Hume - Contexto

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El Empirismo, entendido como el movimiento filosófico que dominó la filosofía inglesa del siglo XVII y XVIII, fue una corriente que se  dio de manera simultánea al racionalismo, pues ambas tenían un  objetivo común: dotar a la filosofía de un método que le permitiese alcanzar los mismos logros que la ciencia de esa época conseguía, animada por los últimos descubrimientos de Newton.

La Inglaterra en la que se desarrolló el empirismo estaba marcada por las disputas entre partidarios del Parlamento y defensores de la monarquía absoluta. La burguesía estaba a favor de un Parlamento que disminuyese las diferencias con la nobleza, que seguía manteniendo sus privilegios medievales. Este enfrentamiento se convirtió en Guerra Civil, y acabó con la ejecución del rey Carlos I y la proclamación de la República. Tras varios años, ésta se disolvió para dar paso de nuevo a una monarquía absoluta, y que más tarde también fue reemplazada por una monarquía parlamentaria y constitucional al mando de Guillermo III de Orange, en lo que se conoce como la Revolución Gloriosa de 1688. Esta nueva monarquía llevo a Inglaterra a convertirse en la primera potencia mundial. Mientras tanto, se extendía por toda Europa el movimiento ilustrado, una corriente intelectual que fue heredera del Humanismo  renacentista y que puso las bases ideológicas para las distintas revoluciones que se sucedieron a lo largo de ese siglo y los posteriores.

La filosofía empirista defendía la idea de que la razón dependía de los datos sensoriales para alcanzar el conocimiento, en otras palabras, dependía de la experiencia, y ésta pasaba a ser el criterio de verdad. Los precedentes de esta filosofía residían en la larga tradición empirista, y cuyos autores más destacados fueron Occam, que afirmaba que era necesario el recurso a la experiencia para cualquier investigación; y Francis Bacon, defensor del método inductivo. Además de esta, los autores empiristas poseían otras características comunes que los identifican: niegan la existencia de ideas innatas; estudian el conocimiento humano, su origen, límites,…; niegan o reconocen la dificultad de la existencia de una metafísica válida; y toman como modelo el que poseían otras ciencias experimentales, como la física. Como contrapartida, el racionalismo, que se extendió por el resto de Europa, especialmente en Francia, rechazaba el recurso a la experiencia y ponía a la razón al frente del conocimiento. Los autores racionalistas, cuyo máximo exponente fue Descartes, si afirmaban la existencia de ideas innatas, y tenían como modelo de conocimiento el que poseía la matemática y la lógica, la deducción. Por último, también cabe destacar que, a la misma vez que el empirismo, se desarrolló en la Inglaterra de la época una corriente que buscaba modernizar y hallar nuevas teorías políticas de organización de un Estado liberal.

Algunos de los autores empiristas más destacados fueron Hobbes, Locke o Berkeley, sin embargo, el más influyente de ellos fue David Hume. Originario de Edimburgo, fue contemporáneo de autores ilustrados como Rousseau, Kant, Voltaire o Diderot, por lo que también fue influenciado por el movimiento ilustrado. El tema central de su filosofía era el conocimiento, sobre el que escribió una de sus obras más importantes “Tratado sobre la naturaleza humana”. Años más tarde, sintetizó el tratado en otra obra llamada “Investigación sobre el entendimiento humano”, con la que empezó a ganarse a los primeros defensores y detractores.  A lo largo de su vida, su filosofía poco a poco se fue radicalizando, alcanzando cada vez un mayor nivel de escepticismo, y llegando a rechazar la metafísica y la validez universal de la ciencia.

En cuanto a las influencias del empirismo, la idea de igualdad entre los hombres permitió un cambio en la concepción de Estado, iniciando así la defensa del liberalismo y de algunas de las concepciones instauradas en las sistemas políticos de hoy en día, como la división de poderes o la democracia. La crítica a la metafísica de Hume fue la base del positivismo y neopositivismo de los siglos XIX y XX. Años más tarde, fue Kant el encargado de sintetizar racionalismo y empirismo uniendo ambas corrientes en una extraordinaria síntesis, conocida como el idealismo transcendental.

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