La Segunda República Española: Reformas, Conflictos y el Estallido de la Guerra Civil
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Las relaciones Iglesia-Estado durante la II República
La Iglesia había mantenido una serie de ventajas desde el Concordato de 1851, en el que se reconocían las desamortizaciones a cambio de la manutención del Estado y el control de la enseñanza. La Constitución de 1931 proclamó el Estado aconfesional, la libertad religiosa, la prohibición a las órdenes religiosas de ejercer la enseñanza y la supresión del presupuesto de culto y clero. También se aprobaron varias leyes para limitar el poder de la Iglesia y secularizar la vida social, como la legalización del divorcio, el matrimonio civil y la secularización de los cementerios. Se disolvió la Compañía de Jesús y se confiscaron sus bienes, a la vez que se aprobaba la Ley de Congregaciones, por medio de la cual el Estado regulaba y fiscalizaba las actividades económicas de las órdenes religiosas. Para la Iglesia, estas medidas fueron recibidas como un ataque. Además, si a esto se añaden las oleadas anticlericales que llevaron a la quema de iglesias, la Iglesia se alineó decididamente contra la República.
La reforma educativa republicana
Los republicanos de izquierda y los socialistas estaban convencidos de que la mejora de la enseñanza y la erradicación del analfabetismo eran esenciales para la modernización de España. Por ello, el gobierno incrementó la partida presupuestaria en un 50%, destinada a la construcción de escuelas, a la contratación de nuevos profesores, entre otras medidas. La educación era pública, gratuita, laica y obligatoria, además de mixta. Los nuevos valores educativos estaban basados en los principios de la Institución Libre de Enseñanza, fomentando un espíritu crítico y, a la vez, imbuida en valores cívicos. Para ello, el gobierno creó las Misiones Pedagógicas con el fin de erradicar el analfabetismo en las zonas rurales, además de promover la cultura (teatro, cine, etc.).
La Revolución de Octubre de 1934
La mayoría de las organizaciones obreras convocaron una huelga general el 5 de octubre de 1934. Tuvo un seguimiento irregular debido a la improvisación y a la dura represión ejercida inicialmente por el gobierno. Sin embargo, triunfó en Cataluña y Asturias. En Cataluña, los nacionalistas de izquierda y los revolucionarios separatistas se sumaron a los movimientos revolucionarios, y Lluís Companys proclamó el Estat Català independiente. La intervención del ejército y la falta de apoyo de la CNT frustraron la sublevación. Los miembros del gobierno autónomo fueron encarcelados y el Estatuto catalán, suspendido.
El camino hacia la Guerra Civil: la escalada de tensión de 1936
Desde la primavera de 1936, la confrontación política se intensificó, y proliferaron los enfrentamientos callejeros y los atentados contra líderes políticos de ambos bandos. En este clima de tensión, el asesinato (12 de julio) del teniente Castillo, guardia de asalto y militante socialista, vengado por sus compañeros con el asesinato de Calvo Sotelo, líder del monárquico Bloque Nacional (13 de julio), sirvió de excusa para que un sector del ejército —que llevaba planificando el golpe durante meses, apoyado por los sectores sociales más conservadores— tratara de poner fin a la II República mediante la sublevación militar. Las antiguas clases dominantes, amenazadas por las reformas y temerosas de la revolución, intentaban con ello restaurar el orden económico y social imperante en España hasta 1931. Sin embargo, el fracaso del golpe del 17-18 de julio de 1936 en gran parte del país desembocó en una larga y cruenta Guerra Civil. La Guerra Civil es la última y decisiva parte de la historia de la II República española.