Historia de Hispania: Romanos, Visigodos y los Primeros Reinos Cristianos

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Conquista y Romanización: La Pervivencia del Legado Cultural Romano en la Cultura Hispánica

La conquista de la Península Ibérica por los romanos comenzó en el siglo III a.C. en el contexto del enfrentamiento militar entre Roma y Cartago. Tras la derrota de Aníbal, los romanos ocuparon las costas mediterráneas peninsulares. En el siglo II a.C. tuvieron lugar las guerras celtíberas y lusitanas, ocupando la Meseta. Y en el siglo I a.C., el emperador Octavio Augusto y su mano derecha Agripa conquistaron la Cornisa Cantábrica, sometiendo a cántabros, astures, galaicos, etc.

La romanización es un proceso de aculturación por el que se homogeneizan las tradiciones culturales de los distintos pueblos peninsulares. El proceso se extendió a lo largo de todo el periodo de dominación romana, y el grado de asimilación de la cultura romana fue diferente entre los pueblos hispanos. La señal más evidente de romanización fue la generalización del latín. Si bien durante la época republicana las lenguas iberas eran predominantes, en el Imperio el latín fue desplazando a las lenguas indígenas, sobre todo entre las élites.

El Derecho romano se impuso de forma determinante en la Península, modelando las instituciones políticas, y su influjo se deja sentir hasta la actualidad. La Literatura latina halla también en la Península a algunos de sus autores más destacados como Séneca, Marcial o Quintiliano.

Las Invasiones Bárbaras. El Reino Visigodo: Instituciones y Cultura

En el siglo V de nuestra era, el Imperio romano de Occidente estaba en crisis, lo que provocó que en Hispania entraran una serie de pueblos germanos que se hicieron con el control del territorio: los vándalos, los alanos y los suevos. Ante la situación de inestabilidad de las Invasiones Bárbaras, Roma pidió a los visigodos (un pueblo federado con Roma) que expulsaran a los pueblos mencionados anteriormente. Los visigodos expulsaron a vándalos y alanos y arrinconaron a los suevos en la actual Galicia y norte de Portugal. A la caída del Imperio romano de Occidente en el 476, los visigodos controlaron Hispania.

La Monarquía visigoda era electiva, según quedó regulado en el IV Concilio de Toledo (633). Sin embargo, son numerosos los casos de usurpaciones del poder real, así como de sucesión directa de padres a hijos. Junto con la Monarquía, los Concilios suponían la otra gran institución visigoda. Las reuniones de obispos no solo trataban de asuntos religiosos, sino también políticos. Los concilios fundamentales fueron el III de Toledo (589; conversión al Catolicismo) y el IV de Toledo (633; regulación acceso al trono).

El monarca se veía acompañado por el Aula Regia, reunión de aristócratas visigodos que debían asesorar al rey. De ella surgía el Oficio Palatino, cuyos miembros ostentaban los cargos principales de la administración central. En los distintos territorios, la administración se hacía presente mediante duques y condes.

Los Primeros Núcleos de Resistencia

Tras la Invasión musulmana (711), van a surgir diferentes núcleos de resistencia. El primero se organizará en Asturias, en torno a la figura de Pelayo y a la Batalla de Covadonga (722). El origen de este reino es difícil de precisar, hallando tanto influencias de los visigodos como indígenas. La Monarquía asturiana se consolidará en torno a los sucesores de Pelayo y se expandirá por el Cantábrico y el Valle del Duero, a donde llegará en 910, transformándose entonces en reino astur-leonés.

En torno a Pamplona surgirá otro foco de resistencia al poder musulmán. Durante el siglo VIII, el territorio pirenaico vivió bajo la dependencia del poder franco o el musulmán de Zaragoza, obteniendo la independencia a comienzos del siglo IX, con Iñigo Arista.

En la zona oriental del Pirineo se constituye la Marca Hispánica, bajo dominio franco. A finales del siglo IX, Wifredo el Velloso se independizará de la tutela carolingia.