La expansión atlántica: Rivalidad y tratados entre Castilla y Portugal

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La coyuntura de la Guerra de Sucesión Castellana

La coyuntura de la Guerra de Sucesión al trono castellano en 1474 hace enfrentarse a Isabel de Castilla (apoyada por Aragón) contra Portugal. Este reino está buscando durante el siglo XV nuevas rutas para el oro sudanés y para el comercio de sedas y especias del Oriente, evitando la intermediación islámica.

Mientras tanto, a Castilla le interesa el control del estrecho de Gibraltar y sus aledaños para consolidar su Reconquista, su comercio y, cuando aparezca Colón, tener puertos de enlace hacia América. El resultado de la guerra de sucesión aclarará estas diferencias e intereses entre estos dos reinos vecinos que no llegan a integrarse.

Centralización del poder y control estatal

Por otra parte, ambos reinos están inmersos en un intento de recuperación de la monarquía y del poder central frente a la nobleza, y del control estatal frente a los particulares. En este sentido hay que entender:

  • La concesión en 1469 del monopolio a Fernando Gomes para la Guinea, transformado en monopolio de la Corona portuguesa en 1482.
  • La fundación de la Casa de Contratación de Sevilla.

El crecimiento como potencias obligará a delimitar sus ámbitos de expansión, y las Canarias se sitúan en medio de estos intereses.

Acuerdos y tratados de delimitación

Tales enfrentamientos entre Castilla y Portugal se desactivan mediante acuerdos:

  • Tratado de Alcaçovas (1479): Delimita la expansión de Castilla y Portugal, asegurando las Canarias para los castellanos, mientras que la costa africana hacia el sur pasa a disposición portuguesa.
  • Bula Inter Caetera (1493): Dada por el papado, establece una línea divisoria norte-sur de separación para las posesiones, quedando más allá de 100 leguas medidas a partir de las Azores o Cabo Verde a disposición de Castilla.
  • Tratado de Tordesillas (1494): Aleja más allá de las 370 leguas las posibles posesiones castellanas.

Desarrollo de la incorporación de las Canarias

La incorporación a Castilla entre 1480 y 1496 de Gran Canaria, La Palma y Tenerife completan las posesiones del archipiélago canario. Si bien al principio habían predominado los señoríos, ahora el procedimiento será mediante capitulaciones como tierras de realengo. La población nativa será asimilada y se dará una aculturación, donde predomine una especialización agrícola.