Inglaterra victoriana: potencia económica, expansión imperial y la cuestión irlandesa (1837–1916)

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Inglaterra victoriana: potencia económica y cuestión irlandesa

Potencia económica y territorial

Inglaterra. Potencia económica y territorial. El reinado de Victoria I abarcó desde 1837 hasta 1901 (era victoriana). El Reino Unido alcanzó la máxima expansión territorial, consolidó su desarrollo industrial y mantuvo las instituciones tradicionales basadas en la monarquía parlamentaria, aunque se avanzó hacia un auténtico sistema democrático.

El país no se vio afectado por las oleadas de revoluciones de carácter liberal. Los avances políticos se produjeron en un marco de estabilidad institucional. El desarrollo económico se vio afectado por una prolongada crisis (1873–1895). Esta crisis afectó, sobre todo, a la agricultura, ya que la libertad de comercio perjudicaba los intereses agrarios. La ruina agrícola redujo la tierra cultivada y los agricultores abandonaron el campo.

La economía británica no perdió su potencial: continuó siendo el principal centro financiero gracias a la libra y al Banco de Inglaterra, que era el más importante del mundo. De ahí el interés de los políticos británicos por las cuestiones económicas: la expansión imperialista estaba muy ligada al comercio, a las finanzas y al control de las rutas de navegación. Las sucesivas reformas presupuestarias aseguraron la primacía de la burguesía mercantil e industrial que dominaba la Cámara de los Comunes, frente a la vieja aristocracia terrateniente representada en la Cámara de los Lores, y favorecieron la expansión colonial.

Apertura política y reformismo

Apertura política y reformismo. Las reformas políticas se iniciaron en 1832 con la ampliación del sufragio. Desde mediados del siglo XIX la vida política inglesa giraba en torno a dos grandes partidos: los Tories (conservadores) y los Whigs (liberales).

Disraeli, dirigente conservador, llevó a cabo una reforma electoral considerada la primera de carácter democrático. Consiguió acercar las masas al Estado e identificarlas con el trono y las instituciones del gobierno británico. Ambos grandes partidos apoyaron la reforma electoral porque defendían los fundamentos del sistema político: la monarquía y el régimen parlamentario. Esta reforma abrió el derecho de voto a aproximadamente un millón de ciudadanos.

El triunfo liberal de Gladstone permitió aplicar otras reformas democráticas, entre las que figura la ley de 1867. Gladstone fue el modelo político de la Inglaterra victoriana, cuyos valores eran:

  • liberalismo
  • expansión económica
  • eficacia administrativa
  • cristianismo evangélico
  • buenas relaciones con las demás potencias

Todo ello, junto a una sólida política fiscal y financiera y a la libertad de pensamiento, permitió plantear importantes reformas:

  • Reformas religiosas. Generaron suspicacias en la Iglesia anglicana oficial; se avanzó en la separación del Estado y la Iglesia y se suprimió la obligación de pertenecer a ésta para acceder a la profesión docente.
  • Se creó una nueva escuela con libertad confesional.
  • Otras reformas importantes, como la nueva ley sindical, la reforma de la justicia y de la administración, y una nueva ampliación del derecho electoral.

Desde fines del siglo XIX y hasta principios de la Primera Guerra Mundial se desarrolló un nuevo mapa de partidos políticos en el Reino Unido.

La cuestión irlandesa

La cuestión irlandesa. Irlanda fue uno de los grandes problemas de la política interna británica hasta la guerra de independencia. Irlanda había estado bajo dominio inglés desde la Edad Media, aunque se mantuvo como reino teóricamente independiente hasta 1800, cuando se produjo la unión entre Irlanda y Gran Bretaña en el Reino Unido.

Irlanda mantuvo un desafío constante. La tensión aumentó a partir de 1870 por la crisis económica y la expulsión de arrendatarios irlandeses de tierras propiedad de terratenientes ingleses. Estos hechos radicalizaron el movimiento nacionalista, liderado por Charles Stewart Parnell, fundador del Partido Parlamentario Irlandés. La espiral de violencia se intentó frenar mediante la realización de una reforma agraria y la firma de acuerdos entre el gobierno británico y el líder irlandés; el papa León XIII apoyó el proceso y recomendó moderación al clero católico para evitar que los enfrentamientos derivaran en una guerra civil.

Desde 1885 los nacionalistas irlandeses estuvieron presentes en el Parlamento británico y, un año después, Gladstone presentó la Home Rule, que proponía convertir a Irlanda en un territorio autónomo dentro del Reino Unido. El primer ministro dimitió en 1894. La cuestión irlandesa quedó, en gran medida, sin resolver hasta la insurrección de 1916 en Dublín, que puso en marcha un proceso político y militar que acabó dividiendo la isla en norte y sur.

La zona católica del sur alcanzó la independencia durante la década de 1920. Este hecho no supuso la desaparición completa del problema irlandés: en la zona norte, bajo soberanía británica, los enfrentamientos entre la mayoría protestante y la minoría católica continuaron a lo largo de todo el siglo XX.