El Siglo de las Luces en el Escenario: Teatro y Dramaturgos Clave

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El Teatro del Siglo XVIII: Un Reflejo de la Ilustración

El siglo XVIII, conocido como el Siglo de las Luces, marcó una profunda transformación en el panorama teatral español. La oratoria, la correspondencia galante y los reales decretos influyeron en un estilo enfático y conceptuoso. Adoptar el neoclasicismo, si bien buscaba la claridad y la razón, a menudo derivaba en verbosidad y enredos mitológicos. Sin embargo, la verdadera esencia de la época residía en demostrar una cultura grecolatina y un espíritu científico, mezclando inventos y escepticismos en los salones y escenarios.

Evolución de las Influencias Teatrales

Los dramaturgos franceses del siglo anterior habían imitado a los españoles, pero en el XVIII la tendencia se invirtió. Se copiaron las formas de decir, los argumentos y el estilo de representación considerados de buen gusto y refinamiento. El contenido, en ocasiones, perdía relevancia frente a elementos como chistes, decorados vistosos y buenos trajes. Don Ramón de la Cruz, por ejemplo, afirmaba que los sainetes, canciones y danzas siempre gozaban de popularidad, y que las tramoyas eran especialmente apreciadas.

Leandro Fernández de Moratín: El Maestro de la Comedia

Moratín se erigió como el más destacado comediógrafo de la época. Su amistad con Jovellanos y su conocimiento de Goldoni en París, junto con el apoyo de Floridablanca y Godoy a su regreso, le permitieron estrenar obras como El viejo y la niña.

Obras y Temáticas Principales de Moratín

Escribió cinco obras teatrales, tres de las cuales abordan el tema del matrimonio de conveniencia y obligado entre una joven y un hombre mayor y adinerado. La más representativa es El si de las niñas. La acción se sitúa en una posada de Alcalá de Henares, donde coinciden Doña Irene, su hija Paquita y el acaudalado Don Diego. La madre desea casar a Paquita con Don Diego, pero la joven ama al sobrino de este, Carlos. Carlos pasa la noche en la misma posada; Don Diego, al descubrir la situación, renuncia a la niña en favor de su sobrino y lo nombra heredero de sus bienes. Es importante destacar que en esta obra se respetan las tres unidades: lugar, tiempo y acción.

Otra obra relevante es La comedia nueva o El café, que satiriza a los pedantes y a los autores de dramones histórico-novelescos. A pesar de los intentos por retirarla del cartel, y aunque tuvo éxito de público, solo se representó durante una semana y media.

Ramón de la Cruz: El Alma del Teatro Popular

De la Cruz encarnó el teatro popular. Aunque aspiraba a crear dramas de mayor envergadura, carecía de las cualidades necesarias. Su incursión más notable fue Manolo, que él mismo calificó como "tragedia para reír o sainete para llorar". Compuesta en endecasílabos, su última escena presenta la muerte de todos los personajes, lo que podría dar origen a la expresión "Muere hasta el apuntador".

Diversidad y Crítica en la Obra de De la Cruz

Compuso obras como Los bandos del Avapiés y La venganza del zurdillo, que recrean un enfrentamiento al estilo calderoniano entre los castizos de Lavapiés y los de Barquillo. Con más de 300 obras, no le preocupaban las críticas a sus "excesos" paródicos, transformando títulos como Inés de Castro en Inesilla la de Pinto y Zaira de Voltaire en Zara.

Una característica distintiva de su obra es la teatralería, o "teatro dentro del teatro", donde los actores, con sus nombres reales, interpretan personajes que son ellos mismos. Sin embargo, su mayor fama proviene de los sainetes castizos y chulescos, que retratan las costumbres madrileñas y que sentaron las bases para la zarzuela y el género chico un siglo después. Ejemplos de estos son:

  • La maja majada
  • El prado por la noche
  • Las castañeras picadas
  • El rastro por la mañana
  • La pradera de San Isidro

Estos sainetes mostraban un Madrid pintoresco y realista, aunque a veces de forma superficial. El humor se basaba en tópicos, como la forma de hablar del vizcaíno en La maja majada. En La casa de Tómame Roque, la acción transcurre en un patio de vecindad con balcones y buhardillas, y un gato negro recorriendo los tejados.

En La presumida burlada, el marido reprocha a su mujer su pasado como criada antes de la boda. En El petimetre, el protagonista defiende ridículamente las modas extranjeras, mostrando su aversión a ellas. Finalmente, en El don de gentes, si bien no hay un desenlace dramático contundente ni una "denuncia" explícita de la realidad, sí se presentan tipos bien dibujados que reflejan la frivolidad, el reaccionarismo, la indiferencia, el formalismo y las diferencias sociales de la época.