Expansión Imperialista de Japón y Estados Unidos a Finales del Siglo XIX
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El imperialismo no europeo
El expansionismo japonés
El Japón Meiji protagonizó un rápido crecimiento económico y aplicó medidas para la modernización de su administración, marcado por un afán expansionista y agresivo. Su objetivo era hacerse con Corea y China.
Las razones que explican este imperialismo fueron:
- La presión demográfica.
- La búsqueda de mercados exteriores para sus productos.
- La necesidad de materias primas para su industrialización.
Cuando Japón conquistó los archipiélagos cercanos, forzó a Corea para que abriera tres puertos y permitiera el asentamiento de japoneses. La guerra con China fue inevitable (Guerra Chino-Japonesa, 1894-1895). Los japoneses ocuparon toda Corea entrando por Manchuria y desembarcaron en Port Arthur. China tuvo que reconocer la independencia de Corea y cedió Formosa, las islas Pescadores y el enclave de Port Arthur.
La presencia japonesa en el sur de Manchuria fue considerada intolerable por Rusia, por lo que Japón atacó a Rusia sin previo aviso en la Guerra Ruso-Japonesa (1904-1905) y obtuvo la isla de Sajalín.
El imperialismo estadounidense
Hasta finales del siglo XIX, el expansionismo estadounidense se limitaba a la conquista del Oeste y a la adquisición de territorios mexicanos. La declaración de independencia de Texas desencadenó la Guerra México-Estados Unidos (1846-1848).
Estados Unidos venció, se anexionó vastos territorios mexicanos y compró Alaska a Rusia en 1867.
Las causas del imperialismo estadounidense fueron complejas. Aunque poseía un amplio mercado interno, primaron las razones ideológicas y geopolíticas.
El sentimiento de superioridad dio paso a dos doctrinas clave:
- La Doctrina Monroe (1823): Sostenía que el continente americano era el área de influencia exclusiva de EE. UU., vedada a la intervención europea.
- La doctrina del Destino Manifiesto: Defendía que el pueblo estadounidense era elegido por Dios, lo que le permitía apropiarse de tierras que consideraban destinadas a formar parte de EE. UU.
Debido a estas doctrinas, se afianzó un fuerte sentimiento nacionalista que se sustentaba en la supuesta superioridad racial, política, religiosa, etc., sobre los pueblos latinoamericanos.
Las concepciones geopolíticas, defendidas por el almirante Alfred T. Mahan, tuvieron un amplio seguimiento. Mahan era partidario de afianzar la posición de EE. UU. por medio del dominio marítimo y el control de puntos estratégicos, no necesariamente por la anexión de grandes territorios continentales. Esas ideas justificaron el derecho a la intervención.
Las intervenciones de EE. UU. se sucedieron en otros Estados americanos. El presidente McKinley intervino en la Guerra Hispano-Estadounidense (1898), arrebatándole a España sus colonias de Cuba y Filipinas (aunque formalmente se proclamó su independencia, quedaron bajo fuerte influencia estadounidense).
Posteriormente, el presidente Theodore Roosevelt impuso la política del gran garrote ("Big Stick Policy"), que afirmaba el derecho de EE. UU. a intervenir en los asuntos internos de las repúblicas hispanoamericanas para mantener el orden y proteger sus intereses.
Las intervenciones armadas fueron constantes, justificadas por la defensa de los intereses estadounidenses, que se consideraban amenazados por movimientos desestabilizadores en la región.