Historia de España: La Leyenda Negra y los Conflictos de Carlos V
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La Leyenda Negra Española: Orígenes y Difusión
La Leyenda Negra es el conjunto de imágenes negativas sobre España difundidas en el extranjero a lo largo del siglo XVI, algunas de las cuales han pervivido hasta muy recientemente. La mayoría de esas ideas se propagaron durante el reinado de Felipe II, alentadas por sus enemigos: la corte de Isabel I de Inglaterra, los rebeldes flamencos dirigidos por Guillermo de Nassau o los hugonotes franceses. Todos ellos tenían acceso a importantes centros de difusión editorial, en los que se imprimieron panfletos y libelos, acompañados con frecuencia de truculentas ilustraciones donde se mezclaban los datos proporcionados por españoles como Bartolomé de las Casas o Antonio Pérez con exageraciones o invenciones.
La sociedad que dio origen a esas imágenes es la España de la Contrarreforma, dominada por el celo católico de la Inquisición, de la que fue víctima hasta el arzobispo de Toledo, Bartolomé Carranza, o escritores como Fray Luis de León o Teresa de Jesús. A aquella España también se la asociaba con el aislamiento, la crueldad, la arrogancia y el atraso económico.
La personalidad del propio monarca contribuyó a la Leyenda Negra: su carácter discreto e introvertido -tan distinto al de su padre-, su encierro en la corte de Madrid o en el monasterio de El Escorial, su religiosidad –que, a pesar de su fama de fanático, no era muy diferente de la de Carlos V-. Algunos episodios de su vida fueron hábilmente utilizados por sus enemigos: Antonio Pérez reveló a toda Europa la implicación de Felipe II en el asesinato del secretario Escobedo y el escandaloso encarcelamiento y posterior muerte en prisión del príncipe Carlos, seguidos poco después por el fallecimiento de la joven reina Isabel, permitieron imaginar una fantástica historia de adulterio, celos y crimen pasional que ha sido repetida en obras como Don Carlos, título de un drama de Schiller y de una ópera de Verdi dedicadas al tema.
Los Conflictos de Carlos V con los Príncipes Alemanes y la Reforma
Uno de los más graves conflictos del reinado de Carlos V es el que le enfrentó a una amplia coalición de príncipes alemanes, a los que trató de someter por el doble motivo de considerarlos súbditos rebeldes y protectores de la herejía luterana.
De hecho, su elección como Emperador en 1519 ya tuvo que vencer serias resistencias por parte de los príncipes electores, a los que convenció con una combinación de presión diplomática y cuantiosos sobornos. La predicación de Lutero agravó el problema, aunque en un primer momento el espíritu erasmista del Emperador le animó a intentar un entendimiento con el monje alemán en la Dieta de Worms (1521), que acabó en fracaso. Algunos principados del centro y el norte de Alemania se inclinaron por la Reforma y, ante la decisión de Carlos V de salvaguardar la unidad católica, protestaron, dando lugar al nombre de protestantes que terminó por imponerse. Al mismo tiempo, las relaciones entre el Emperador y el Papa pasaron por un momento difícil tras el saqueo de Roma por las tropas imperiales en 1527.
En 1531 los príncipes rebeldes, dirigidos por Felipe de Hesse y Juan Federico de Sajonia, crearon la poderosa Liga de Esmalcalda. Carlos V hizo algunos intentos de conciliación, insistiendo más en el problema político y apartando momentáneamente las discrepancias religiosas.
No obstante, el buen entendimiento con el nuevo papa Paulo III y la convocatoria del Concilio de Trento (1545) animaron al Emperador a volver a la carga. Uniendo las fuerzas de todos los miembros de su familia (sobre todo su hermano Fernando y su tía Margarita, gobernadores de Flandes y Austria, respectivamente), reunió un fuerte ejército y derrotó a los protestantes en la Batalla de Mühlberg (1547). Sin embargo, la traición de uno de sus más firmes apoyos, Mauricio de Sajonia, y la alianza de los príncipes alemanes con el nuevo rey de Francia, Enrique II, volvieron a cambiar el signo de los acontecimientos. En 1552, los protestantes obligaron a Carlos V a huir precipitadamente de Innsbruck para evitar ser capturado. Es entonces cuando decidió que Fernando, que iba a sucederle como emperador, negociara la paz con los protestantes. En la Paz de Augsburgo, firmada en 1555, los príncipes alemanes se aseguraron el derecho a imponer su confesión religiosa en cada estado, según el principio cuius regio, eius religio. Quedó definitivamente confirmada la división religiosa de Alemania y de toda Europa.