Corrientes Filosóficas: Existencialismo, Nihilismo y Positivismo

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Existencialismo

El existencialismo es una escuela filosófica del siglo XX cuyos máximos representantes son Jean-Paul Sartre y Martin Heidegger. Como su nombre indica, plantea que la existencia es previa a la esencia, es decir, que el ser humano nace sin una esencia establecida y se va construyendo como consecuencia de su proceso vital. De ahí la importancia del concepto de situación, pues es la situación la que permite al sujeto construirse y le abre el abanico de posibilidades entre las que elegir su proyecto. El existencialismo defiende la libertad radical del ser humano, hasta el punto de que Sartre dirá que estamos condenados a la libertad, pues no podemos dejar de elegir. La libertad es la textura de mi ser, escribe. Esa libertad produce angustia en el sujeto, que se ve arrojado al mundo y, dado el carácter ateo del existencialismo, debe tomar sus propias decisiones con total autonomía.

El existencialismo tiene también una dimensión literaria en la que, además de Sartre (novela La náusea), destacan autores como Albert Camus (La peste, El extranjero) o Miguel de Unamuno (San Manuel Bueno, mártir).

Nihilismo

El nihilismo es un concepto propio de la filosofía de Friedrich Nietzsche (s. XIX). Etimológicamente, procede de la palabra latina nihil (nada), y posee dos sentidos en su obra:

Nihilismo Pasivo

Resultado del proceso de decadencia de la cultura occidental, denuncia que, a consecuencia del predominio del platonismo y de su versión religiosa, el cristianismo, el pensamiento occidental es la constante repetición de unos contenidos ya absolutamente agotados y es, por lo tanto, incapaz de producir ninguna novedad, al tiempo que el mundo y la vida son devaluados hasta devenir nada.

Nihilismo Activo

Frente a esa situación, Nietzsche reivindica un nihilismo activo, que consiste en, desde la negación de los valores tradicionales asociados a la metafísica platónica y cristiana, producir nuevos valores. La muerte de Dios que teoriza Nietzsche abre la puerta a la desaparición de la moral tradicional y coloca al individuo ante la necesidad de crearse sus propios valores y recuperar el sentido de la Tierra.

Positivismo

El positivismo es una escuela filosófica del siglo XIX cuyo máximo representante es Auguste Comte. Pretende prestar atención a los hechos, pues solo desde ellos puede darse una comprensión científica de la realidad. Su lema es ver para prever, es decir, conocer la realidad para anticipar sus posibles desarrollos. Por ello puede entenderse que el positivismo está en el origen del nacimiento de la sociología como disciplina de estudio y control de la sociedad. Comte desarrolla una teoría de los estadios, en la que argumenta que a lo largo de la historia las sociedades pasan por tres períodos:

  • Estadio teológico: para explicar la realidad, la humanidad recurre a entidades sobrenaturales, como dioses y espíritus.
  • Estadio metafísico: dicha explicación se realiza a través de conceptos abstractos de carácter no científico.
  • Estadio científico o positivo: los seres humanos somos capaces de dar una explicación científica de la realidad.

Según Comte, en su evolución psicológica el individuo también pasa por estos tres estadios.

Positivismo Lógico

El positivismo lógico, también conocido como empirismo lógico, es una escuela filosófica de comienzos del siglo XX, influida de manera decisiva por los profundos cambios acaecidos en la ciencia en esos momentos. En concreto, muestra las huellas, en el campo de la filosofía, de los estudios de Bertrand Russell sobre la fundamentación de las matemáticas y de las transformaciones de la física de la mano de Albert Einstein o Werner Heisenberg.

El positivismo lógico pretende unificar el empirismo con los recursos de la lógica formal. Se caracteriza, en línea con los argumentos de David Hume, por una acusada tendencia antimetafísica, pues considera que las proposiciones de la metafísica carecen de significación. El principal problema que aborda es el de la verificación de las proposiciones, que se remite, en unos autores, a su referencialidad empírica, y en otros, a la validez lógica de la proposición. Sus antecedentes podemos encontrarlos en Ludwig Wittgenstein y son sus máximos representantes los miembros del Círculo de Viena, entre los que destacan Rudolf Carnap y Otto Neurath.