Descartes: realidad objetiva, formal y eminente y el origen de la idea de Dios
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Descartes: realidad objetiva, formal y eminente
Descartes distingue, siguiendo la terminología escolástica, entre:
- Realidad objetiva: contenido representativo de las ideas, es decir, realidad conceptual o realidad que compete propiamente a las ideas.
- Realidad formal: realidad efectiva o en acto; es la clase de realidad propia de los objetos.
- Realidad eminente: clase de realidad que es más realidad que la formal y, en consecuencia, la incluye, pero que es menos precisa.
Causa y grado de realidad de las ideas
Ante la pregunta «¿a qué se debe que una idea contenga tal realidad objetiva y no tal otra?», la respuesta será la siguiente: para que una idea contenga tal realidad objetiva y no tal otra, debe haberla recibido de una causa en la cual haya, al menos, tanta realidad formal como realidad objetiva hay en dicha idea.
Por ejemplo, la realidad objetiva contenida en la idea de piedra debe tener por causa, o bien la piedra —pues ésta posee tanta realidad formal como realidad objetiva hay en la idea de piedra—, o bien un ser más excelente que la piedra, en el cual esté contenida, no formal sino eminentemente, la realidad representada en la idea de piedra.
De todo esto se sigue que, si la realidad objetiva de alguna de mis ideas excede a la realidad propia de mí hasta el punto de que esa realidad no esté en mí ni formal ni eminentemente, entonces yo no puedo ser la causa de una idea tal (en el texto: lo más perfecto no puede ser una consecuencia y depender de lo menos perfecto).
Ideas explicables por la propia facultad
Desde el yo, Descartes cree poder justificar las ideas de cielo, tierra, luz, calor, etc., porque su realidad objetiva —siguiendo la terminología escolástica—, es decir, su contenido representativo o realidad conceptual, no excede a la realidad formal propia del yo; es decir, a la realidad efectiva o en acto del yo.
La idea de la perfección y la cuestión de su origen
Sin embargo, afirma Descartes, hay una idea en mí cuya realidad objetiva sobrepasa la realidad formal contenida en mí: la idea de perfección (Dios). Puesto que dudo, yo no soy un ser perfecto; ¿de dónde procede entonces la idea de perfección?
La idea de un ser más perfecto que yo no puede ser una idea adventicia (procedente de los sentidos) ni creada por mí, es decir, facticia (generada por la imaginación), puesto que toda imagen sensorial o imaginaria es limitada. La idea de Dios es la de una sustancia infinita, eterna, inmutable... y yo, aunque soy una sustancia, soy finito; por tanto, yo no puedo ser la causa de esa idea.
Para Descartes sería tan absurdo defender que de lo menos perfecto surja lo más perfecto, como defender que de la nada surja algo. Ha de ser, por tanto, una idea innata, puesta en mí por el propio Dios, afirma Descartes.
Certezas cartesiana
Tenemos, en consecuencia, dos certezas: la certeza de mi existencia como sustancia pensante (res cogitans) y la certeza de la existencia de la sustancia infinita o Dios (res infinita).
Finalidad de la demostración divina
Lo que pretende Descartes es demostrar la existencia de Dios y su naturaleza veraz para destruir cualquier motivo de duda sobre la correspondencia entre mis ideas claras y distintas y la realidad: Dios es la garantía del criterio general de
Notas y observaciones
- Se han respetado las distinciones terminológicas usadas por Descartes según la tradición escolástica.
- Los términos latinos se han presentado en cursiva para facilitar su identificación (res cogitans, res infinita).
- Se mantienen las ideas y el contenido original; la corrección se ha centrado en ortografía, puntuación, mayúsculas y presentación para mejorar la legibilidad y la optimización SEO.