Estructura de Gobierno en la España de los Austrias: Órganos, Funcionarios y Administración
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El Modelo Político de los Austrias
Los Nuevos Órganos de Gobierno
El nuevo modelo de Estado obligó a fijar los principales órganos de gobierno. Con la llegada al trono de Felipe II, Madrid se convirtió en la capital (1560) de la monarquía española. Aunque practicaron una política de tipo personalista y de gobierno directo, confiaron en una élite de poder que se fue consolidando en la Corte. Destacaban los secretarios reales, los colaboradores más directos del monarca en las tareas gubernativas por servir de enlace entre el monarca y los Consejos.
El aparato estatal lo conformaban los Consejos, organismos encargados de asesorar al monarca, y las Audiencias, encargadas de la administración de justicia. Los Consejos eran de dos tipos: de asuntos o ministeriales y los territoriales. Los primeros asesoraban en temas generales y particulares. Los Consejos territoriales eran los responsables de la gestión de los distintos territorios de la monarquía.
La imposibilidad del monarca determinó la necesidad de nombrar representantes permanentes para cada uno de sus reinos: son los virreyes o gobernadores.
La coordinación entre el monarca, los consejos y los virreyes se estableció a través de las consultas, documentos escritos que recogían las discusiones y opiniones de los miembros del Consejo. Con estos informes el rey tenía la información necesaria para poder tomar decisiones.
Para ejercer las funciones judiciales los monarcas contaban con las Audiencias. Había en Valladolid, Granada, La Coruña, Sevilla y Canarias. Por encima estaba el Consejo de Castilla, que actuaba como tribunal superior de justicia y nombraba a los miembros de los cinco altos tribunales. En la Corona de Aragón cada reino contaba con una Audiencia.
El Cuerpo de Funcionarios
Para que esta estructura funcionara había que incrementar el número de funcionarios que trabajaban para la monarquía. Los cargos más influyentes recayeron en miembros de la alta nobleza o del clero, aunque ciertos cargos de responsabilidad fueron a la pequeña nobleza o de la alta burguesía, personas fieles al monarca. La nueva administración multiplicó el número de cargos burocráticos, que en ocasiones fueron objeto de venta. La inició la propia monarquía que en momentos de necesidad económica creó cargos públicos con propósito de venderlos.
La intensa política exterior obligó a la monarquía a mantener una diplomacia permanente en las principales capitales europeas: Roma, París, Londres, Viena. La diplomacia se convirtió en un instrumento político cada vez más importante para una monarquía que debía buscar equilibrios en muchos frentes.
Entre los funcionarios reales de menor categoría, pero de gran utilidad, destacaban los corregidores. Controlaban a las autoridades locales de los municipios y servían de canal de transmisión de las decisiones de la Corte. A inicios del siglo XVI abarcaban atribuciones administrativas, judiciales, financieras y de policía.