Orígenes del Movimiento Obrero y las Ideologías Sociales en España (S. XIX)
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La Llegada del Internacionalismo (1868-1874)
La Llegada de la Internacional a España
Tras el triunfo de la Revolución de 1868, llegó a España un enviado de la AIT, el italiano Fanelli, quien viajó a Madrid y Barcelona para crear los primeros núcleos de afiliados a la Internacional. En estos núcleos participaron dirigentes sindicales como Anselmo y Ramón Farga. Fanelli, miembro de la Alianza Internacional de la Democracia Socialista, difundió los ideales anarquistas como si fuesen los de la AIT. Los primeros afiliados españoles a esta organización pensaron que el programa de la Alianza se basaba en los principios generales de la Primera Internacional.
A partir de 1869, las asociaciones obreras se expandieron por toda España, llegando a existir hasta 195, que contaban con unos 25.000 afiliados, aunque no todas ellas se uniesen al nuevo organismo internacional. El primer congreso de la Federación Regional Española de la AIT se celebró en Barcelona en 1870, donde se adoptaron acuerdos claramente concordantes con la línea anarquista del obrerismo.
La Crisis y Escisión en la FRE
En 1871 llegó a Madrid Paul Lafargue, yerno de Karl Marx, e impulsó el grupo de internacionalistas madrileños favorables a las posiciones marxistas. Integrado por Francisco Mora, José Mesa y Pablo Iglesias, este grupo desarrolló una campaña a favor de la necesidad de la conquista del poder político por la clase obrera. Las discrepancias entre las dos corrientes internacionalistas culminaron en 1872 con la expulsión del grupo madrileño de la FRE y con la fundación de la nueva Federación Madrileña, de carácter netamente marxista.
El internacionalismo tuvo su momento álgido durante la Primera República, cuando diversos grupos de anarquistas adoptaron una posición insurreccional para provocar la revolución y el derrumbe del Estado. Tras el fracaso de estos levantamientos, la FRE de la AIT perdió fuerza cuando el nuevo régimen de la Restauración la declaró ilegal, obligándola a organizarse en la clandestinidad.
Anarquismo y Socialismo (1874-1900)
El Anarquismo Apólitico
En 1881, la sección española de la Internacional cambió su nombre por el de Federación de Trabajadores de la Región Española, debido a la necesidad de la nueva legalidad, que prohibía las organizaciones de carácter internacional dirigidas desde el extranjero. La nueva federación aumentó su número de afiliados y desarrolló una acción sindical de carácter reivindicativo. Los desacuerdos favorecieron que una parte del anarquismo optara por la acción directa y organizara grupos autónomos revolucionarios cuyo objetivo era atentar contra los pilares del capitalismo: el Estado, la burguesía y la iglesia.
Durante la etapa 1893-1897 se produjeron los actos más destacados de violencia social: atentados contra personajes clave de la vida política, bombas en el Liceo de Barcelona, etc. El anarquismo fue acusado de estar detrás de la Mano Negra, una asociación clandestina que actuó en Andalucía a finales del siglo XIX y a la que se atribuyeron asesinatos, incendios de cosechas y edificios. Los atentados o las revueltas anarquistas fueron seguidos de una gran represión. El momento clave de esa espiral fueron los procesos de Montjuïc, celebrados en 1897 en Barcelona, donde resultaron condenados y ejecutados 5 anarquistas.
La proliferación de atentados ahondó la división del anarquismo entre los partidarios de continuar con la acción directa y los que promulgaban una acción de masas.
El Socialismo Obrero
La nueva Federación Madrileña de la AIT tuvo una vida efímera. En 1876, tras la desaparición de la Internacional, sus miembros decidieron construir un partido político. Un grupo de obreros madrileños fundaron el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) en 1879.
El Partido Socialista se definía como marxista, era de orientación netamente obrerista y partidario de la revolución social. Presentaba también un programa de reformas que incluían el derecho de asociación, sufragio universal, etc. El partido creció lentamente en toda España. A finales del siglo ya existían agrupaciones socialistas en muchos lugares. Tuvo un difícil desarrollo en lugares dominados por el anarcosindicalismo, como Cataluña, y tampoco penetró en el mundo agrario hasta muy avanzado el siglo XX. En 1889, se afilió a la Segunda Internacional y contribuyó a introducir en España la fiesta del trabajo, instituida en 1890.
En 1888, el partido celebró su primer congreso en Barcelona. El mismo año se fundó la Unión General de Trabajadores, que no se declaró marxista, sino que dejó libertad de militancia política a sus afiliados.
Reformismo y Cuestión Social
Hacia la década de 1880, las duras condiciones de vida y de trabajo de los obreros empezaron a concienciar a algunos sectores del liberalismo de la conveniencia de racionalizar las relaciones de trabajo de la sociedad industrial.
En 1878, se aprobaron las primeras leyes de regulación de los trabajos peligrosos para los niños, la creación de asilos, etc. En 1883 se creó la Comisión de Reformas Sociales. Pero la mayor parte de las leyes reguladoras de las condiciones de trabajo y de negociación colectiva no vieron la luz hasta las primeras décadas del siglo XX.
Los Primeros Movimientos Sociales
El Nacimiento del Movimiento Obrero
La primitiva legislación liberal no contemplaba ningún tipo de normativa que regulara las relaciones laborales y prohibía explícitamente la asociación obrera. Ante esta situación, las primeras manifestaciones de protesta obrera contra el nuevo sistema industrial adquirieron un carácter violento, clandestino y espontáneo.
En la década de 1820, el ludismo fue la primera expresión de rebeldía obrera contra la introducción de nuevas máquinas. En 1821, los trabajadores de la industria artesanal de las localidades vecinas de Alcoy asaltaron la ciudad y quemaron los telares mecánicos, aunque el incidente más relevante fue el incendio de la fábrica Bonaplata de Barcelona.
Muy pronto, los trabajadores comprendieron que el origen de sus problemas no estaba en las máquinas, sino en las condiciones de trabajo que imponían sus propietarios. El eje de la protesta obrera se fue progresivamente centrando en las relaciones laborales. Surgió así un primer embrión de asociacionismo obrero para defender sus intereses, y en 1834, un grupo de tejedores de Barcelona presentó un documento al capitán general de Cataluña.
A partir de entonces, el movimiento asociacionista obrero se extendió, creando sociedades de socorros mutuos o sociedades mutualistas. La primera de estas asociaciones fue la Sociedad de Protección Mutua de los Tejedores de Algodón, creada por el tejedor Juan Muns en Barcelona, en 1840.
El asociacionismo se expandió por muchos lugares de España y significó la extensión de las reivindicaciones obreras, fundamentalmente referidas al aumento salarial y a la disminución del tiempo de trabajo. Las huelgas, aunque estaban prohibidas, fueron un instrumento usado cada vez con mayor frecuencia para presionar ante los patronos. Por ello, las sociedades obreras crearon un fondo para ayudar a los obreros en huelga, las llamadas cajas de resistencia.
Pero el hecho de mayor trascendencia fue la primera huelga general declarada en España en el año 1855, durante el Bienio Progresista.
Las Revueltas Agrarias
Los conflictos y las revueltas en el campo fueron una constante en la historia española del siglo XIX. El aumento de la población agraria asalariada provocó un grave problema social, sobre todo en Andalucía.
En la década de 1840, una ola de manifestaciones y ocupaciones de tierras agitó el campo andaluz, donde el jornalero era mayoritario. Ante esta situación, se produjeron quemas de cosechas y matanzas de ganado que podrían asimilarse a los movimientos de carácter ludista.
El problema se agravó en 1855, con la desamortización de los bienes comunes de los municipios, pues estas tierras de aprovechamiento común pasaron a manos privadas. Los movimientos más intensos tuvieron lugar de nuevo en Andalucía, en algunos lugares de Castilla y en las zonas montañosas de Aragón. En 1861, un levantamiento en Loja (Granada), dirigido por Rafael Pérez del Álamo, alcanzó una gran intensidad y se extendió por las provincias de Jaén y Málaga, llegando a contar con 10.000 hombres. La represión del movimiento provocó numerosas víctimas entre los campesinos sublevados.
A raíz de estas luchas sociales, el bandolerismo se extendió por Andalucía. Fue la época de los bandidos que tenían su refugio en Sierra Morena.
Socialismo Utópico y Republicanismo
El movimiento obrero y jornalero primitivo se vio potenciado cuando sus reivindicaciones fueron apoyadas por doctrinas como el socialismo, en sus diversas manifestaciones. La primera de ellas fue el llamado socialismo utópico, que pretendía crear sociedades igualitarias, con propiedad colectiva y reparto equitativo de la riqueza, y acabar con las injusticias de la sociedad liberal.
La entrada de las doctrinas socialistas en España se produjo gracias a la difusión del pensamiento de socialistas utópicos franceses. La figura más notable del socialismo español en el siglo XIX fue Joaquín Abreu.
Desde Andalucía, el socialismo llegó a Madrid y Barcelona, donde surgió un núcleo de saintsimonianos alrededor de Felipe Monlau y otro de cabetianos encabezados por Abdón Terradas y Narciso Monturiol. Hubo bastantes escritores que difundieron el socialismo y el cooperativismo mediante libros y prensa.
En cuanto a la política, el primitivo obrerismo español estuvo muy ligado al republicanismo federal. Cuando a partir de 1868 se concedió el sufragio universal masculino, los obreros votaron sistemáticamente por el republicanismo, al considerarlo la opción más favorable a sus aspiraciones sociales.