Regencia de María Cristina (1833-1841): Transición Liberal y Conflictos Carlistas en España
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La Regencia de María Cristina (1833-1841): Un Periodo de Transformación y Guerra
Este periodo histórico se enmarca en la Regencia de María Cristina (1833-1841), y más concretamente, al finalizar la Primera Guerra Carlista (1833-1839). María Cristina fue la primera garante de las prerrogativas sucesorias que confirmarían años más tarde a su hija Isabel como reina de España. Para asegurar el trono, tuvo que alcanzar un acuerdo con la facción liberal del ejército para hacer frente a las aspiraciones de Carlos al trono.
El Gobierno de Cea Bermúdez y la Centralización Administrativa
Durante la primera etapa de la Regencia, destaca la continuidad de Cea Bermúdez como primer ministro hasta 1834. Cea actuó como un déspota ilustrado, sin modificar la estructura del Estado absolutista y marginando del poder a amplias capas de la opinión pública, lo que restó apoyos a la causa de la reina.
En este contexto, se estableció la nueva división provincial de Javier de Burgos, cuyo objetivo era la centralización y unificación de los distintos territorios, hasta entonces fragmentados en diversas jurisdicciones. Al frente de cada provincia era designado por el gobierno central un jefe político.
Sin embargo, las reformas resultaron insuficientes para los liberales, muchos de los cuales habían regresado del exilio tras la amnistía decretada por María Cristina. Por ello, se vio obligada a llamar al gobierno a Martínez de la Rosa.
La Transición al Liberalismo: El Estatuto Real de 1834
El principal objetivo de Martínez de la Rosa era realizar una transición hacia el liberalismo, pactada entre los sectores reformistas ilustrados y los liberales más moderados. Esto se concretó con la promulgación del Estatuto Real de 1834.
A pesar de sus limitaciones, el Estatuto Real favoreció el surgimiento de tendencias políticas que darían lugar a los primeros partidos de corte liberal:
- El partido Moderado.
- El partido Progresista.
El Ascenso Progresista y las Reformas Radicales
Tras fracasar en su estrategia para poner fin a la guerra carlista, Martínez de la Rosa dio paso al breve gobierno del Conde de Toreno. Los exaltados o progresistas se decantaron por una estrategia de movilización dirigida por las Juntas, lo que originó el nombramiento de Mendizábal como primer ministro en 1835.
Los Retos de Mendizábal: Hacienda y Guerra
Los principales retos de Mendizábal fueron solucionar la situación muy grave de la Hacienda y la guerra carlista. Para ello, logró integrar el movimiento de las Juntas en las Diputaciones provinciales, distribuyendo cargos entre las bases principales de los exaltados.
Para evitar la quiebra de la Hacienda y hacer frente al carlismo, puso en práctica un proyecto de amplia repercusión histórica: la desamortización de los bienes eclesiásticos y su posterior venta.
Mendizábal fue destituido en 1836 por la reina debido a unos frustrados cambios en la estructura militar. Se nombró sucesor en la presidencia del Consejo de Ministros a Istúriz, de tendencia moderada.
La Revuelta de La Granja y la Constitución de 1837
Ante las noticias de la disolución de la Milicia Nacional, los sargentos del ejército del Norte asaltaron la residencia veraniega de la Corona en La Granja de San Ildefonso. Ante sus amenazas, la reina se vio obligada a jurar la Constitución de 1812 hasta que se elaborara otra, e instaurar un gobierno progresista a cuyo frente se situó José M. Calatrava.
La tarea principal de este gobierno consistió en concluir la obra iniciada por Mendizábal (nombrado ministro de Hacienda):
- Profundizar la desamortización de las propiedades del clero.
- Abolir los gremios.
- Abolir el diezmo y el régimen señorial.
Al mismo tiempo, se pusieron en vigor las leyes del Trienio Liberal sobre elección directa de alcaldes, Milicia Nacional y libertades individuales. Los progresistas, tras las elecciones, dieron paso a la configuración de la Constitución de 1837.
Inestabilidad Política y Dominio Militar
El deseo de las Cortes de conciliar bajo un texto a progresistas y moderados se vio frustrado por la negativa de estos últimos y de la Regencia a aceptar la Constitución. A ello se unieron las difíciles circunstancias bélicas y el intervencionismo cada vez mayor del ejército en la vida política, creando un ambiente de inestabilidad permanente.
Tras la victoria de los moderados en las elecciones de 1838, se sucedieron varios gobiernos, cuya escasa duración en el poder reveló la inestabilidad del periodo. Las diferencias cada vez más evidentes entre moderados y progresistas se resolvieron mediante acciones violentas en las que la participación de los militares fue decisiva. A esto se unió el papel de María Cristina, quien se mostró favorable hacia los moderados, lo que provocó que los progresistas buscaran apartarla de la Regencia.