Escepticismo Académico y la Certeza Existencial en San Agustín

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Noción 1: Escepticismo Académico y Certeza de la Propia Existencia

Con el concepto de escepticismo académico, Agustín quiere hacer referencia a las tesis de la Academia Nueva (Arcesilao y Carneades). El escepticismo implica la imposibilidad de una verdad teórica y práctica, radical y última. Pirrón fue el fundador de la primera escuela escéptica. El escepticismo tiene dos significados: uno teórico, según el cual no hay ningún saber seguro, y otro práctico, que consiste en no apegarse a ninguna opinión, suspender el juicio y conseguir la ataraxia o serenidad. El lema de este movimiento es que nada es más cierto, ni más falso, ni mejor; pues ningún criterio de verdad resulta definitivo.

El filósofo dogmático piensa que ha encontrado la verdad, mientras que el escéptico se define como un buscador de la verdad que afirma que es imposible encontrarla de modo definitivo. Agustín había pasado por una fase escéptica que superó cuando abrazó el cristianismo. Para él, todas las teorías del conocimiento que se basan en la experiencia acaban en el relativismo, el subjetivismo y el escepticismo; pues nuestras percepciones solo tendrían un valor relativo, solo nos dan a conocer cómo aparecen las cosas en nuestros sentidos, nuestras modificaciones subjetivas. Todas nuestras opiniones se fundarían en la tradición y serían convencionales; y no habría razón para mantener que una afirmación es más verdadera que su contraria.

Pero Agustín, basándose en su propia biografía, identifica la filosofía y la razón humana con la incapacidad de conocer en última instancia la realidad, la verdad y el bien. La concepción antropológica del cristianismo es la del hombre caído por el pecado original, débil y finito, necesitado de la gracia de Dios para elevarse a una posición sobrenatural. Para Agustín no puede haber una razón autónoma, sino que se debe partir siempre de la fe y de la revelación: en última instancia, la verdad es donación, iluminación.

La orientación neoplatónica de Agustín le llevará a defender que la verdad no ha de buscarse en el mundo exterior por medio de los sentidos, sino reflexionando, volviendo la mirada hacia el interior de uno mismo. En el texto se nos dice que Dios está presente de algún modo en las tres verdades del alma: que somos, conocemos y amamos. Agustín afirma la certeza de la propia existencia a través de la autoconciencia; pues si pensamos algo, aunque nos equivoquemos, para ello tenemos que existir. Y si conocemos algo, aunque todo ello sea falso, también es cierto que estamos conociendo algo. Por último, también es cierto que el alma tiene una disposición a ser y una tendencia a conocer, y en esto se asegura la certeza del amor; pues aunque esté equivocado en lo que amo, no deja de ser cierto que lo amo. Así supera el escepticismo con la evidencia de sí mismo; pues la mente se conoce a sí misma con certidumbre absoluta. La autoconciencia es el punto de partida necesario. Pero la búsqueda de la verdad no se detiene en esta primera certeza, Agustín busca la verdad universal y eterna que no puede ser facilitada por los objetos sensibles, que siempre están cambiando. Pero como además el alma también es contingente y mudable, hay que seguir buscando en el interior del alma hacia la trascendencia, lo inteligible: solo Dios es la verdad. La búsqueda va de lo exterior a lo interior, el alma, y de ahí a lo trascendente, a Dios, pues Dios es más íntimo a mí que mi propia existencia; si yo soy, conozco y amo es por una participación de Dios en el alma, por una gracia suya.

Con estos argumentos Agustín parece anticiparse al filósofo moderno Descartes que dijo “pienso, luego existo”; pero en Descartes el fin es proponer al sujeto como pilar metafísico y como principio epistemológico: lo único cierto en principio sería el pensamiento y la conciencia humana. Pero en Agustín, como acabamos de ver, este interés por el alma tiene un sentido teológico: acercarnos a Dios. En Agustín el único principio es Dios y no el sujeto como en la modernidad.