La nobleza y la burguesía en la Edad Moderna: privilegios, ascenso social y familias
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La nobleza
Numéricamente, la nobleza era un grupo muy reducido de la población. Sin embargo, la posición que ocupaba era dominante en todos los países. Los nobles tenían privilegios importantísimos y muy apetecibles. Estaban exentos de pagar impuestos directos (aunque sí los indirectos, sobre todo el consumo), y solamente podían ser juzgados por sus iguales. No los juzgaban los tribunales ordinarios de justicia. Estaban además excluidos de la aplicación de penas infamantes; por ejemplo, no podían ser sometidos a tortura salvo en casos excepcionales, como los delitos de alta traición o los crímenes de atentado contra el rey. Cuando eran condenados a muerte, no eran ahorcados, sino decapitados, pues hasta entonces debía estar presente la diferencia entre nobles y plebeyos. Otro privilegio es que tampoco podían ser azotados ni condenados a galeras ni a trabajos forzosos. La cárcel de los nobles, asimismo, era distinta de la de los plebeyos; lo normal es que fuesen su propia casa, un castillo o una ciudad. Como la nobleza se identificaba con el servicio de las armas (pues su origen era guerrero), estaban también libres del reclutamiento militar forzoso y del alojamiento de tropas, y en las ceremonias religiosas y civiles, así como en los espectáculos públicos, ocupaban los puestos preferentes.
Todos estos privilegios y muchos otros demostraban ante todo el mundo la extraordinaria diferencia que había entre un noble y un plebeyo, mostrando de forma palmaria su superioridad. Desde finales del siglo XVI y a lo largo del XVII, perdieron su vocación militar y los monarcas no confiaban en los ejércitos que pudiesen levantar. Se empeñaron éstos tanto en domesticarlos y crear sus propios ejércitos, que la nobleza acabó perdiendo su justificación, aunque luego se produciría una nueva reacción.
Ingresos y gastos nobiliarios
La nobleza era la gran propietaria de tierras, y precisamente en ello se basaba gran parte de su poder y prestigio social, pues en esta sociedad primaba lo agrícola y el control de lo rural. Los ingresos que obtenía la nobleza de la propiedad agraria eran altísimos, pero los gastos también eran impresionantes, porque en la Edad Moderna no bastaba con ser noble y rico: había que aparentarlo y exhibir lujosamente esta condición. Los nobles estaban, pues, inmersos en un derroche continuo: tenían en las casas aristocráticas cientos de criados, así como en las otras propiedades rurales, gastando así como en banquetes, trajes, joyas, coches y sobre todo en las dotes de las hijas. Los patrimonios estaban pésimamente administrados, y para mantener sus lujos y apariencia (la consideración social que merecían ante los demás), muchos se endeudaron y tuvieron que vender tierras, terminando algunos en la ruina (aunque continuaran viviendo holgadamente). Si la aristocracia sobrevivió fue gracias a la monarquía, porque los reyes frenaban a los acreedores de los nobles y además les concedían pensiones para que mantuviesen su tren de vida. Con ello lo que ocurría es que aumentaba la dependencia de la nobleza respecto a la monarquía, lógicamente. Luis XIV, por ejemplo, que odiaba a la nobleza y que nunca les perdonó el episodio de «La Fronda» (una sublevación), la encerró en Versalles, quizá procurando arruinarla ya que dependían totalmente de él.
Debate del estatuto nobiliario
Hubo muchos plebeyos enriquecidos que ingresaron en el estamento nobiliario, por diversos procedimientos. Su aparición generó un debate muy animado entre quienes querían mantener la nobleza cerrada y quienes querían abrirla a la élite del tercer estado. El debate se dio sobre todo en los países latinos, y fue particularmente intenso en Francia. En esta polémica se debatieron sobre todo dos aspectos: la legitimación nobiliaria y el papel económico de la nobleza. Hubo tratadistas que dirigieron sus argumentos contra los nuevos advenedizos, que aseguraban que la única nobleza legítima era la que procedía de la herencia, del nacimiento y del linaje. Este planteamiento hereditario era considerablemente racista, porque configuraba a la nobleza como una raza guerrera especial que transmitía su superioridad racial a través de la filiación y a través de la sangre (ya que por ello se crearon muchos mitos). Pero había autores que no compartían esta visión, y decían que la nobleza se podía adquirir mediante el mérito (el servicio al Estado), la educación y el uso (acostumbrarse viviendo como noble durante mucho tiempo). Durante los siglos XVI y XVII esta discusión acerca de la legitimación nobiliaria no cuestionó nunca ni la existencia ni los privilegios de la nobleza (lo cual ya vino en el XVIII y desde una perspectiva muy diferente con la Ilustración).
También se debatió, aparte de la legitimación, la función económica de la nobleza, porque era hostil a la riqueza conseguida con el trabajo. La riqueza, igual que la condición nobiliaria, debía ser heredada, preferentemente. Sobre los nobles que se dedicaran a trabajos lucrativos pesaba la amenaza de la degradación (la pérdida de la condición nobiliaria), concepto que tuvo su mayor fuerza en Francia. Durante la segunda mitad del siglo XVI hubo un momento en que parecía ser que la mayoría de los tratadistas se inclinaban por que la nobleza viviera de las rentas, por que no trabajara. Lo que debían hacer era vivir sin ocuparse de actividades económicas a costa de sus bienes, pero después fue ganando terreno la posición contraria. Hubo tratadistas que afirmaron que un noble podía dedicarse a las actividades económicas sin daño o perjuicio de su estado, pero sí, siempre y cuando guardara las apariencias ante todo. Por ejemplo, un noble podía dedicarse al comercio pero siempre a gran escala, nunca al por menor, o también podía participar en empresas pero desde puestos directivos. Hubo dos factores que contribuyeron a mitigar los prejuicios contra la actividad económica de la nobleza, que fueron: primero, que algunos nuevos nobles continuaron en los negocios después de haber accedido al estado nobiliario, y segundo, que el Estado se empeñó en orientar las riquezas de los nobles hacia actividades productivas como el comercio y la industria. Así pues, en la Edad Moderna hubo nobles dedicados a los negocios, pero la parte que invertían en ellos tenía que ser pequeña, porque el grueso de su estatus estaba ralmente atado a la tierra.
Vías de promoción burguesa
La élite burguesa, en realidad la verdadera burguesía, era la formada por los individuos que podían permitirse vivir de las rentas (como los nobles) y ocupar una posición pública prestigiosa. A esta situación se llegaba por los siguientes procedimientos: el comercio, la inversión en tierras, préstamos y cargos públicos y por vivir noblemente. La mayoría de las mejores fortunas burguesas tuvieron su origen en el comercio; los grandes comerciantes eran hombres muy cosmopolitas, con horizontes espaciales muy extensos. Dominaban muy bien las técnicas de los negocios continentales e intercontinentales, y comerciaban en su propio país y en todo el mundo, estando presentes en los puertos y también en los centros económicos más importantes. Algunos mercaderes incluso vivían fuera de sus países de origen. El comercio podía proporcionar ganancias impresionantes, y había comerciantes que rozaron fortunas de un calibre tremendo, pero a la misma vez podían provocar la ruina prácticamente de inmediato, porque la actividad comercial tenía muchos riesgos. Por ejemplo estaba la piratería, los naufragios, el mal estado de los caminos, la lentitud de los transportes terrestres y la guerra, que daba al traste con todo. Por todo esto resultaba que la actividad mercantil estaba pésimamente considerada en la sociedad, cuyas gentes más nobles despreciaban, tomando a los comerciantes por individuos que sólo se guiaban por el afán de ganancia y lucro. Estos riesgos y problemas del comercio y el descrédito que tenía llevaron a muchos a invertir sus ganancias en negocios más estables y que estuvieran socialmente mejor considerados.
Por ello destinaron parte de sus fortunas a la inversión, en primer lugar a la adquisición de tierras, que tenía muchas ventajas. Otorgaba prestigio social y permitía vivir de las rentas. Además daba seguridad a las fortunas adquiridas y proporcionaba ingresos fijos y regulares, ofreciendo la posibilidad de conseguir importantes ganancias en tiempos de carestía. Otra forma de inversión aparte de la tierra estaba en los préstamos, que hacían al Estado y a los particulares. Los monarcas pasaban con frecuencia apuros financieros bastante graves. La necesidad de dinero que tenían en Europa era insaciable, sobre todo cuando se declaraban guerras. Para financiar sus empresas, debían, pues, recurrir a los préstamos a cambio de altísimos intereses. Al Estado le prestaban dinero los grandes banqueros y comerciantes, que les suministraban sumas de auténtico vértigo (enormes), así como otras personas que no tenían tales fortunas. La garantía de la devolución de los préstamos estaba en las rentas de la corona (aduana estatal), y gracias a este interés esa élite burguesa podía vivir de las rentas. Pero prestar al Estado también tenía sus inconvenientes, porque si la deuda estatal era demasiado alta, el Estado declaraba una bancarrota, lo cual suponía la ruina para los prestamistas modestos y para los que no tenían otra fuente de ingresos nada más que esa.
Aparte de prestarle al Estado, los grandes negociantes (financieros, banqueros, etc.), también ayudaban a la nobleza y a los campesinos, pero por diferentes motivos. Los nobles los necesitaban para mantener su nivel de vida y ostentación, pero muchos contrajeron grandes deudas y perdieron las tierras que hipotecaban como garantía. Los campesinos también pedían préstamos para mejorar las explotaciones y para superar los malos tiempos. Si no podían cancelar la deuda y tampoco pagar los intereses del préstamo, el prestamista confiscaba la tierra que lo había garantizado. De esta forma se ve cómo los préstamos ayudaron a la burguesía a convertirse en rentista, y les facilitaron el acceso a la tierra, sobre todo expropiando a estos campesinos. El siguiente paso era adquirir posiciones de cargos públicos, que era imprescindible para el ascenso social. Todos los gobiernos y monarquías europeas vendieron cargos públicos de la administración estatal y local, cuyo propósito era conseguir dinero para la hacienda. Esto puso al alcance de la burguesía la posición pública y el prestigio social que ello suponía, y de esa burguesía administrativa fue de donde surgió «la nobleza de toga» (opuesta a la «nobleza de espada», militar y de sangre). El último paso consistía en vivir noblemente, pues una vez llegados a la cima del tercer estado se retiraban de los negocios y pasaban tranquilamente. Esto era importante, porque si un plebeyo conseguía demostrar que gracias a su estilo de vida había sido aceptado como noble en su comunidad, no tenía demasiados problemas para ingresar en el estamento nobiliario, y si no accedía él lo harían sus hijos. Todas las vías que llevaban a esto, pues, comenzaron con el comercio, se desarrollaron con la diversificación de las inversiones, con la aceptación de un cargo público y culminaron con la llegada a este último objetivo.
El campesinado
Era un grupo social más numeroso en todos los países de Europa (sobre todo en los siglos XVI y XVII). De su trabajo dependía la subsistencia de la población. Con sus impuestos el campesinado sostenía además al Estado, a la nobleza y a la Iglesia. En él había unas diferencias socioeconómicas muy importantes, que se daban tanto a nivel continental como en cada país o comunidad campesina. A nivel continental tenemos que en la Europa situada al este se impuso la segunda servidumbre del campesinado; el señor de la tierra instalaba allí a los campesinos en parcelas, teniendo éstos que entregarle a cambio rentas en especie y dinero, y teniendo que trabajar además varios días a la semana en sus tierras (amén de en las suyas). Esta labor era normalmente gratuita, aunque también a veces podía estar remunerada, con precios que fijaba el señor. Además estaban adscritos al suelo y no podían emigrar ni abandonar a ese señor. En la Europa situada al oeste el campesinado era prácticamente libre, pero todavía había excepciones (pues quedaban algunos territorios en los que existía la servidumbre, no comparable a pesar de todo con la de la Europa oriental).
Los señores occidentales cedían la explotación de sus tierras a los campesinos con condiciones más o menos favorables, lo cual dependía del tipo de contrato, de la duración que tuviese éste y de la cuantía y modalidad del pago de las rentas. Las comunidades campesinas albergaban individuos ricos, que formaban una pequeña minoría. Eran dueños de extensas propiedades de tierra, las cuales podían tener también arrendadas en condiciones muy favorables. Contrataban criados y jornaleros, y se les denominaba «burguesía rural». Luego había un grupo de campesinos «medianos» que eran más numerosos; éstos no eran tan pudientes, pero tenían lo suficiente para vivir con holgura en los buenos tiempos (cuando la agricultura marchaba bien). Pero este grupo disminuyó en el siglo XVII debido a los avances de la agricultura capitalista y a la polarización social. Luego estaba el grupo más numeroso, formado por los campesinos «pobres», que tenían parcelas de tierra diminutas, y además poco productivas. Con muchísimas dificultades conseguían mantener a su familia y pagar las rentas, los impuestos y las deudas. Este grupo fue el que aumentó con la crisis del siglo XVII. También había «campesinos sin tierra» que trabajaban como jornaleros para sus vecinos más afortunados. Con esto se ve lo enormemente jerarquizada que estaba la sociedad, pero que también tenía cambios, impulsados por el poder del dinero, por su movilidad.
Tipos de familias
En la Europa moderna había 4 tipos de familias.
La familia nuclear
La familia nuclear la formaban el padre, la madre y los hijos e hijas solteros. Cada familia nuclear residía en su propia vivienda, y cuando los hijos e hijas contraían matrimonio la abandonaban y se instalaban en sus propias viviendas independientes. En las familias nucleares solamente hay un núcleo conyugal, que es el del padre y la madre, y el sistema de herencia en estos casos era igualitario, en el que los hijos e hijas recibían un aporte equitativo. Este sistema tenía un peligro, y es que si los bienes incluían tierras, ésta se dividía a cada generación, pudiendo llegar un momento en que las parcelas fuesen tan pequeñas que su cultivo no resultara ni viable ni rentable. Por eso había mecanismos que compensaban la fragmentación impuesta por la ley hereditaria, que eran, por ejemplo, que uno de los hermanos comprara las parcelas de los otros reconstruyendo la propiedad, manteniendo la unidad. Otro mecanismo consistía en que los varones heredaran la tierra y las mujeres otros bienes muebles y el dinero (en cantidad equivalente). También había familias nucleares que se regían por un sistema de herencia desigualitario, y en estos casos se utilizaba la institución que era el mayorazgo en la Corona de Castilla, junto con otras instituciones afines en Inglaterra, Italia, Francia y otras muchas zonas de Europa. Estos sistemas smejantes evitaban el reparto de la tierra y permitían que se transmitiera a un solo heredero, y lo utilizaron sobre todo la aristocracia y los burgueses ricos. Las familias nucleares estaban en toda Europa, pero en proporción diferente. Predominaban en el norte, siendo muy abundantes en la Europa central y meridional y más escasas en la Europa oriental.
La familia extensa
La familia extensa era la formada por el padre, la madre, los hijos e hijas solteros y algún abuelo o abuela viudos, un hermano o hermana solteros y un sobrino o sobrina solteros también. Estos parientes que convivían con el núcleo conyugal pueden ser arbitrariamente del padre o la madre, y no participan de su herencia.
La familia troncal
La familia troncal estaba formada por el padre y la madre, uno de los hijos (el heredero con su esposa y descendencia) y los hermanos y hermanas solteros. Eran pues, en realidad, dos matrimonios con sus respectivas descendencias. Los hermanos del heredero, si se casaban, debían abandonar el hogar familiar, y si decidían quedarse, tenían que permanecer solteros o solteras de por vida, pudiendo sólo permanecer con esa condición. El sistema de herencia en las familias troncales era desigualitario, pues todo el patrimonio se transmitía a un único heredero, cuyos hermanos y hermanas recibían una cantidad en metálico que permitiría a los varones establecerse por su cuenta y a las mujeres encontrar marido. Después de recibir esa cantidad en metálico no podían reclamar nada más. La jefatura de la familia la ejercía el padre, y bajo su autoridad estaba todo el grupo familiar, incluido el heredero, su esposa y su descendencia. Cuando el padre muriera o renunciara a la jefatura y bienes, el heredero tomaría su relevo, y mandaría en su propia familia y en los hermanos y hermanas solteros que quedaran.
El heredero se designaba de tres formas: la primera y quizá la más corriente era la primogenitura masculina, aunque a veces se seguía la ultimogenitura; en ausencia de varones, la heredera era la mayor de las hermanas, pero podía ocurrir (lo que pasaba en algunas zonas) que aun habiendo varones la heredera fuese la hija (para atraer hombres a la casa). En ocasiones el nombramiento de heredero quedaba a criterio de los padres, que se decidían por alguno de los hijos sin tener en cuenta si era mayor o menor, lo que desataba enfrentamientos entre los hermanos, que podía desembocar en el crimen. En cualquier caso, este tipo de familias tenía relaciones muy tensionales, en cuyos momentos de plenitud podían convivir en ellas hasta 3 generaciones. También podía haber en ellas una abuela viuda, siempre la madre del padre, nunca la de la madre. Se solían encontrar en zonas montañosas y preferiblemente ganaderas, donde el hábitat era muy disperso. Las había en el norte de Portugal, en Cataluña, en el sur de Francia, en la zona de los Alpes y en los países bálticos.
La familia comunitaria
La familia comunitaria estaba formada por varios núcleos conyugales de parientes con sus respectivas descendencias. Podía tratarse de los padres que convivían con los hijos casados o de varios hermanos casados que vivían juntos, así como de tíos y primos casados. El número de miembros de estas familias podía llegar hasta los 40 o sesenta, con gran variabilidad (habiendo algunas de hasta 100 individuos). El grupo estaba gobernado por el amo de la comunidad, jefatura que no era hereditaria, sino electiva, al cual llegaban los varones sin tener en cuenta la edad (sino estudiando quién representaría mejor los intereses de la familia). También había una ama que se ocupaba de las mujeres, que no podía ser ni la esposa, ni la madre, ni la hija, ni la hermana del amo de la comunidad, no predominando así ninguna familia sobre otra. Todos vivían bajo el mismo techo, normalmente en casas inmensas, y todos tenían derecho a una parte de la herencia, pero ningún individuo del grupo podía materializar su parte, porque el conjunto se empobrecería con ello. La supervivencia de estas familias dependía entonces de que el patrimonio permaneciese indiviso. Había familias comunitarias en el centro de Francia, en el centro de Italia, en Rusia, Polonia y Serbia. En ellas, además, los conflictos podían llegar a ser muy fuertes, pero sin embargo la relación de parentesco y la solidaridad que ligaba a todos sus miembros contribuía a mantener las tensiones controladas. Cuando los conflictos y enfrentamientos eran insalvables, se producía la escisión y ruptura del grupo, porque algunos de sus miembros reclamaban su parte de la herencia y se marchaban para instalarse en otra parte, con lo cual la familia se debilitaba.