Virtud y prudencia en Aristóteles: virtudes dianoéticas y éticas

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La virtud tiene una función natural y específica: es el modo en que puede ejercerse el bien o el mal. Las virtudes humanas son excelencias en el ejercicio de las funciones del alma que involucran la racionalidad, que es la virtud propia del ser humano, y se distinguen en dos: las dianoéticas y las éticas.

Virtudes dianoéticas

Las virtudes dianoéticas son excelencias propias de la parte racional del alma en el ejercicio de sus funciones. Todas están ligadas al conocimiento, aunque hay cinco tipos distintos ligados a las virtudes dianoéticas:

  • Intelecto
  • Ciencia
  • Sabiduría
  • Inteligencia práctica
  • Técnica

Virtudes éticas

Las virtudes éticas son excelencias propias de la parte apetitiva irracional del alma, la cual puede someterse al control de la parte racional. Se trata de ámbitos adquiridos mediante la repetición de acciones virtuosas que perfeccionan la función del alma al permitir dominar las pasiones irracionales y someterlas al control de la razón.

La prudencia y la relación entre virtud y prudencia

Las virtudes éticas son el resultado de la continua regulación de nuestros deseos, afectos y acciones por medio de la razón y, más en concreto, por medio de la razón práctica mediante la virtud dianoética que es la prudencia o inteligencia práctica. Las virtudes éticas surgen de la aplicación de la prudencia a la parte apetitiva del alma. Pero, por otra parte, según Aristóteles, la prudencia o inteligencia práctica es propia de las personas que son virtuosas; así llegamos a la aparente consecuencia de que la prudencia es fuente de la virtud y la virtud es condición de la prudencia. Surge entonces la cuestión de cómo resolver semejante paradoja.

Libertad, deliberación y acción

No consideramos a nadie simplemente virtuoso o vicioso si no que es una persona libre para hacer el bien o el mal. Luego la clave de la libertad y, por lo tanto, de la virtud o del vicio, es la deliberación, que consiste en considerar qué medios son los mejores para conseguir los fines que nos proponemos. Deliberamos tanto en relación con nuestra vida y nuestra acción como en relación con lo que vamos a producir.

Podemos deliberar bien o mal: si lo hacemos bien en relación con nuestra vida y acción podremos ser virtuosos, y si deliberamos bien en relación con lo que producimos podremos ser grandes artífices.

Condiciones para deliberar bien

Para deliberar bien tanto en la acción como en la producción es preciso que nuestra razón práctica haya desarrollado dos virtudes: la prudencia o inteligencia práctica para la acción y el arte o saber hacer en la producción. Para deliberar bien sobre nuestras acciones es preciso que tengamos la virtud de la prudencia o inteligencia práctica.