España en el Siglo XIX: Revueltas, Industrialización y Movimiento Obrero
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Las Revueltas Agrarias Andaluzas
Toda lucha tiene un fin, conseguir la libertad que nos merecemos, ya no la que nos merecemos sino la que deberíamos tener.
Por el año 1850, los campesinos andaluces empezaron a vivir los peores años de su vida. La desigual distribución de la propiedad y la creciente proletarización del campesinado desembocó en una radicalización de los movimientos campesinos. La gota que colmó el vaso fue la nueva desamortización del Bienio Progresista, después de que hiciera pasar la mayoría de las antiguas tierras comunales a manos privadas, ahogando toda esperanza de un reparto más beneficioso para los jornaleros. Parece increíble que estas desigualdades durasen tanto.
Cuando las insurrecciones agrarias se convirtieron en una constante en el campo andaluz, los levantamientos campesinos tomaron generalmente la forma de ocupaciones ilegales de tierras y su reparto entre los jornaleros. A menudo, se incendiaban los registros notariales de la propiedad y se producían enfrentamientos con las fuerzas del orden público.
En 1855 tuvo lugar en Andalucía un fuerte movimiento de ocupación de tierras, y unos años más tarde una revuelta sacudió los pueblos de Utrera y El Arahal, en Sevilla. En los años venideros tuvieron lugar levantamientos más graves y más organizados. Seiscientos campesinos se alzaron en Loja, levantaron a cuarenta y tres pueblos de las provincias de Cádiz, Málaga, Granada, Almería y Jaén y formaron un ejército de 10.000 hombres armados y otros tantos sin armas, pero la falta de un verdadero respaldo político y el miedo a la radicalidad del movimiento, acabaron por hacerlo fracasar. Aún así, el afán de tierras continuó y los movimientos campesinos se prolongaron durante más de medio siglo.
Crecimiento de la Población
En España, la población aumentó durante el siglo XIX, creció más de un 50%, pasando de 11 millones en 1800 a poco más de 18 en 1900. Sin embargo, comparado con el de las potencias europeas durante ese mismo período, se puede considerar bastante modesto. Este crecimiento se concentra fundamentalmente en el segundo y tercer tercio de siglo, ya que en el primero se produjeron la Guerra de Independencia y la Emancipación de las colonias. Además, crecieron más las regiones litorales e industriales (Cataluña y Vascongadas) que las regiones agrícolas del interior (Castilla y Extremadura). Otro rasgo característico fue el desplazamiento de población del campo a la ciudad. Si bien a principios de siglo apenas Madrid, Barcelona y Valencia rebasaban los 100.000 habitantes, a finales de siglo varias se encontraban ya entre los 100.000 y 200.000.
Industria
La industrialización en el siglo XIX fue muy tardía e incompleta, especialmente en una primera fase hasta 1830. Habría que esperar a 1850-70 para ver un impulso significativo. Esto se debió a tres causas:
- El carbón asturiano era caro, de difícil extracción y escaso poder calorífico.
- La población tenía un bajo poder adquisitivo, con lo que existió una baja demanda que no hizo necesaria la introducción de nueva maquinaria en la industria.
- La falta de capitales, lo que obligaría finalmente a recurrir a capitales extranjeros.
Los dos sectores claves de la industrialización fueron el textil y el siderúrgico, en Cataluña y País Vasco.
El algodón desplazó a otros tejidos y en 1833 la fábrica Bonaplata de Barcelona introdujo en sus talleres la máquina de vapor. El crecimiento del sector textil catalán desde entonces y hasta 1860 fue vertiginoso. Sin embargo, el inicio de la Guerra de Secesión en 1861 produjo en Europa un "hambre de algodón" que la industria textil superó gracias a medidas proteccionistas. En los años 80, la demanda de Cuba y Puerto Rico dio un nuevo impulso al sector, quedando Barcelona como capital del algodón y otras ciudades como Sabadell o Tarrasa especializadas en otros productos.
Málaga fue la primera provincia que vio surgir empresas siderúrgicas, sin embargo, pronto Vizcaya y especialmente la cuenca del Nervión se señalaría como la principal zona de industria siderúrgica. Además, al puerto de Bilbao podía llegar carbón británico, más barato y de mejor calidad, y en los mismos barcos se exportaba hierro a Inglaterra o Bélgica. (Societè Franco-Belge des Mines de Somorrostro 1876) A mediados de siglo, un alto horno en Bolueta y en 1902, con la fusión de tres grandes empresas, nació la sociedad Altos Hornos de Vizcaya.
Los Primeros Movimientos Sociales
El limitado proceso de industrialización implicó que el número de obreros existentes en España fuese cuantitativamente menor que el de las sociedades más industrializadas. La mayoría se encontraba en Barcelona, aumentando en otros lugares como País Vasco, Valencia y Asturias.
Las primeras asociaciones con carácter sindical nacieron en Cataluña. Se convocaron reuniones y se eligieron representantes con el objetivo de negociar con los patronos. De este movimiento nació el primer sindicato de España, la Sociedad de Tejedores, fundada en Barcelona en 1840. El sindicalismo conoció un cierto desarrollo a lo largo de la década de los años 40. Estos primeros sindicatos eran federaciones que agrupaban a los trabajadores por oficios. Además de su función reivindicativa para conseguir mejores condiciones laborales y salariales, funcionaban como Sociedades de Socorro Mutuo.
Se produjeron conflictos laborales en diversas ciudades españolas: Granada en 1839, Madrid 1842, Valencia 1843, las fábricas laneras de Béjar en 1856 y en 1857 en Alcoy y Antequera. Fue durante el Bienio Progresista (1854-1856) cuando tuvo lugar, en Barcelona, la primera huelga general. En julio de 1855, la introducción de unas nuevas máquinas hiladoras, las selfactinas, desató una huelga obrera con manifestaciones. La represión generó un movimiento de solidaridad, mientras algunos radicales asaltaron fábricas y destruyeron la maquinaria. La protesta fue de tal magnitud que el capitán general de Cataluña llegó a prohibir el uso de aquellas máquinas. Los patronos se negaron a cumplir la orden, pero se formó un comité paritario de patronos y obreros que llegó a un acuerdo sobre la base del aumento de los salarios.
Significó un salto cualitativo en la toma de conciencia del proletariado y marcó el inicio del sindicalismo de clase, a la vez que consolidó la huelga como instrumento más eficaz de defensa de las reivindicaciones obreras.
Fue también a partir del bienio progresista, después de que la nueva desamortización hizo pasar la mayoría de las antiguas tierras comunales a manos privadas, cuando las insurrecciones agrarias se convirtieron en una constante en el campo andaluz. Los levantamientos campesinos tomaron generalmente la forma de ocupaciones ilegales de tierras y de su reparto entre los jornaleros, incendio de los registros notariales de la propiedad y, a menudo, enfrentamiento con las fuerzas de orden público.
En 1855 tuvo lugar en Andalucía, Aragón y Castilla un fuerte movimiento de ocupación de tierras, en 1857 en Utrera y Arahal y entre 1861 y 1867 se mantuvo en tensión la totalidad del campo andaluz. Seiscientos campesinos se alzaron en Loja, levantaron a cuarenta y tres pueblos de las provincias de Málaga, Granada, Almería y Jaén y formaron un ejército de 10.000 hombres armados y otros tantos sin armar. La falta de un verdadero respaldo político y el miedo a la radicalidad del movimiento acabaron por hacerle fracasar.