Transformación Económica y Demográfica de España (1960-1975): Auge Industrial y Cambios Sociales

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El Desarrollismo Económico

Una Industrialización Acelerada

El sector industrial actuó como motor central de la expansión de la economía española y, entre 1960 y 1973, el incremento de la producción industrial alcanzó tasas del 10% anual. Este crecimiento fue debido a la mejora de la productividad, gracias a los bajos salarios, a la importación de tecnología y a la inversión de capitales extranjeros. Paralelamente, también aumentó el peso de los sectores que fabricaban productos de bienes de equipo, una de las carencias tradicionales de la industria española. La mejora de la productividad permitió el descenso de los precios y ello favoreció las exportaciones. También estimuló la subida de los salarios que, junto a la difusión de las compras a plazos, condujeron a un gran aumento de la demanda de bienes de consumo duraderos (vehículos, electrodomésticos...).

Los sectores industriales que lideraron el proceso de avance y cambio tecnológico fueron la industria química, la energética, la siderúrgica, la construcción naval y el sector del automóvil. También crecieron otras industrias de bajo contenido tecnológico, pero muy competitivas dados los bajos costes laborales en España (vestido, calzado, muebles).

Las zonas con tradición industrial (Vizcaya, Cataluña, Asturias) continuaron su crecimiento y también se produjo una gran expansión económica de nuevas zonas como Madrid, cuya industria pasó a representar casi un 14% del total español, lejos del 23% de la barcelonesa, pero el doble de la vizcaína. También se generaron nuevos enclaves industriales en Valencia, Alicante, Ferrol, Vigo, Sevilla, Cádiz, Huelva, Valladolid y Burgos.

La Reconversión de la Agricultura Tradicional

Las transformaciones económicas de España en la década de 1960 provocaron la crisis de la llamada agricultura tradicional. Ésta se sustentaba en la abundancia de mano de obra, en los bajos salarios y en la adecuación de la oferta a las necesidades de un mercado poco extenso y poco diversificado en sus necesidades alimenticias. Además, un amplio minifundismo subsistía con grandes dificultades al lado de grandes latifundios en manos de propietarios absentistas que regentaban unas explotaciones insuficientemente trabajadas y con una escasa productividad.

Las nuevas oportunidades de trabajo que ofrecía la industria estimularon el éxodo rural y el descenso de la mano de obra campesina hizo aumentar los salarios. Los empresarios agrícolas, para mantener o mejorar sus ganancias, iniciaron un proceso de mecanización y de uso de abonos químicos que comportaron una intensificación de los cultivos. Esta iniciativa redujo aún más la ocupación en el campo y provocó una mayor emigración. Por otro lado, la mejora de la renta de la población conllevó una diversificación de la demanda de comestibles: el consumo de cereales y legumbres disminuyó en favor de los productos ganaderos y hortofrutícolas (leche, carne, verduras...), generando un desajuste entre la oferta y la demanda de productos agrarios.

Desde el gobierno se estimuló la concentración parcelaria y se promovió la construcción de nuevos regadíos. Todo este proceso cambió radicalmente el aspecto del campo español: la población activa agraria disminuyó en casi 2 millones de personas y muchas pequeñas explotaciones desaparecieron, a la vez que las empresas agrarias mejoraban sus sistemas de producción y su productividad.

El Avance del Sector Terciario

En la década de 1960 se produjo un considerable aumento del peso de los servicios en el conjunto de la economía española. En la terciarización de la economía influyeron notablemente un intenso proceso de urbanización, el aumento de las redes de distribución y comercio, la mejora de los medios de transporte y de comunicación y, con un peso muy específico, el turismo.

La llegada masiva de turistas supuso una elevada fuente de ingresos y el aumento de la actividad hotelera y de los servicios complementarios. El bienestar europeo y la generalización de las vacaciones pagadas para la mayoría de sus trabajadores resultaron decisivos en el "boom" turístico de la década de 1960, ya que generaron un importante flujo de turistas que encontraban en España un destino preferente por su clima cálido, abundancia de playas y de servicios, y precios baratos.

Igualmente, las necesidades de financiación promovieron el crecimiento del sector bancario, que invirtió cuantiosos capitales en empresas industriales y obtuvo abundantes beneficios. Si bien, por una parte, este crecimiento se vio favorecido por la prohibición de actuar a la banca extranjera en España, por otra, la limitación de la competencia frenó la modernización del sector bancario español.

El comercio internacional también conoció cambios significativos. Aumentó su volumen en cifras absolutas tanto de importaciones como de exportaciones y modificó su composición. Por primera vez, las principales exportaciones dejaron de ser los productos agrícolas y los bienes acabados pasaron a ser los mayoritarios en las ventas al extranjero. Sin embargo, la balanza comercial resultante seguía siendo negativa, ya que el valor de las importaciones superó siempre al de las exportaciones. Este tradicional déficit comercial se vio compensado por los ingresos procedentes del exterior, que generaban un saldo positivo en la balanza final de pagos.

La Dependencia del Exterior

La contribución de las economías más desarrolladas de Europa fue crucial para lograr el rápido crecimiento económico. La favorable coyuntura internacional permitió abrir amplios mercados donde vender la producción, obtener energía a precios reducidos y abastecerse de tecnología más avanzada y de capitales para financiar las inversiones. España recibió del extranjero los recursos que permitieron equilibrar el déficit comercial generado por las importaciones de maquinaria imprescindibles para renovar la estructura productiva.

Asimismo, una serie de países europeos absorbieron la mano de obra excedentaria procedente del sector agrario. Su permanencia en España habría podido dificultar el crecimiento porque el desempleo habría aumentado y la abundancia de mano de obra habría frenado la mecanización del campo. Además, las remesas de los 1,3 millones de emigrantes contribuyeron en gran medida a equilibrar la balanza de pagos.

Las Limitaciones de la Economía Española

La prolongada etapa de crecimiento económico, con tasas anuales de aumento del PIB superiores a la media del resto de países europeos, comportó un incremento del 40% en la renta por habitante entre 1960-75 y la mejora del nivel de vida de los españoles, que era todavía muy inferior al de las economías más avanzadas de Europa. Sin embargo, estos datos no pueden ocultar las grandes limitaciones del modelo de crecimiento económico franquista.

En primer lugar, las acciones emprendidas se polarizaron en el sector industrial y de servicios, mientras que el sector agrario era relativamente abandonado, quedando en una situación de atraso, y gran parte de su población, en el paro o la pura subsistencia. La industria española, a pesar de su crecimiento, nunca fue lo bastante potente para absorber a toda la población excedentaria procedente del sector agrario, que tuvo que emigrar. En segundo lugar, la gran dependencia de la tecnología y de las inversiones extranjeras, no solo implicaba un gasto importante en la compra de patentes, maquinaria, etc. sino también la supeditación a los ritmos de crecimiento y las decisiones de empresas foráneas. Lo mismo sucedía con los recursos financieros, dada la congénita debilidad y la poca competitividad del sistema financiero español, que no inició su transformación hasta mediados de la década de 1970 al introducirse en los circuitos de la banca internacional. Por último, los beneficios del crecimiento no significaron un aumento significativo del nivel de desarrollo del país, ya que el estado no fue capaz de cumplir suficientemente su papel de redistribución, ni de impulsar la creación de infraestructuras adecuadas para dar solidez y continuidad al crecimiento. Todas estas deficiencias se pusieron gravemente en evidencia con la crisis económica de 1973.

Crecimiento Demográfico y Cambio Social

El Aumento de la Población

En la década de 1960, la población española experimentó la tasa de crecimiento anual más importante de todo el siglo, lo que permitió pasar de 30,4 millones de habitantes en 1960 a 33,8 en 1970. Este crecimiento se mantuvo elevado en el quinquenio siguiente y, en 1975, la población superó los 35,8 millones de personas. Este aumento demográfico fue consecuencia de un descenso de la mortalidad, sobre todo infantil, y de una elevada natalidad, resultado de unas mejores condiciones de vida.

Las mejores expectativas económicas contribuyeron a mantener un número de nacimientos elevado, en un momento en que el uso de métodos de planificación familiar era prácticamente inexistente y el franquismo proponía una política claramente natalista. De este modo, la tasa de fecundidad se mantuvo alta durante toda la década, situándose, en 1975, en 2,8 hijos por mujer, mientras que la mortalidad infantil pasó del 6,3% al 1,9% entre 1950 y 1970.

La pirámide de edades reflejó este boom demográfico, de manera que el número de jóvenes entre 0 y 14 años aumentó considerablemente, situándose en el 27,8% en 1970. Paralelamente, se produjo un crecimiento de la población mayor de 65 años como resultado del aumento de la esperanza de vida, que pasó de 67 a 70 años para los hombres y de 72 a 76 para las mujeres, entre 1960 y 1975.

Los Movimientos Migratorios

El crecimiento demográfico estuvo acompañado de importantes movimientos migratorios. El proceso de mecanización y modernización de la agricultura dejó sin trabajo a muchos campesinos, que vieron en la emigración la posibilidad de obtener unos ingresos que no podían conseguir en su lugar de origen. Ello dio lugar, durante la década de 1960, a un intenso éxodo rural para huir de unas condiciones de vida miserables, de la escasez de empleo y de la falta de perspectivas de futuro.

Las zonas agrícolas de España, especialmente Andalucía, Extremadura, las dos Castillas, Murcia y Galicia, fueron las principales proveedoras de unos emigrantes que buscaban mejores oportunidades de vida en ciudades industriales españolas y europeas. Así pues, más de 1 millón 300 mil españoles, la décima parte de los activos, emigraron a otros países de Europa en busca de trabajo: Francia, Alemania, Suiza y Bélgica fueron los principales destinos.

Las migraciones interiores resultaron aún más espectaculares: entre 1962 y 1973, 4 millones de personas cambiaron de lugar de residencia.

Al igual que las migraciones exteriores, las regiones agrícolas fueron las mayores proveedoras de emigrantes. En contrapartida, hubo un gran aumento de población en las zonas de mayor dinamismo económico como Madrid, Cataluña, País Vasco y Valencia y, dado que la mayor parte de los inmigrantes eran jóvenes, su llegada provocó un incremento de la natalidad.

Estos movimientos de población agudizaron los acusados desequilibrios demográficos y económicos entre los distintos territorios de España. Mientras las áreas más dinámicas concentraban la mayor parte de la población y conocían un intenso proceso de urbanización, otras quedaban estancadas y se despoblaban paulatinamente, sobre todo de jóvenes. Las grandes urbes industriales como Madrid, Barcelona, Bilbao, Valencia y las ciudades de su periferia crecían al borde de la saturación y recibían a miles de emigrantes sin las infraestructuras necesarias para acogerlos. El chabolismo y la proliferación de barrios mal equipados y con viviendas precarias caracterizaron el urbanismo de aquellos años.

Los Cambios en la Estructura Social

El desarrollo de la economía industrial y la expansión del sector servicios dieron lugar a una transformación muy importante de las estructuras socio-profesionales de la población. Estos cambios supusieron la definitiva consolidación en España de una sociedad capitalista industrializada, en la que los sectores asalariados eran amplios y diversificados, al tiempo que la clase media aumentaba su peso social de manera considerable.

La distribución sectorial de la población muestra este cambio social: los activos agrícolas pasaron del 50% en 1950 al 21% en 1975, mientras que los industriales aumentaron del 24% al 38%, y los ocupados en servicios, del 25% al 41%. Esta nueva estructura fue acompañada de un crecimiento significativo del número de obreros industriales, que alcanzó en España la cifra de 4 millones, la mitad de todos los activos asalariados, principalmente ubicados en las zonas más industriales del país (Cataluña, Madrid, País Vasco, Asturias).

El enorme cambio social en la España de la década de 1960 conllevó un incremento del volumen de las clases medias y la consolidación de la burguesía urbana. Junto a los profesionales autónomos, creció también el número de funcionarios del estado y el de los profesionales cualificados dedicados a la gestión industrial o financiera y a las actividades terciarias.