El Gobierno de Negrín y el Fin de la Segunda República Española

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El Gobierno de Negrín

Entre mayo de 1937 y febrero de 1939 gobernó un equipo ministerial presidido por Negrín. En esta etapa se produjo la definitiva normalización institucional, ya sin la presencia de ugetistas ni cenetistas, que habían quedado muy debilitados. El gobierno se trasladó a Barcelona, recuperó el control del Estado, se restringieron las colectivizaciones y se redujo el poder obrero.

En este período se produjo la dimisión de Prieto, que abandonó la dirección militar del bando republicano en la primavera de 1938 a causa del desastre de la batalla de Aragón. Negrín pasó a ocupar la cartera de Guerra desde ese momento y contó con la oposición frontal de Prieto y, poco después, también con la de Azaña. Éste se encontraba cada vez más inhibido de la política, estaba convencido de la derrota y era partidario de las negociaciones con los sublevados. Sólo algunos socialistas, a título personal, y el PCE apoyaron a Negrín, que se quedó muy aislado políticamente. El jefe de gobierno plasmó su programa en un documento, los 13 puntos (mayo de 1938), donde exponía las bases para un fin negociado de la guerra, que nunca se produjo. La constatación de que la esperada intervención internacional a favor de la República no llegaba, el desengaño tras la conferencia de Múnich (septiembre de 1938) y los continuos reveses militares fomentaron el derrotismo. Como consecuencia, crecieron los deseos de una rendición con condiciones, sobre todo entre los partidos republicanos, que pensaban que sin la presencia de elementos marxistas en el gobierno sería más fácil negociar.

El Golpe de Estado del Coronel Casado

Entre febrero y abril de 1939 se desencadenó el final del gobierno republicano en España. La salida de España del equipo de Negrín tras la caída de Cataluña precipitó los acontecimientos. Azaña ya no volvió a España, ni tampoco su sucesor en la presidencia de la República, Martínez Barrio. Sin embargo, este último sí regresó y propuso nuevas medidas de resistencia, buscando, al menos, lograr una paz con garantías que permitiera una evacuación escalonada y con la remota esperanza de la Sociedad de Naciones, aún con el cada vez más cercano conflicto mundial.

A su vuelta a España, Negrín se encontró con una avanzada trama conspiratoria militar liderada por el coronel Casado, que había entablado negociaciones sin contactos con Franco. La conspiración también fue civil, ya que en la operación participaron políticos como Besteiro y dirigentes de la CNT madrileña. Como consecuencia, Negrín y los dirigentes del PCE tuvieron que huir para salvar la vida, mientras que sus fieles en Madrid eran tiroteados por los golpistas, lo cual supuso la rendición final sin lucha.

La Importancia del Poder Legal Republicano

Entre julio y septiembre de 1936, el Estado republicano tuvo dificultades para controlar su propio territorio, debido a la sublevación misma y a la presencia de poderes locales revolucionarios desde el principio de la rebelión. Nada más producirse el golpe militar se llevó a cabo un intento frustrado de constituir un gobierno de conciliación con los sublevados, liderado por el más centrista de los políticos del Frente Popular, Diego Martínez Barrio. Al fracasar esta opción, el gobierno presidido por José Giral armó a las milicias obreras, que se convirtieron en las defensoras de un gobierno republicano en el que no participaban. Se puso en marcha una revolución espontánea liderada fundamentalmente por los sindicatos UGT y CNT, que no se hizo con el poder del Estado, sino que se limitó a crear organismos propios que funcionaban con total autonomía e independencia del gobierno. Resulta contradictorio que la sublevación militar, que supuestamente pretendía evitar una revolución, lo que hizo en realidad fue provocarla. Esta revolución fue acompañada también por una dura e indiscriminada represión sobre políticos y personas sospechosas de colaborar con los sublevados o simplemente de simpatizar con las derechas, entre las que se incluyó a miembros del clero. Estas acciones afectaron negativamente a la imagen de la República, y el gobierno se vio impotente para detenerlas: muchos asesinatos no tuvieron una motivación política, fueron simples ajustes de cuentas. Los sindicatos llevaron a cabo numerosas incautaciones, intervenciones y colectivizaciones de propiedades privadas y del clero, servicios públicos, tierras e industrias, en especial las que fueron abandonadas por sus dueños. Las tropas republicanas integraron a milicias políticas de partidos y sindicatos con soldados del ejército; igualmente se mezclaron de forma indisoluble la guerra y la revolución.