4 ejemplos de imperativos hipotéticos según Kant
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Para Kant no todo los hombres tienen una voluntad que se adhiera, de manera perfecta a los dictados
de la ley moral, voluntad santa como la denomina él mismo. Por eso, la ley moral se presenta a los hombres
en forma de imperativo. Y este imperativo, mandato, debe ser categórico como sinónimo de aquello que se
impone a nuestra voluntad de manera absoluta y sin condiciones.
En este punto, donde la aportación kantiana al tema de la ética es definitoria y distinta a la tradición
anterior; tradición aristotélico-tomista ya puesta en evidencia por las aportaciones empiristas de Hume. El ser
humano se impone a sí mismo la ley moral. Esta no debe venir impuesta, ni siquiera recomendada, por algo
distinto al propio sujeto.
La ética kantiana se fundamenta en tres postulados. En “La crítica a la razón pura” Kant afirmó que
no es posible lograr un conocimiento científico de la metafísica porque no es lícito aplicar las categorías del
entendimiento a las ideas de alma, totalidad del universo y Dios porque son noúmenos que escapan a nuestra
capacidad de conocimiento. Sin embargo, Kant rehabilitó algunas de esas ideas al afirmar que son postulados
de la razón práctica imprescindibles para dotar de sentido a la moral Estos postulados son la libertad, la
inmortalidad y la existencia de Dios
La razón práctica en Kant, es la voluntad. La razón humana se desarrolla en dos vertientes. En su uso
teórico, se ocupa del ser y genera juicios. En su uso práctico, se ocupa del deber ser y genera imperativos. El
contenido de la razón práctica es la vida moral, cuya clave es la libertad humana. Supone Kant que la persona
alcanza la máxima expresión de su libertad cuando es capaz de someter su voluntad a las leyes morales que
ella misma se da. La ley moral o imperativo categórico responde a la siguiente fórmula: “Obra sólo según una
máxima tal que puedas querer al mismo tiempo que se tome como ley universal”. Las mejores acciones de las
personas pasan a ser aquellas que se hacen por puro deber, por buena voluntad, por respeto a la ley moral
–incluso cuando podríamos sacar más provecho individual si obramos de otra manera. Somos libres porque
actuamos siguiendo el deber que nos dicta la razón pura práctica al margen de cualquier móvil empírico que
nos pudiera condicionar y limitar nuestra libertad. Si no fuera libre, no tendría sentido alguno preguntarse por
la bondad o no de las acciones. Negar la moralidad es actuar de forma contraria a la ley moral y, también,
negarnos a ser libres. El mayor error moral en que puede caer una persona es tratar a otra u otras como si
fueran simples medios para lograr otros fines. Las personas poseemos dignidad, somos fines y no medios para
lograr otra cosa: tenemos un valor absoluto, no relativo.
Kant no puede por menos de reconocer el problema que supone hablar de libertad en un mundo
dominado por la necesidad, y de lo obligado que resulta hacerlo para fundamentar la existencia moral del
hombre; a este conflicto se refiere la tercera de las antinomias (contradicciones inevitables de la razón)
kantianas. En el mundo de la experiencia no hay libertad, porque todo obedece a causas; pero en el plano
del pensamiento, nada impide que veamos la libertad como una exigencia de la moralidad, un postulado de
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