El Ser Humano y la Ética en el Pensamiento de San Agustín de Hipona

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La Concepción del Ser Humano en San Agustín

El concepto agustiniano del ser humano se muestra bastante cambiante, oscilando entre diversas ideas. San Agustín se mueve entre el dogma cristiano, sus propias reflexiones y la notable influencia de Platón. Frecuentemente, considera al ser humano como una unidad de cuerpo y alma. En otras ocasiones, expresa que el ser humano está en todo. La perspectiva cristiana sostiene que al ser humano le corresponde tener cuerpo; si fuera un espíritu sin cuerpo, sería una esencia pura, como los ángeles. Dado que somos humanos, tenemos cuerpo. Aunque al morir estemos en el cielo sin cuerpo, alcanzaríamos la plenitud en el Juicio Final, donde tendríamos cuerpo y espíritu. Esto lleva a San Agustín a adoptar el dualismo platónico, aunque su asimilación no es definitiva debido a la naturaleza cambiante de su pensamiento. San Agustín llega a afirmar: «El hombre es un alma racional que se sirve de un cuerpo terreno y mortal» o «el hombre solo es alma y alma».

Aspectos Clave de la Antropología Agustiniana

A diferencia de Platón, San Agustín no hablará de almas diversas o partes del alma. En su lugar, sostiene:

  • La unidad del cuerpo y la flexibilidad en la interacción entre cuerpo y alma.
  • La unidad y simplicidad del alma, aunque esta cumpla funciones distintas. Para explicarlo, recurre a la imagen de la Trinidad: nuestra alma es capaz de querer, recordar y pensar; es un único alma que cumple varias funciones.
  • El origen del alma no se define estrictamente, pero San Agustín se inclina hacia el traducianismo de Tertuliano. Según esta teoría, el alma se transmitía de padres a hijos. (Se mencionaba la creencia de que las mujeres no tenían alma, predominando así la del padre). Como se expresa en la metáfora:
    «El alma se traspasa al hijo como se enciende una antorcha a partir de otra».

San Agustín se decanta por el traducianismo principalmente porque otras tesis dificultarían la explicación de la transmisión del pecado original. Adán, al ser libre, pudo elegir el mal. En consecuencia, Cristo ofrece una alternativa para encontrar la salvación. Si el pecado se transmite de padres a hijos, entonces era necesario que alguien viniera a salvarnos de dicho pecado.


La Ética en San Agustín

San Agustín concibe a la humanidad como una «masa dañada y condenada» (massa damnata). Sostiene que, por nosotros mismos, «no podemos no pecar». El libre albedrío necesita la gracia de Dios para evitar el pecado y hacer el bien. Mediante esta gracia, podemos pasar del «no podemos no pecar» al «no podemos pecar», gracias a la iluminación divina.

No obstante esta visión, San Agustín también mantiene un concepto positivo del ser humano en cuanto a su creación original y su capacidad de redención. La responsabilidad del mal recae únicamente en el ser humano: en cuanto elegimos, somos los únicos responsables del pecado, no Dios.

Esta perspectiva se alinea con la doctrina del pecado original, concibiendo la naturaleza humana como profundamente dañada y con una inclinación hacia la condenación, porque Adán corrompió su alma. Desde entonces, las almas humanas nacen con ese defecto, lo que explica nuestra tendencia al pecado y a elegir el mal.

Justicia, Libertad y Responsabilidad

El bien se puede hacer a cualquiera, pero la justicia solo puede aplicarse a aquellos a quienes les corresponde. Si no tuviéramos la capacidad de elegir entre el bien y el mal, nuestra acción no sería calificable moralmente. Por ejemplo, el león cuando caza actúa por instinto, no por elección moral. La justicia nos concierne cuando poseemos libertad; solo entonces podemos ser justamente castigados, juzgados o premiados. A quien no actúa con libertad, su acción no será calificada como mala, porque carece de ella. La causa de que pequemos es que tenemos libre albedrío, pero este nos ha sido dado para que podamos vivir rectamente, ya que sin él nuestras acciones no serían juzgables.

La libertad no se nos ha concedido para pecar, sino para vivir bien. Es como un cuchillo: es un instrumento que, siendo un bien en sí mismo, puede ser utilizado para un mal fin.

El Libre Albedrío y la Voluntad Divina

No podríamos actuar mal en virtud de la injusticia. San Agustín nos plantea dos consideraciones sobre el libre albedrío de la voluntad:

  • Está claro que nos ha sido dado como debería habérsenos dado, porque si nos lo ha concedido Dios, no es lícito censurar nada. Nos lo dio Aquel cuyos actos no pueden ser censurados; por tanto, está bien dado, y también la manera en que fue dado.
  • La libertad nos la ha dado Dios; la idea de que este don divino sea en sí mismo rechazable o malo es inadmisible, pues Dios nos ha dado todo y sus dones son buenos.

Dios es justo al castigarnos; todo el mal que hacemos es responsabilidad nuestra.

La Gracia Divina y la Salvación

Podríamos obrar rectamente si Dios nos toca con su gracia, es decir, si nos ilumina. Solamente aquellos a los que Dios ha iluminado obrarán rectamente. Por lo tanto, el mal en el hombre es, en última instancia, una falta o carencia de bien (privatio boni), una ausencia de Dios. Salvarnos no está en nosotros, pero condenarnos sí.