Utilitarismo: felicidad colectiva, consecuencias y teorías de Bentham y Mill
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El utilitarismo
La ética utilitarista, como la aristotélica o la epicúrea, también busca la felicidad como fin último, pero una felicidad colectiva, no individual. A la hora de actuar hemos de pensar en las consecuencias de lo que vamos a hacer. Por ello, una acción será moralmente buena cuando proporcione felicidad entendida como ausencia de dolor.
Igualmente, un comportamiento será moralmente reprobable si causa malestar y dolor. Por eso, el utilitarismo invita a realizar un cálculo de los placeres. Para decidir lo que sería correcto hacer debemos tener en cuenta el número de personas que van a resultar beneficiadas o perjudicadas dependiendo de nuestra conducta.
El utilitarismo de Jeremy Bentham
Para este filósofo inglés, lo bueno coincide siempre con lo útil. Es bueno lo que da placer y evita dolor. Por eso, con nuestra conducta debemos procurar la mayor felicidad para el mayor número posible de personas.
- Principio de utilidad: la moralidad de una acción se mide por su capacidad de producir placer o evitar dolor.
- Cálculo hedonista: se realiza una valoración cuantitativa de los placeres y dolores resultantes de una acción.
El utilitarismo de John Stuart Mill
Una de las cosas que Mill criticaba era el hecho de que para Bentham todos los placeres se contabilizasen de la misma manera. Mill continúa con el pensamiento de Bentham, pero introduce algunos cambios importantes. Para Mill, los placeres superiores son los que nos distinguen de los demás animales. Entre éstos destacan los placeres intelectuales y morales, que son los que en última instancia nos otorgan mayor felicidad. Estos tienen más valor que los placeres asociados a la satisfacción de necesidades materiales, como comer o beber.
Desarrollo del utilitarismo
La ética utilitarista ha influido sobremanera en la toma de decisiones políticas conforme han ido generalizándose los gobiernos democráticos. Hoy en día es frecuente adoptar decisiones políticas apelando a argumentos utilitarios. Bajo esta visión, los gobernantes deben actuar pensando en las consecuencias de sus acciones y tratando de beneficiar al mayor número posible de personas.
El pensamiento utilitarista es mucho más sofisticado que el del siglo XIX: el utilitarismo actual ya no identifica de forma simple y directa la utilidad con el placer. Por eso, actualmente se suele actuar de modo que las personas tratan de satisfacer sus preferencias personales. Estas preferencias no siempre tienen por qué coincidir con algo placentero, porque dependen de nuestra propia elección personal. Lo moralmente correcto será aquello que facilite la satisfacción de las preferencias individuales del mayor número posible de personas.
El papel de los gobiernos democráticos será elaborar leyes que otorguen la mayor libertad de decisión posible a las personas y evitar que las decisiones individuales interfieran lo menos posible en las de otros.