El Vizconde Demediado: Crueldad y Misterio en los Capítulos IV y V
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Capítulo IV
El vizconde comenzó a salir del castillo, envuelto en su capa negra y montado en su caballo. Pronto, los habitantes se percataron de que, por donde pasaba, dejaba un rastro de maldad, cortando plantas, frutos y animales por la mitad. Una de sus mayores crueldades fue ordenar la construcción de una gran horca para ejecutar a un grupo de cazadores, una banda de atracadores y a sus propios esbirros; en total, veinte personas, intercalando un gato entre cada dos víctimas. Fue un acto de crueldad que conmocionó al pueblo, aunque, con el tiempo, terminaron acostumbrándose.
Capítulo V
El narrador de la historia es el sobrino del vizconde. Él y el doctor Trelawney, famoso por haber navegado junto al capitán Cook, solían realizar investigaciones en el bosque y el cementerio en busca de fuegos fatuos para capturarlos. El joven gozaba de libertad, pues no tenía padres ni obligaciones, lo que le permitía acompañar al doctor a cualquier lugar, incluso al cementerio de una aldea cercana, de donde casi no salen con vida tras ser perseguidos.
La influencia del vizconde
Un día, mientras buscaban fuegos fatuos, se encontraron con el vizconde. Al ver que no lograban su objetivo, este decidió «ayudarles» provocando la muerte injusta de más personas en la horca, con el fin de que aparecieran los fuegos fatuos.
Pratofungo y los hugonotes
- Pratofungo: Cerca del lugar se encontraba una aldea de leprosos llamada Pratofungo, donde eran confinados todos los contagiados. Uno de ellos, Galateo, acudía al pueblo ocasionalmente a recoger la limosna que los aldeanos dejaban en sus puertas, quienes huían rápidamente para evitar el contagio.
- El incendio: Al vizconde se le ocurrió provocar incendios, llegando a quemar el propio castillo. Esto causó que Sebastiana fuera enviada a Pratofungo bajo la sospecha de padecer lepra, aunque en realidad solo presentaba quemaduras.
- Los hugonotes: También existía una aldea de hugonotes, perseguidos por su religión. Allí vivía una familia dedicada a las cosechas, cuyo padre repetía constantemente: «¡Peste y carestía!», mientras organizaba el trabajo de todos.
Esaú, el hijo menor, era considerado un pecador por voluntad propia; realizaba muchas fechorías y, para evitar ser descubierto, se refugiaba en una cueva secreta. Un día de tormenta, el vizconde acudió a casa de los hugonotes buscando refugio; aunque fue bien recibido inicialmente, terminó marchándose enfadado al descubrir que allí era profundamente odiado.