocar al ser humano en el centro de atención. Se recupera la fe en el ser humano y en su valor. Pico della Mirandola (1463-1494) ve en el ser humano un microcosmos que resume lo más valioso del universo. También Maquiavelo (1469-1527), en la medida en que propone (en su obra “El Príncipe”) la independencia de la política respecto de la religión y de códigos morales teocéntricos, puede considerarse, con su “realismo político pragmático”, un humanista creador de la ciencia política en sentido moderno. Tomás Moro (1478-1535) es un gran defensor de la libertad religiosa frente al poder político, y en su obra representa una sociedad ideal, modelo de convivencia y justicia, alejada de los vicios de la sociedad de su época.

Revolución Científica: Un Nuevo Paradigma del Universo

La Revolución Científica trae cambios radicales, tanto en la manera de entender el Universo como en la cuestión del método científico, que se prolongarán en los siglos siguientes y harán tambalearse las viejas seguridades sobre las que descansaba la sociedad feudal. El antiguo modelo aristotélico-ptolemaico será sustituido por un nuevo paradigma cosmológico que propondrá el heliocentrismo y la homogeneidad del cosmos como novedades, una ruptura total con el viejo modelo. El heliocentrismo será defendido por Copérnico (1473-1543) y Galileo Galilei (1564-1642). Kepler (1571-1630) explicará las órbitas de los planetas alrededor del sol como órbitas elípticas, forma que romperá con la idea de la esfera y la circunferencia. Giordano Bruno (1548-1600) afirmará la infinitud del Universo. Isaac Newton (1642-1727), con su ley de gravitación universal, dará forma definitiva a este nuevo paradigma científico. No hay sitio ya para las causas ocultas de tipo espiritual y teleológico; en su lugar, se propone un orden racional y necesario, formulable en términos matemáticos. La nueva ciencia y su racionalismo matemático suponen una cierta vuelta a planteamientos platónicos y pitagóricos; el propio Galileo dirá de sí mismo que es un filósofo pitagórico.

La filosofía de Descartes abundará en esta nueva tendencia, y su objetivo será universalizar el método matemático y su proceder deductivo. Mecanicismo frente al organicismo aristotélico; el reloj como modelo sustituye al organismo biológico y teleológico. La nueva ciencia sólo tomará en consideración aquellas características de la realidad que sean matematizables, cuantificables, esas cualidades que Descartes llama “cualidades primarias” para distinguirlas de las “cualidades secundarias” no expresables en términos matemáticos.

La Reforma Protestante: Un Retorno a los Orígenes del Cristianismo

La Reforma Protestante, un “retorno a los orígenes” propio del Renacimiento, supuso un intento de recuperar el “espíritu originario” del cristianismo que acabaría dando lugar a la reforma protestante. Esa recuperación de la pureza originaria pasaba por acentuar la dimensión personal en detrimento de la obediencia a la infalibilidad papal. Resultó decisiva la figura de Erasmo de Rotterdam (1466-1536), cuyo estudio crítico de la Biblia culminó en una edición del Nuevo Testamento que puso el texto bíblico al alcance de los hablantes de las llamadas “lenguas vulgares”. Construyó una importantísima obra literaria llena de sátiras contra la decadencia moral de la época y en especial de la Iglesia romana. Martín Lutero (1483-1546), lector atento de la obra de Erasmo, insistió en esa hermenéutica del libro sagrado, en eliminar la necesidad de “mediación” de la jerarquía eclesiástica entre Dios y los creyentes, ofreciéndoles a éstos la Biblia traducida al alemán. Juan Calvino (1509-1564), en fin, radicaliza las ideas de Lutero remarcando, junto con la incapacidad del hombre para lavar por sus solos medios su culpa, la idea de la omnipotencia divina: Dios no elige a los que son buenos, sino que son buenos aquellos a quienes Dios elige. Al afirmar que el trabajo es el deber sagrado del buen cristiano, y que el éxito comercial es una señal de encontrarse entre los elegidos, prepara las condiciones ideológicas para el desarrollo posterior del capitalismo.