Filosofía Griega: El Periodo Antropológico y sus Protagonistas Clave
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El Periodo Antropológico en la Filosofía Griega
Este periodo marca un giro en la filosofía, centrándose en el ser humano y la sociedad. Se caracteriza por la idea de que no existen verdades absolutas. Quienes inauguran esta etapa son los Sofistas.
Los Sofistas
Para los sofistas, las cosas no tienen un ser propio, sino que son en función del sentido que cada hombre les dé; no hay un ser objetivo, solo interpretaciones o sentidos. Los Sofistas eran maestros del lenguaje y la retórica, expertos en demostrar cómo la lógica puede estar al servicio de argumentos diversos, incluso falsos o contradictorios.
Principales Sofistas
Protágoras
Es autor de la célebre máxima Homo mensura, que significa: «El hombre es la medida de todas las cosas»; de las que son, en cuanto que son, y de las que no son, en cuanto que no son. Esto implica que las cosas no poseen un ser intrínseco; es el ser humano quien determina qué es y qué no es, fundamentando el relativismo.
Gorgias
Llevó el pensamiento sofista a sus últimas consecuencias, adoptando una postura nihilista. Su pensamiento se sintetiza en tres famosas afirmaciones:
- Nada existe. Argumentaba sobre la imposibilidad de afirmar una realidad objetiva.
- Si algo existiera, no podríamos conocerlo. Planteaba una barrera insalvable entre la realidad (si existiera) y nuestros conceptos mentales, cuestionando la capacidad humana de aprehender el ser.
- Si pudiéramos conocer algo, no podríamos comunicarlo. Sostenía que la comunicación efectiva requiere verdades compartidas y conceptos universales, pero al negar la existencia de estos, concluía que la comunicación del conocimiento objetivo es imposible.
Figuras en Contraste con los Sofistas
Frente al relativismo y escepticismo sofista, surgieron figuras que buscaron fundamentos más sólidos para el conocimiento y la moral.
Sócrates
Representa la antítesis de los sofistas, oponiéndose firmemente al Relativismo y al Nihilismo. La tarea filosófica de Sócrates se centra en definir la esencia de las cosas (especialmente conceptos morales como la virtud, la justicia, etc.), lo que implica la búsqueda y elaboración de conceptos universales a través de la razón.
Según Sócrates, el método para alcanzar el conocimiento es el diálogo (mayéutica), entendido como una búsqueda compartida de la verdad y el descubrimiento de estos conceptos universales. El diálogo socrático, basado en preguntas y respuestas, contrasta con la retórica persuasiva y, a menudo, el monólogo de los sofistas. Su énfasis en la búsqueda de una verdad objetiva y común influyó profundamente en su discípulo Platón y, a través de él, en Aristóteles y en toda la filosofía occidental posterior.
Platón
Discípulo de Sócrates, va más allá de su maestro. Mientras Sócrates se enfocaba en el concepto y la definición intelectual de la esencia, Platón postula una referencia ontológica para estas esencias: un plano de realidad trascendente al mundo empírico, constituido por lo que él denomina «Ideas» o «Formas» (realidades perfectas, eternas e inmutables).
La herencia socrática es patente en Platón, ya que para él también el diálogo es el método de conocimiento, aunque lo reelabora y amplía en su dialéctica. La dialéctica platónica es el proceso intelectual mediante el cual el alma se eleva desde el conocimiento del mundo sensible (opinión o doxa) hasta el conocimiento del mundo inteligible (ciencia o episteme), culminando en la contemplación de las Ideas, especialmente la Idea del Bien.
Aristóteles
Discípulo de Platón, es junto a su maestro uno de los pilares fundamentales y maestros más influyentes en toda la historia de la filosofía occidental. Aristóteles, aunque discípulo de Platón, fue un crítico de su maestro, especialmente de la Teoría de las Ideas.
A juicio de Aristóteles, la materia (aquello de lo que algo está hecho) y la forma (la esencia o lo que hace que algo sea lo que es) no existen separadas, sino que deben unirse sustancialmente (teoría hilemórfica) para componer los entes individuales y concretos de la naturaleza. Las formas, según Aristóteles, no trascienden la naturaleza (como sostenía Platón), sino que son inmanentes a ella; son el principio inteligible que define y organiza la materia. Cada ser natural es un compuesto inseparable de materia prima (potencia, posibilidad de ser) y forma sustancial (acto, la realidad actual).