Ética de la justicia y de la felicidad: mínimos, máximos y ética cívica para sociedades democráticas

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Éticas de la justicia y éticas de la felicidad

Las éticas de la justicia o éticas de mínimos se ocupan solo de la dimensión universalizable del fenómeno moral, es decir, de aquellos deberes de justicia exigibles a cualquier ser racional y que, en definitiva, componen unas exigencias mínimas. Las ambiciones son legítimas si no quiebran los principios de justicia y solidaridad, requerimientos mínimos que marcan los límites de nuestros proyectos.

Las éticas de la felicidad, por el contrario, intentan ofrecer ideales de vida buena, en los que el conjunto de bienes de que las personas podemos gozar se presentan jerarquizadamente como para producir la mayor felicidad. Son, por tanto, éticas de máximos, que aconsejan seguir su modelo, nos invitan a tomarlo como orientación de la conducta, pero no pueden exigir que se siga, porque la felicidad es cosa de consejo e invitación, no de exigencia.

Aquella persona que actúa según principios universales de justicia e intenta con prudencia día a día aprender a ser feliz “está en lo alto de la moral”.

Ética cívica, ética aplicada y orden ético internacional

Reconocer en la moral la doble faceta de lo justo y lo bueno nos permite explicar dos fenómenos:

  • La existencia de contenidos morales diversos y, a la vez, de ciertos juicios morales universales.
  • El pluralismo de las sociedades democráticas, que consiste en compartir unos mínimos de justicia, desde los que se conviene que cada uno viva según su modelo de felicidad y pueda invitar a otros a vivir según él, nunca imponerlo.

Por eso, la articulación de mínimos y máximos permite, entre otras cosas:

  • Construir una ética cívica democrática, que consistiría en los mínimos que los ciudadanos comparten, alimentados por los máximos que profesan.
  • Aplicar esos mínimos a los distintos ámbitos de la vida social (medicina, empresa, ciencia y tecnología, educación, política, ecología), de modo que la moral se encuentre aplicada de forma concreta. Esta es la tarea de la parte de la ética que se llama ética aplicada, o más bien éticas aplicadas, como son la bioética, la ética de la economía y de la empresa, la ética de la información, la ética de las profesiones… En todos estos casos se trata de un conjunto de reflexiones dirigidas a orientar la conducta y, muy concretamente, la toma de decisiones.

    Construir cada ética aplicada exige adentrarse en el correspondiente ámbito de la vida social e intentar captar en él su propia lógica para ver cómo se modulan en él los mínimos de justicia. La modulación de los principios éticos la tienen que hacer los filósofos en estrecha colaboración con los expertos de cada campo (médicos, economistas, políticos, investigadores, etc.). La interdisciplinariedad es una necesidad urgente para afrontar éticamente los problemas cotidianos.

  • Construir una ética universal, un “nuevo orden ético internacional”, desde aquellas exigencias de justicia que son inapelables, entre las que se cuenta el deber de respetar, por tanto, las diferencias culturales legítimas.

Este planteamiento de la ética cívica nos permite conectar con el ámbito de la filosofía política. La ética nos descubre las razones que legitiman la acción política, la cual se debe encaminar al logro de una sociedad justa.