Jean-Jacques Rousseau: Libertad, Contrato Social y la Paradoja de la Ilustración
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Jean-Jacques Rousseau: La Paradoja de la Ilustración y la Esencia de la Libertad
La figura de Rousseau es ambigua y paradójica: por una parte, es uno de los principales representantes de la Ilustración, pues comparte los ideales de tolerancia y libertad; pero, por otra, también es uno de sus críticos más radicales, pues defiende la primacía del sentimiento sobre la razón y sostiene que la ciencia y la cultura no mejoran al hombre, sino que tienden a corromperlo y a hacerlo infeliz.
La Filosofía Política de Rousseau
Como acabamos de ver, lo esencial, según Rousseau, es buscar una forma de asociación por la cual cada uno, uniéndose a todos, obedezca solo a sí mismo y quede tan libre como antes. Por lo tanto, lo esencial del cuerpo político reside en el acuerdo entre la obediencia y la libertad.
El Individuo y su Libertad Inalienable
El ser humano no debe renunciar a su libertad, porque si lo hace, renuncia a su cualidad de ser racional. La libertad es un derecho natural del hombre. Si renunciamos a él, nos convertimos en esclavos. La libertad es un derecho inalienable.
Alienación, Autonomía y Soberanía Popular
La alienación es la heteronomía, que significa “otra ley” distinta de la razón. La heteronomía representa, para Rousseau, las tinieblas de la ignorancia, el ir contra la ley de la razón. El lema del racionalismo crítico es: “Ten el valor de usar tu propio entendimiento”. Lo contrario de la heteronomía es la autonomía, que significa “el acto de pensar por sí mismo”.
A juicio de Rousseau, el hombre tiene el derecho y el deber de ser libre, porque de lo contrario:
- Un pueblo que aliena su soberanía pierde su cualidad de pueblo y se convierte en un rebaño de esclavos sometidos a un déspota. Pierde su soberanía.
- Un individuo que se aliena se convierte en esclavo de otro. Pierde su libertad.
Rousseau defiende que no podemos pensar la idea de “servidumbre voluntaria” sin contradicción; es imposible pensar en un derecho de un esclavo. De ahí que la obediencia solo sea legítima en la medida en que no destruya la libertad individual. Esta es la famosa “soberanía del pueblo”. Sin esa libertad, el pueblo deja de serlo y se convierte en una multitud de hombres dispersos.
La libertad no puede, en consecuencia, ser cedida por un pacto, ya que no hay nada en el mundo que pueda compensar a un hombre la pérdida de su libertad. La sociedad del pacto social no es una simple unión para preservar los intereses egoístas de algunos; es una COMUNIDAD DE CIUDADANOS QUE QUIEREN VOLUNTARIAMENTE EL BIEN COMÚN. La fórmula de la filosofía política de Rousseau es el “amor a la ley”: el hombre libre es el que obedece a las leyes y no a las órdenes de otro hombre.