La Tensión entre la Libertad Kantiana, el Deber Moral y la Crisis del Despotismo Moderno

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La Libertad Kantiana y la Obligación Moral

El concepto que Kant desarrolla sobre la libertad da mucho que pensar. A la vez que la describe como amplia y permisiva, pues no determina el fin que cada individuo ha de proponerse, sí establece la manera en que este fin u objetivo ha de ser conseguido. Esto, bajo mi punto de vista, niega, al menos, el concepto de libertad actualizado que poseo.

No con ello quiero decir que debamos vivir sin leyes. El ser humano, como bien defiende Kant, debe *querer* la justicia y respetarla. Una vida sin normas y sin límites no es una vida libre ni feliz, sino una vida en un eterno estado de animalidad. No es eso lo que buscamos; buscamos la actuación del hombre por *amor al deber*, es decir, por el cumplimiento de las leyes.

El Principio de Universalidad y el Trato Digno

Dicho esto, es preciso recalcar que el propósito de Kant es el bien, en eso no tengo la menor duda, pues su principio de universalidad exige que la máxima de nuestra acción pueda ser querida como ley universal. Considero que la manera óptima de actuar es el comportamiento humano desinteresado. El trato hacia una persona, por el simple hecho de ser humano e igual a ti, debe ser, por obligación moral, no solo desinteresado, sino humano y digno.

Nosotros no podemos servir como *instrumento* para que otras personas escalen y puedan, mediante el pisoteo, conseguir llegar a algo más alto que nosotros. Aparte de ser ilegítimo e inmoral, es injusto, y caer en la injusticia es caer en lo peor y lo más oscuro a lo que puede llegar cualquier convivencia social. A pesar de esto, hoy en día podemos decir sin lugar a duda que lo que más recibimos son pisoteos de las autoridades que buscan ese bien propio y no el común que tanto defendía Aristóteles.

El Contrato Social y la Crisis de la Legitimidad Política

La clase media que tenía que gobernar para huir de los extremos perniciosos se está extinguiendo. Kant, al igual que Rousseau, Hobbes y Locke en el contexto del contrato social, dirá que si el soberano incumple la función para la cual ha sido elegido, el contrato se disuelve y se destituye a dicho soberano del cargo. Este incumplimiento de las normas hace que el régimen, sea cual sea (en el caso de Kant, la república), deje de tener contundencia y sentido.

Esta norma debería ser aplicada con mayor rigor en las democracias y regímenes actuales. Cada vez se incumplen más las normas y cada vez se pasan más por alto, abandonando el sentido de legitimidad y alejándonos del principio de universalidad que defendió Kant ante todo. Si lo aplicamos a la situación de hoy en día, comprobamos que cosas que a las autoridades no les gustaría que les hicieran, nos las hacen a los ciudadanos. A mí, por lo menos, no me gusta que me roben, por eso yo nunca robaría a nadie.

Libertad de Pensamiento y Despotismo Mediático

Algo que me sitúa ideológicamente muy cercana a Kant es su consideración de la libertad no como una libertad no sometida a leyes, obligaciones ni deberes (como en la anarquía), sino más bien como la *libertad del gobierno de sí mismo*. No solo la libertad a la que tanto hacemos referencia hoy en día, que es la de expresión, sino a la libertad de pensamiento.

Si aplicamos esa libertad de pensamiento que con ansias reclama el filósofo, nos damos cuenta de que, a pesar de decir que hoy en día vivimos en una democracia representativa, para que haya una democracia, tiene que haber demócratas. La fuerza de la democracia se encuentra en el voto, pero ese voto no ha de ir condicionado a nada; es libre de cada individuo.

Los medios de comunicación, liderados por quienes quieren hacernos votar una cosa, no permiten que el ciudadano vote libremente; ejercen presión sobre lo que tenemos que votar. Es decir, caemos en las éticas materiales, que Kant tanto despreciaría, pues se nos indica nuestro fin y se condiciona nuestra actuación a un objetivo preestablecido, sin dejarnos opción a elegir.

La Materialización del Despotismo

Hoy, parece que la encarnación del despotismo, al que tanto temía Kant, se ha materializado claramente en una élite política y económica que ha centrado su interés particular y no el bien común, en una guerra a la que parecen no querer ponerle fin en el corto plazo, y que sin embargo no ha presentado resultados positivos de ninguna índole y sigue teniendo objetivos vagos en el tiempo.