Filosofía Cristiana: La Moralidad Agustiniana y la Teología Tomista

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San Agustín: Moralidad, Gracia y las Dos Ciudades

Dios nos ha dado la facultad de captar las leyes eternas de la moralidad, que están impresas en el corazón de todo hombre. Dichas leyes no son arbitrarias, puesto que son expresión de la eternidad de Dios. Esta capacidad es necesaria para acercarnos a Dios, así como nuestro esfuerzo y la elección libre del Bien; sin embargo, no es suficiente, principalmente por la fuerza del pecado original. Necesitamos también del perfeccionamiento de nuestras facultades mediante la gracia de Dios, que recibimos a través de los sacramentos, y de la orientación de la Iglesia.

La voluntad busca necesariamente la felicidad, pero es libre de elegir los medios para este propósito, pudiendo acercarse a Dios o elegir los bienes imperfectos del mundo sensible. Mediante la gracia, el albedrío puede dirigirse hacia el Bien Supremo y es realmente libre. La posesión plena de Dios en la vida futura constituye, según San Agustín, la suprema felicidad y el destino final del hombre; en la vida presente, nuestra felicidad consistirá en la unión con Dios por medio de su conocimiento, de la virtud y de la práctica cristiana.

San Agustín nos dice que podemos dividir a los seres humanos en dos grupos: los que aman a Dios, se someten a su Palabra y buscan la paz eterna, y los que quieren los bienes materiales y temporales y se prefieren a sí mismos antes que a Él. Aunque estos grupos están mezclados desde el principio de la historia, en cierto modo pertenecen a dos pueblos o ciudades distintas:

  • Los primeros al territorio místico de la Ciudad de Dios (Jerusalén).
  • Los segundos a la Ciudad temporal o terrena (Babilonia).

San Agustín cree que desde el principio del mundo estas ciudades están enfrentadas, pero con el Juicio Final se separarán definitivamente. Esta división corresponde a la distinción entre el Estado pagano (“Ciudad de Babilonia”) y la Iglesia (“Ciudad de Jerusalén”), y expresa la primacía que debería tener esta última sobre el Estado.

Santo Tomás de Aquino: El Problema de Dios y el Conocimiento

El Problema de Dios: Razón y Revelación

Santo Tomás distingue dos órdenes de conocimiento:

  • El conocimiento natural: Procede de la razón humana y da lugar a la filosofía.
  • El conocimiento sobrenatural: Procede de la revelación y de la fe, y es un conocimiento oscuro.

Ambos provienen, en último término, de Dios, por lo que entre ellos no puede haber contradicción, y sí una colaboración, dando lugar, por ejemplo, a la teología: la revelación orienta a la razón y evita errores; la razón puede servir a la fe para aclarar y defender los misterios de la revelación.

Algunas creencias nunca podrán ser demostradas por la razón y otras sí, como los preámbulos de la fe (la existencia de Dios y la inmortalidad del alma). Por lo tanto, habrá dos tipos de teología:

  • La teología racional o natural: Llega a Dios mediante la razón.
  • La teología cristiana o sobrenatural: Basada en la doctrina revelada y la fe.

La Demostración de la Existencia de Dios

Santo Tomás llama “proposiciones evidentes en sí mismas” a aquellas en las que el predicado se incluye en el sujeto, y que describen propiedades esenciales de las cosas, como "los hombres son animales racionales". Parte de ellas serán, además, evidentes para nosotros, cuando vemos su verdad con solo comprender el concepto sujeto.

Algunos filósofos han creído posible la comprensión intelectual directa de la esencia de Dios y, en esa medida, la demostración de su existencia a partir del concepto de Dios (el argumento ontológico).

Santo Tomás mantendrá, por el contrario, que no cabe una argumentación meramente racional de la existencia de Dios, al no ser acorde con las facultades cognoscitivas humanas. La proposición "Dios existe" no es evidente para nosotros, aunque sea evidente en sí misma (puesto que la existencia de Dios se incluye en su esencia). Debemos llegar a Dios a partir de lo más conocido para nosotros: de la experiencia sensible.

Las pruebas del Aquinate (las Cinco Vías) son demostraciones a posteriori: parten de los efectos de la actuación de Dios en el mundo (un dato de experiencia), introducen un principio metafísico, y concluyen en la necesidad de la existencia de un Ser Supremo trascendente.