Textos hume

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Nuestro autor comienza con algunas definiciones. Según este texto del Compendio, el autor del Tratado de la Naturaleza Humana llama percepción a todo contenido mental: imágenes sensibles, pasiones o cualquier producto de nuestro pensamiento y reflexión. Existen dos clases de contenidos mentales - percepciones - : impresiones e ideas. Las impresiones - palabra a la que el autor dota de un nuevo significado - son percepciones de las pasiones o emociones sentidas o las imágenes de objetos externos. Las ideas son percepciones derivadas de la reflexión sobre nuestras pasiones o imágenes sensibles. Las impresiones son percepciones más intensas que las ideas. Esta diferencia existente entre impresiones e ideas es la misma que existe entre sentir y pensar. La primera proposición que adelanta es que todas nuestras ideas. El autor de este texto afirma que Locke tenía razón al sostener que no hay ideas innatas porque todas nuestras ideas se derivan de nuestras impresiones y no podemos concebir nada de lo que no hayamos tenido impresión previa. Está, por tanto, de acuerdo con la tesis de Locke sobre la inexistencia de ideas innatas. El que todas las ideas se derivan de impresiones debe aclararse con lo que Hume afirmaba en la parte primera, sección primera de su Tratado: todas las percepciones pueden ser simples y complejas y que se da una perfecta correspondencia entre las impresiones y las ideas simples, siendo las primeras causa de las segundas, pero que no ocurre siempre lo mismo entre las impresiones y las ideas complejas. Reprocha a Locke haber designado todo contenido mental con el término idea porque entonces sería falso que no existen ideas innatas porque las impresiones sí lo son al surgir inmediatamente de la naturaleza. Malebranche tendría que reconocer que aunque la mente - la imaginación - pueda combinar, mezclar, aumentar y disminuir nuestras ideas depende por completo para realizar tal actividad de las impresiones - de sensación o reflexión - de las que éstas necesariamente se derivan. También considera que Locke aceptaría que nuestras pasiones, aunque no las impresiones de sensación, son innatas por no ser otra cosa que instintos naturales derivados de nuestra peculiar estructura mental. Nuestro autor piensa que ningún descubrimiento podría haberse hecho. Las impresiones son siempre anteriores a las ideas y de toda idea de la imaginación tenemos una impresión previa. Este descubrimiento pone fin a las interminables disputas sobre las ideas. Las ideas son siempre más débiles y oscuras que nuestras impresiones - que son fuer­tes y vivas, poseen límites definidos y no se prestan a confusión - y pueden originar confusiones. Especialmente muchas de nuestras ideas, las ideas abstractas y generales, son tan oscuras que desconocemos su naturaleza y composición. Siempre que tengamos problemas con el significado de algún término abstracto (o de alguna idea), deberemos preguntar cuál es la impresión de que se deriva y si no la encontramos deberemos concluir que tal término no tiene significación. Si analizamos las ideas en su relación con las impresiones de las que se derivan, podremos evitar muchas discusiones inútiles sobre su naturaleza y realidad; como procede el autor del Tratado con la idea de sustancia y esencia, debería procederse en todo debate filosófico. EL PROBLEMA DE LAS IDEAS: las ideas de nuestra mente - memoria e imaginación - se derivan de sus impresiones correspondientes. Las impresiones son claras y evidentes, pero muchas ideas son confusas y ambiguas. Cuando un término designa una idea que no se deriva de ninguna impresión - algo frecuente en filosofía -, éste es asignificativo.



Es evidente que todos los razonamientos concernientes a cuestiones de hecho. Sigue dando por hecho el autor del Compendio que el lector conoce el Tratado y omitiendo el conocimiento que la mente puede obtener al relacionar distintas ideas centra su atención en el conocimiento relativo a cuestiones de hecho. Se sobreentiende que nuestro conocimiento sobre cuestiones de hecho quedaría limitado a nuestras impresiones actuales y a nuestros recuerdos - ideas - actuales de impresiones pasadas - objetos presentes en la mente -. Afirmar la existencia de cualquier hecho que no está inmediatamente presente en la mente - razonar - requiere establecer una relación causal. Esta inferencia de un hecho a otro, de un objeto de nuestro pensamiento a otro, precisa de una conexión inmediata o mediata. Se puede deducir, por lo expuesto en el Tratado y en la Investigación y en textos posteriores del Compendio, que esta inferencia sólo será legítima si existe entre ambos objetos una conexión necesaria y no cualquier otro vínculo. Por ello debemos buscar una relación causal para analizar la relación existente entre la causa y el efecto y propone, a modo de ejemplo, el choque de dos bolas de billar.Las bolas de billar en el que el movimiento de la primera es causa del movimiento de la segunda es un ejemplo de relación causal de la que hemos tenido con anterioridad impresión de la causa y del efecto. Por ello infiero del movimiento de la primera bola hacia la otra que chocarán y que la segunda se pondrá en movimiento. Todos nuestros razonamientos, a excepción de los que versan sobre relaciones de ideas - propios de las matemáticas: aritmética y geometría - son el resultado de una inferencia causal. (Omite aquí los razonamientos lógicos por considerar, quizás, que la lógica es una ciencia propedéutica necesaria para alcanzar cualquier tipo de saber.) Todos los restantes razonamientos no son sino el resultado de una inferencia causal; razonamientos que determinan nuestra conducta, que hacen posible nuestra creencia en hechos pasados y de los que se deriva toda filosofía. Analizar la inferencia causal nos permitirá conocer la naturaleza de nuestro conocimiento. Si hubiese sido creado un hombre, como Adán, con pleno vigor del entendimiento. Cuando establecemos la existencia de relaciones causales o cuando inferimos un efecto a partir de su causa no lo hacemos en base a un conocimiento intuitivamente cierto, porque no puede percibirse el efecto del análisis más riguroso de una causa, porque ambas ideas son distintas y separables. Tampoco es un conocimiento que obtenemos por vía demostrativa al relacionar ideas porque entonces su negación implicaría contradicción y, en cambio, afirmar que los hechos se sucedan unos a otros sin relación causal entre no supone contradicción ni absurdo lógico alguno. Como ya hizo al final de la primera parte del capítulo IV de la Investigación sobre el Conocimiento Humano trata Hume de probar que el conocimiento de la relación entre causa y efecto en ningún caso se alcanza por razonamiento “a priori”, sino que surge enteramente de la experiencia y cita como prueba que alguien como Adán, que no contara con ninguna experiencia previa, aún en disposición del más vigoroso entendimiento, no inferiría la existencia de relaciones causales ni, por tanto, el movimiento de la segunda bola de billar a partir del movimiento e impulso de la primera con mayor preferencia a cualquier otro hecho. Sólo tras observar reiteradamente que la segunda bola inicia su movimiento tras ser golpeada por la que entra en contacto con ella se sentirá más o menos inclinado - en función del número de experiencias que corroboren este hecho - a inferir que ocurrirá lo mismo en un caso futuro suficientemente semejante a los anteriores. Se sigue, pues, que todos los razonamientos concernientes a la causa. El principio de causalidad - que establece que no existe causa sin efecto o efecto sin causa - o todo razonamiento causal concreto que sostengamos se basa en la experiencia y la experiencia se fundamenta en nuestra convicción de la uniformidad de los fenómenos naturales. Ni Adán ni ninguno de nosotros está en condiciones de demostrar que el curso de la naturaleza es uniforme porque lo contrario es posible y la mente puede concebirlo sin que ello entrañe contradicción o absurdo lógico alguno. Tampoco Adán ni ninguno de nosotros puede probar que es probablemente cierto que el curso de la naturaleza es uniforme, que el futuro con probabilidad se conformará al presente y al pasado. Se podría pensar en base a la experiencia pasada que el futuro seguirá mostrando su conformidad con el pasado como ha venido ocurriendo hasta ahora y como la experiencia no puede proporcionarnos conocimientos necesariamente verdaderos, podríamos considerar que la uniformidad de los fenómenos naturales es sólo probablemente verdadera. Pero si aceptamos tal probabilidad lo hacemos en base a la experiencia, pero para que la experiencia pueda darse, debemos suponer la existencia, probable al menos, de tal regularidad. No podemos, por tanto, probar la existencia de relaciones causales o que tal efecto sea producido por tal causa, aunque estamos convencidos de su existencia y de nuestra capacidad para establecer tales relaciones.