Orígenes, Expansión y Apogeo del Califato Islámico en la Edad Media

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Introducción Histórica al Mundo Islámico Medieval

El comienzo de la predicación pública de Mahoma en torno al año 610 y la fragmentación a mediaos del siglo X del único califato (el abasí de Bagdad), para dar entrada junto a él al de Córdoba (omeya) y el Cairo (fatimí), constituyen los marcos cronológicos de este nuevo capítulo. El argumento fundamental de esos siglos es que el islam adquiere el papel de tercer protagonista en la historia del mundo mediterráneo que había reemplazado a la antigua unidad del Imperio romano; cabe decir que el islam no ha perdido todavía su protagonismo, que adquirió hace más de 1210 años.

En efecto, la pérdida de los archivos administrativos de los reinos islámicos ha revalorizado el papel informador de otro tipo de elementos permanentes:

  • La geografía: El islam se extendió entre las zonas templadas y las tropicales, en áreas que productivamente coinciden con la extensión del olivo y paisajísticamente se caracterizan por la dialéctica desierto/regadío.
  • La sociología, que podemos incluir en dos sentidos:
    • El islam propicia una estricta relación entre lo social y lo religioso, dificultando la separación.
    • Es igualmente evidente que la investigación no ha proporcionado una opinión conforme sobre el papel del Estado y las clases sociales en la historia de los países islámicos.

El Escenario de la Aparición del Islam: Arabia

El escenario de la aparición del islam es Arabia, situada entre el mar Rojo, el golfo Pérsico y el extremo occidental del océano Índico. En el siglo VI, se dividía en tres grandes zonas, de las cuales cada una había visto incrementada su actividad mercantil y pastoril con la difusión del camello como bestia de transporte y de guerra. Los habitantes estaban organizados en sociedades segmentarias, en las cuales la tribu gozaba de fuerte unidad y personalidad respecto a los demás elementos de la sociedad.

En cuanto a las creencias religiosas, estas se caracterizaban por un animismo que atribuía carácter sagrado a ciertas piedras, árboles o manantiales, y, en menor medida, por una vaga idea de la existencia de dioses superiores y más universales; uno de ellos era Alá, al que los habitantes preislámicos rendían culto.

En la segunda mitad del siglo VI, se subrayó el papel de La Meca como motor de desarrollo social, político y credencial de la población arábiga ya antes de la llegada del islam.

El Profeta y su Doctrina

Los datos biográficos del profeta del islam son solo seguros desde los años 615-620, cuando Mahoma debía contar entre 40 y 50 años. Había nacido en La Meca en torno al año 570 y había crecido en el ambiente de progresivo enriquecimiento y monoteísmo de su ciudad natal. Su sensibilidad respecto a las diferencias sociales le llevó a la defensa de los humildes y a la denuncia de las situaciones injustas.

Cuando Mahoma tenía 40 años, la divinidad le habló a través del arcángel Gabriel, animándolo a proseguir su tarea de hostigamiento de la impiedad. Entre los años 610 y 619, Mahoma fue dando cuenta del mensaje divino recibido y transformándose de predicador en profeta, denunciante de una situación que, a su juicio, exigía una reforma moral y social. Los negocios caravaneros de su esposa Jadiya lo pusieron en contacto con judíos y cristianos, de quienes adquirió un sustrato bíblico.

Hacia el año 619, Mahoma constituyó la primera comunidad, formada por parientes y amigos, de carácter igualitario y revolucionario, ante la que se presentó abiertamente como el profeta y mensajero, encargado de difundir la nueva doctrina. Dado que las ideas de Mahoma encontraron la resistencia por parte de los mercaderes locales, temeroso de la reacción de sus más poderosos paisanos, optó por la huida con un grupo de sus adeptos a la ciudad de Medina, donde la existencia de comunidades judías había creado un ambiente más receptivo para su doctrina. En este sentido, la tarea de Mahoma en Medina consistió en hacer cristalizar algunos de los rasgos que serían inherentes al desarrollo histórico del islam:

  • La creación de una nueva base para la solidaridad de la comunidad, sustituyendo el antiguo vínculo tribal de sangre por el de sumisión (ese es el significado de la palabra islam).
  • La teoría del poder: la autoridad, antes condicional, concedida y revocable por la tribu, pasó a ser una prerrogativa que procedía de Dios; es decir, la fórmula de la teocracia.
  • Cierta militarización de la primera comunidad islámica, resultado de combinar las raíces tribales de carácter bélico y la necesidad de defensa de los nuevos fieles musulmanes.

El fortalecimiento de su jefatura unipersonal animó a Mahoma a emprender acciones contra los que empezaba a considerar infieles de la península arábiga. Sus éxitos militares le consiguieron adeptos entre las distintas tribus y, sobre todo, le abrieron las puertas de La Meca como signo de la reconciliación entre las dos ciudades, Medina y La Meca. Medina sería la incipiente capital política del Estado que se estaba gestando.

Los Pilares del Islam

El islam como religión se caracteriza teológicamente por un monoteísmo estricto; socialmente, por una declaración de radical igualdad de los creyentes en el seno de la comunidad; y, en la práctica, por un ritualismo de actos piadosos. Sus fuentes principales son:

  • El Corán (o «recitación»): es el libro que recoge el mensaje que Dios transmitió a los hombres a través del último de los profetas, ofreciendo por un lado elementos de la teología musulmana y, por otro, indicaciones sobre moral y derecho.
  • La Sunna (o «tradición»): recogía relatos sobre el comportamiento del profeta en situaciones concretas, que debían servir de orientación a los creyentes en su vida cotidiana.

El camino para llegar al paraíso pasa por aceptar la práctica religiosa desarrollada a través de diversos actos que constituyen los cinco pilares de la religión:

  1. La profesión de fe: consiste en reconocer a Alá como único Dios y a Mahoma como su profeta.
  2. La oración: debía realizarse 5 veces al día, a horas fijas y dirigiendo la vista hacia La Meca, lo que condicionará la orientación de la kibla o muro principal de las mezquitas.
  3. El ayuno: durante el mes de ramadán, con relación a su calendario de base lunar.
  4. La limosna: entendida como medio de purificar los bienes económicos, tiene como destino cubrir las necesidades de los fieles más pobres y, en su momento, atender los gastos militares.
  5. La peregrinación a La Meca: al menos una vez en la vida.

Estas prácticas religiosas se vieron acompañadas por ciertas costumbres con fuerza de ley para los creyentes, tales como: la guerra santa, la obligación de extender la doctrina islámica entre los infieles, la circuncisión, la abstinencia de carne de cerdo, el uso de velo facial para las mujeres y la poligamia restringida a un número de cuatro esposas.

El Califato Ortodoxo y la Primera Expansión

La muerte de Mahoma en el año 632 se produjo sin haber previsto un sucesor, lo que condujo a una especie de crisis constitucional: el debate sobre el origen y la legitimidad del poder. Durante esos años, el islam estuvo dirigido por el califato ortodoxo, es decir, compañeros de Mahoma y, por tanto, conocedores del camino recto que el profeta había elegido.

Los Primeros Éxitos Conquistadores

La crisis acontecida a la muerte de Mahoma reprodujo antiguas tensiones entre tribus, en especial entre los compañeros del profeta y los quraysíes de La Meca, y fue superada por la designación de Abu Bakr. En cuanto a este, su título de califa (es decir, «sucesor o lugarteniente del enviado de Dios») le garantizaba el disfrute de una autoridad indiscutible. De esa forma, con Abu Bakr se consagraba la duplicidad de competencias que iba a ser propia de los califas.

Los primeros y decisivos pasos de la expansión islámica tuvieron lugar bajo la jefatura del propio Abu Bakr y, sobre todo, de sus dos sucesores: Umar y Utman. Al dominio musulmán se incluía toda la península arábiga y amplísimos territorios arrebatados a los imperios colindantes. Entre las victorias destaca la penetración en el Imperio persa y la conquista de Egipto, Siria y Palestina, haciendo de Jerusalén la segunda ciudad santa musulmana.

El control del territorio conquistado se confiaba a una guarnición de guerreros árabes que se establecía en las antiguas capitales o al margen de ellas: los ansar. El control de los recursos fiscales incluyó la incorporación al califato de las tierras y riquezas públicas de los imperios persa y bizantino, y la imposición de un tributo personal a la población someterse. Ni uno ni otro afectaban a los musulmanes; sin embargo, esta discriminación fiscal favorable a los creyentes del islam estimuló las conversiones a la nueva fe, lo que no entusiasmo a los dirigentes árabes. Para incorporarse a la nueva fe, los conversos debían hacerse maulas (mawalíes), es decir, clientes de cualquiera de las tribus árabes.

El Final del Califato Ortodoxo

Las tensiones que iban apareciendo en los territorios ocupados culminaron con el asesinato del califa Umar. El califato fue ocupado por Utman, perteneciente al grupo de la tribu de los mercaderes de La Meca que se había opuesto a las predicaciones de Mahoma. El acceso de Utman al califato produjo el descontento en las figuras árabes que habían sido compañeros de Mahoma en Medina, para quienes solo un descendiente del profeta debía ocupar el califato.

En el año 656, una conspiración de partidarios de Alí acabó con la vida del califa Utman y entronizó a su candidato. El gobierno de Alí fue breve y se desarrolló en un ambiente de enfrentamiento civil. Por su parte, el gobernador omeya Mu’awiya, tras sublevarse y derrotar a Alí (quien fue asesinado), se hizo con el poder del califato. Los vencidos se reorganizaron en la clandestinidad alentando un movimiento que reunió dos elementos: un legitimismo a favor de los hijos de Alí y una oposición religiosa apoyada en el islam chií.

La Dinastía Omeya y el Estado Secular

El triunfo del gobernador omeya reforzó su papel de dirigente político del imperio, optando por el modelo bizantino y trasladando la capital del califato de Medina a Damasco. De esta manera, la antigua teocracia islámica se transformó en un Estado secular, dentro del cual la minoría árabe constituía una verdadera casta dominante.

Tras una serie de reformas fiscales que completaban la creación del Estado, y ante el descontento de los árabes, la dinastía omeya utilizó como vía de escape la capitanía de una segunda fase de conquistas. Sus mayores triunfos fueron la ocupación del África bizantina, el dominio de los bereberes y el control de la península ibérica (Hispania). En resumen, a mediados del siglo VIII, el islam había alcanzado unas dimensiones estables.

El Final de la Dinastía Omeya

Este conjunto de cambios se apoyaba en una moral de conquistas y victorias, pero cuando estos dos elementos empezaron a decaer, la población del califato comenzó a mostrar inquietud. Entre el 724 y el 743, el califa Hisam prolongó las conquistas y evitó la crisis, la cual se desató a su muerte. Las críticas de la población estallaron en una revolución que culminó con la derrota omeya en la batalla del Gran Zab en el año 750, marcando el final de la dinastía.

El Califato Abasí y el Esplendor Urbano

El triunfo de los sublevados en 750 abrió el acceso al califato de una nueva dinastía, la de los abasíes, que se mantuvo en el trono hasta 1258. Los abasíes proponían un imperio islámico cuya legitimidad se basaba en la pertenencia de las nuevas dinastías al linaje de al-Abbas (tío de Mahoma) y en la recuperación del valor de jefatura religiosa del título de califa.

El Esplendor Económico de un Imperio Urbano

La civilización islámica clásica fue, ante todo, una civilización de ciudades. Unas databan de época romana, bizantina o persa; otras se habían generado en torno a los ansar; y otras fueron construidas como sede de una corte califal, como lugar de encrucijada o como puerto marítimo. Entre todas acabaron configurando una tupida red de caminos:

  • Aunque muchas ciudades eran deudoras del urbanismo helenístico, pronto su trazado se convirtió en un enjambre de calles y callejuelas donde las casas se empalmaban.
  • El centro de cada conjunto urbano lo constituía la mezquita, en torno a la cual se crearon pequeños talleres artesanales organizados por el poder.
  • El otro foco de atención espacial era el palacio de la autoridad, situado a las afueras de la ciudad.

Las dimensiones e importancia de las diferentes ciudades islámicas fueron muy desiguales; sobresalen: en al-Ándalus, Córdoba; en el Magreb, Fez; en Egipto, El Cairo; en Palestina, Jerusalén; y en Siria, Damasco.

La Crisis del Califato Abasí y la Fragmentación

Las enormes dimensiones del imperio islámico y la falta de una estructura administrativa y militar adecuada para mantener su unidad propiciaron, desde los mismos días del triunfo de la revolución abasí, la instalación de poderes autónomos. El imperio islámico se fragmentó en tres califatos:

  • El califato abasí de Bagdad.
  • El califato fatimí de El Cairo.
  • El nacimiento del califato omeya de Córdoba en el año 929.

El Desarrollo de al-Ándalus

En resumen, el proceso histórico del espacio islámico se desarrolló, en el caso andalusí, en cuatro etapas significativas:

  • 1ª Etapa (711-756): Marcada por las campañas de conquista árabe y bereber de la península y sus implicaciones en las relaciones sociales.
  • 2ª Etapa (756-852): Etapa de creación del Estado omeya andalusí y consolidación política.
  • 3ª Etapa (852-929): Marcada por las revueltas internas y la descentralización del poder.
  • 4ª Etapa (929-976): Constituyó el apogeo de la presencia musulmana en la península con la proclamación del califato. A su cabeza destacaron dos grandes gobernantes: el primero, Abderramán III, quien comenzó a gobernar en 912 y proclamó el califato en 929 para contrarrestar a los fatimíes; y su sucesor, Alhakén II.