La Ley Natural y la Virtud en la Ética de Santo Tomás de Aquino

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La materia de los actos humanos y la virtud de la justicia

La materia de los actos humanos es variable, de modo que una acción que hoy corresponde a un precepto, mañana puede pertenecer a otro. Ejemplo: un amigo que me prestó una escopeta me la pide serenamente hoy; pero cuando mañana viene a por ella, está muy alterado, contándome que su mujer le engaña y que se van a enterar. Como se debe devolver lo prestado, ¿debo ahora devolverle la escopeta? Claro que no.

Pero entonces, ¿tiene excepciones la ley moral? No, lo que pasa es que, cambiando las circunstancias, el mismo acto que ayer pertenecía a un precepto, hoy corresponde a otro. ¿Cómo lo sabemos? Por la virtud de la justicia que manda dar a cada uno lo suyo, que no es lo mismo hoy que ayer: si devuelvo la escopeta hoy, no estoy siendo justo con nadie. Las virtudes permiten valorar, en cada caso concreto, los bienes que están en juego y los medios adecuados para conseguirlos. La ley natural tomista no es una ley que haya que aplicar a los casos particulares si no es del modo en que lo haría la persona virtuosa.

Teología de la ley natural

En relación con el tema estoico de la ley cósmica universal, Tomás de Aquino es, como en otros significativos puntos, agustiniano. La ley eterna es el plan de la sabiduría divina que ordena a cada cosa creada a sus actos y movimientos propios. Es la razón divina que gobierna las cosas. Pero, aunque sea lo primero en el orden del ser o de la realidad, es lo último que el hombre llega a conocer.

Todas las criaturas participan de la ley eterna o reciben su influjo motriz a través de sus propias inclinaciones naturales. Pero, además, el hombre participa intelectualmente en la ley eterna de modo consciente mediante su razón legisladora. La ley natural es esa participación racional en la ley eterna; la luz de la razón natural por la que discernimos entre lo bueno y lo malo es la impresión de la luz divina en nosotros.

El intelecto práctico y el auxilio divino

El intelecto práctico es la misma luz natural inherente al alma; es una iluminación de Dios, por la que nos ilustra en el conocimiento de las verdades de orden natural. Pero, en todo caso, para obrar bien, el hombre necesita siempre del auxilio divino.