Los Imperios Plurinacionales Europeos ante el Nacionalismo del Siglo XIX

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Imperios Plurinacionales

Imperio Austro-Húngaro

Este imperio se había ido conformando desde el siglo XVI, sumando territorios de la dinastía Habsburgo y de otros linajes de tierras austriacas y germanas. El resultado de este largo proceso fue un imperio marcado por la diversidad étnica, cultural y religiosa. Además, puede decirse que, junto al ruso, era el imperio europeo más anclado en el Antiguo Régimen.

Por ambas razones, durante la segunda mitad del siglo XIX se fraguaron movimientos liberales y, sobre todo, nacionalistas.

En relación con los movimientos nacionalistas, es preciso señalar que el Imperio tenía dos grandes centros:

  • Austria, de cultura alemana.
  • Hungría, de cultura magiar.

El emperador, Francisco José I, aplicó una política de centralismo y absolutismo germánico, lo que originó un enfrentamiento entre austríacos y húngaros que llevó a un compromiso en 1867 para dividir el imperio en lo que se denominó la monarquía dual.

Esta monarquía dual compartía:

  • La figura del emperador.
  • Los ministerios más importantes (Guerra, Exteriores y Finanzas).

Sin embargo, el resto de instituciones eran independientes (Parlamento, leyes, gobierno, etc.).

En cualquier caso, este compromiso solo resolvió los problemas de identidad entre húngaros y austríacos, pero no los de otras minorías diseminadas por ambas coronas (como la serbia, la croata o la eslovena, entre otras). Este problema de nacionalismo no resuelto sería una de las causas fundamentales que derivarían en la Primera Guerra Mundial.

Imperio Ruso

El Imperio Ruso tenía una situación similar al Austro-Húngaro, solo que en un territorio mucho mayor. Pero los problemas eran los mismos:

  • Diversidad étnica y religiosa: 80% de eslavos, junto a minorías caucásicas, bálticas, amarillas, judías, alemanas, etc.
  • Sistema absolutista, típico del Antiguo Régimen.

Los zares (denominación equivalente a emperador en Rusia) intentaron aplicar la rusificación a las minorías, lo que generó movimientos nacionalistas disgregadores que se sumaron a los movimientos liberales opuestos al absolutismo.

La presión de esta oposición se acrecentó tras la derrota rusa en la Guerra de Crimea (1853-1856), lo que obligó al zar a llevar a cabo varias reformas para acallar las críticas. La más importante fue la abolición de la servidumbre, que en teoría liberó a unos 22,5 millones de siervos de su adscripción a la tierra de un señor. Sin embargo, en la práctica, los siervos debían pagar precios tan altos por su libertad que su situación apenas mejoró.

Por otra parte, los zares continuaron persiguiendo y reprimiendo a la oposición y mantenían un fuerte control sobre la cultura y la enseñanza, lo que provocó que el descontento siguiera en aumento. Ese descontento volvió a manifestarse tras la derrota rusa en la guerra contra Japón (1905), lo que derivó en la Revolución de 1905. Tras esta revolución, el zar Nicolás II prometió reformas liberales, aunque nuevamente fueron tan limitadas que resultaron insuficientes, fraguándose así la gran Revolución Rusa de 1917.

Imperio Turco-Otomano

La situación del Imperio Turco-Otomano también era muy parecida a la de los dos imperios anteriores, aunque con algunas variaciones:

  • Amplio territorio con gran diversidad étnica, religiosa y cultural.
  • Sistema absolutista, típico del Antiguo Régimen, aunque con la diferencia de que aquí, además, se trataba de un estado autocrático, en el que los líderes políticos eran a la vez líderes religiosos.
  • Fuerte inestabilidad debido a la corrupción interna y a la pugna de Francia y Gran Bretaña por las posesiones turcas en el África Mediterránea, así como de otras potencias europeas por sus posesiones en los Balcanes.

Contra el sistema absolutista se organizaron los Jóvenes Turcos, que dieron un golpe de Estado en 1876. Sin embargo, el nuevo sultán volvió a concentrar todos los poderes en su persona y persiguió nuevamente cualquier movimiento opositor a su régimen.

No obstante, los movimientos nacionalistas continuaron su labor de oposición y debilitaron el régimen hasta que los Jóvenes Turcos dieron otro golpe de Estado en 1908, que concluyó con la destitución del sultán y el inicio de reformas aperturistas.

Sin embargo, el nuevo sultán se acercó políticamente a Alemania, ya que desconfiaba de las demás potencias europeas. Este hecho fue clave para el fin del Imperio, puesto que el bando alemán resultaría perdedor en la Primera Guerra Mundial.