El Innatismo de las Ideas en Descartes: De la Duda Metódica a la Existencia de Dios

Enviado por Comunidad Xuletas y clasificado en Filosofía y ética

Escrito el en español con un tamaño de 5,14 KB

Dios y las Ideas Innatas

Un tema tradicional de la epistemología ha sido si las ideas son innatas o adquiridas. Se pueden tener muchas opiniones al respecto, pero estimo que de los principios metódicos no se puede extraer un juicio directo sobre el innatismo o no de las ideas. Sin embargo, en su perspectiva filosófica, Descartes salta del tema de la duda metódica a su visión teológica sobre la existencia de Dios. En el contexto histórico, este procedimiento parecía válido, pero visto a la distancia no resulta lógicamente indispensable. Desde el cógito ergo sum, Descartes salta inmediatamente a Dios. Desde el tormentoso mar de las dudas, arriba al primer puerto amable, y ese es Dios (curiosamente, no es el más próximo, sino el enteramente lejano, el más allá trascendente). Así, su idea de Dios media entre el yo aislado (sitiado entre la nada de la duda absoluta) y el mundo circundante.

Además, esta idea de Dios adquiere aquí la modalidad de una prueba especial de la existencia de Dios, novedosa y diferente a la que se aceptaba entonces. En la tradición medieval (el contexto social previo), bastaban las Escrituras sagradas para probar la existencia de Dios, y eso lo refiere Descartes en la carta a modo de prólogo de las Meditaciones metafísicas. Sin embargo, los tiempos habían cambiado y ya no bastaba remitirse a la Biblia como prueba de la existencia de Dios. Descartes propone una respuesta específicamente filosófica; así, es el filósofo quien va a contribuir a la convicción sobre Dios, en vez del sacerdote, porque “las cuestiones relativas a Dios y al alma son de las que exigen una demostración más bien filosófica que teológica”. Discretamente, insinúa que al sacerdote lo sustituirá el filósofo como guía teológico, tema discretamente oculto hasta la Revolución Francesa.

Claro, esta demostración de la existencia de Dios resulta especial, ya que se enlaza con el terreno de la duda metódica. Primero, el filósofo se ha colocado en la mitad del mar tormentoso de las incertidumbres y, desde ahí, debe retornar a sus puertos seguros. Lo que encuentra es el primer principio del cógito ergo sum. Pero el "pienso, luego existo" reina aislado, todavía en la mitad de la duda, y así las orillas del mundo real permanecen en la lejanía. De forma inmediata, Descartes afirma un alma radicalmente diferente del cuerpo, porque durante el “cógito” va a encontrar aislado su acto de pensar, y éste lo identifica como su alma, identificada al pensamiento en tanto “substancia que no necesita ningún lugar para ser ni depende de ninguna cosa material”. Ubica a su ser interior (alma pensante) separado de la materialidad y la espacialidad.

Habrá que tomar el camino de regreso para recuperar el mundo, pero el camino se convierte en un enorme salto, porque desde la exclusiva convicción en la existencia del yo se salta hasta la existencia de Dios. En principio, Descartes solamente está convencido del “yo existo” (idéntico al alma pensante), para saltar a convencerse de que Dios existe, como saltando en vertical directa hasta lo más alto del cielo. Para realizar esa demostración, apela a la idea de perfección, una idea superior al sujeto pensante, a ese yo rescatado. Estima que si yo poseo una idea de perfección, siendo una idea superior a lo que yo soy, debe haber sido colocada en mí por el Ser Perfecto (atributo de Dios). Esa idea de perfección no ha nacido del mundo ni puede facturarse por obra mía, porque nacería de un ente imperfecto. La idea de un supremo ser perfecto, muy superior a mi imperfección, no podía provenir “de la nada, de la imperfección de mi naturaleza; era imposible”. Entonces, la idea del Ser Perfecto no proviene de mí (o de mi experiencia) ni de la nada (o de una ilusión, sinónimo de lo mismo); entonces, la debo encontrar hecha en mí, ya recibida completa. Así, el filósofo afirma que solamente existe una solución: “La única solución posible era que aquella idea (del Ser Perfecto) hubiera sido puesta en mi pensamiento por una esencia más perfecta que yo y que encerrara en sí todas las perfecciones de que yo tenía conocimiento”. Ahora bien, si no salió de la experiencia ni de mí, entonces me ha sido implantada esa idea; por lo tanto, yacería ahí colocada, desde el nacimiento; por consiguiente, recibe el nombre de idea innata.

Además de este pasaje fundamental, existen para Descartes algunas otras ideas que también evaluó como innatas, entre las que se ha considerado, en diversos escritos, a: la sustancia, la causa, la extensión, el número y principios lógicos. El tema del innatismo de las ideas tomó un nuevo revuelo un siglo después con la especulación kantiana acerca de los esquemas de espacio y tiempo para la definición de la cosa en sí y para sí. El tema ha mantenido interés bajo nuevos ángulos, ligado a amplios documentos de los estudios psicológicos, por ejemplo, de Piaget, quien muestra la formación de ciertos esquemas fundamentales de pensamiento en la maduración de la infancia, que se relacionan con la práctica, pero emergiendo como esquemas que se forman completos en la mente del niño.