Crisis de 1640 en España: Rebeliones en Cataluña y Portugal

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La Crisis de 1640: Rebeliones Internas en la Monarquía Hispánica

La crisis de 1640 fue un conjunto de revueltas y sublevaciones internas que tuvieron lugar entre 1640 y 1649 en el seno de la Monarquía Hispánica. Las rebeliones más importantes fueron las de Cataluña (Corpus de Sangre que dio inicio a la Guerra de los Segadores) y Portugal (que logró su independencia), pero también hubo intentos secesionistas en Andalucía, Aragón y Nápoles. Este ambiente de rebelión era consecuencia de las continuas guerras que la monarquía afrontaba en Europa, que hacían necesario recabar todos los recursos disponibles para la defensa de la hegemonía, ya que los de Castilla no resultaban suficientes. Estas sublevaciones, unidas a las derrotas exteriores, marcaron el final de la dinastía de los Austrias en España.

La Rebelión de Cataluña (1640-1652)

Las Cortes catalanas rechazaron la política de “Unión de Armas” del conde-duque de Olivares, que exigía contribuir con dinero y soldados al esfuerzo de la Guerra de los Treinta Años. En 1635 estalló la guerra con Francia y Cataluña se convirtió en una zona de paso de tropas para defender la frontera. La guerra afectó a los campesinos y perjudicó el comercio. Los nacionalistas defensores de las leyes y fueros catalanes (Pau Claris, Tamarit...) controlaron la Generalitat.

Todo ello llevó a una rebelión contra Felipe IV que estalló el 7 de julio de 1640 (“Corpus de Sangre”) cuando campesinos y segadores entraron en Barcelona y asesinaron a los representantes del rey y a miembros de la oligarquía de la ciudad. Desde Madrid se envió un ejército para reprimir la rebelión, por lo que los dirigentes de la Generalitat ofrecieron fidelidad al rey de Francia, Luis XIII, que ocupó Cataluña. La prolongación de la presencia francesa en Cataluña provocó también el descontento, y quienes se oponían a la ocupación francesa apoyaron la intervención del ejército de Juan José de Austria, que recuperó Cataluña en 1652 poniendo fin a la secesión tras 12 años de una guerra a la que se conoce como “Guerra de los Segadores”. Desde ese momento, Felipe IV llevó una política más conciliadora, comprometiéndose a mantener las instituciones catalanas y a respetar los fueros, facilitando así la pacificación.

La Rebelión de Portugal (1640-1668)

Portugal, que conservó su autonomía institucional, también se opuso a la Unión de Armas de Olivares. La exigencia de mayores impuestos provocó el descontento de nobleza, clero y burguesía que, alentados por la sublevación catalana, iniciaron una revuelta dirigida por el duque de Braganza, que fue proclamado rey de Portugal con el nombre de Juan IV en 1640. Las tropas hispánicas, concentradas en Cataluña, no pudieron hacer nada para evitarlo. La guerra con Portugal se prolongó hasta 1668 cuando le fue reconocida la independencia después de las derrotas de Ameixal y Villaviciosa.

Consecuencias de las Rebeliones

Como reflejo de estas sublevaciones contra la política de Olivares, el proceso se extendió a Andalucía (1641, duque de Medina-Sidonia) y a Aragón (duque de Híjar). Felipe IV se vio obligado a destituir a Olivares en 1643. Los proyectos de reforma habían fracasado: el absolutismo real, la presión fiscal y los proyectos centralistas, unidos a una guerra interminable, provocaron la crisis de la monarquía y el fracaso de Olivares.