Escepticismo y racionalismo: de Gorgias y Pirrón a Descartes — duda, método y conocimiento

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Escepticismo

Con los sofistas aparece el escepticismo, concepción que niega la posibilidad del conocimiento.

Gorgias (siglo V a.C.)

Una de las primeras actitudes escépticas de las que tenemos constancia es la del sofista Gorgias. Su desconfianza radical sobre la posibilidad de alcanzar el conocimiento verdadero se expresa en las tres afirmaciones siguientes:

  1. Nada existe.
  2. Si algo existiera, no lo podríamos conocer.
  3. Aunque algo existiera y lo pudiéramos conocer, no lo podríamos comunicar.

El mérito de este pensador es haber planteado de forma tan radical y temprana la doctrina escéptica, cuyo núcleo es la negación de todo conocimiento firme u opinión segura. Para Gorgias no existe la verdad.

Pirrón (siglo III a. C.)

Otra posición escéptica de la Antigüedad es la de Pirrón. Este pensador planteó que, como no existe una verdad incuestionable, a toda afirmación es posible contraponerle otra, de modo que todas las opiniones tienen el mismo valor y no hay razones suficientes para aceptar una u otra. La epoché —suspender el juicio— es la única garantía de alcanzar la tranquilidad del alma.

Michel de Montaigne (siglo XVI)

Una versión más moderna del escepticismo aparece en el Renacimiento con Michel de Montaigne. Este filósofo francés resaltó la importancia de la duda en el conocimiento humano. "El sabio duda de todo": la duda es expresión de su sabiduría. Si la razón cree captar alguna verdad absoluta, se engaña. Sólo el necio está totalmente seguro de sus conocimientos.

Racionalismo

René Descartes (siglo XVII)

René Descartes recopiló los argumentos escépticos más importantes de la época con la finalidad de refutarlos. Para ello utilizó la llamada duda metódica: dudar de todos nuestros conocimientos para comprobar si hay alguna verdad que esté fuera de toda duda.

Argumentos escépticos que plantea Descartes

Argumento de los sentidos. Tenemos constancia de que los sentidos nos engañan en multitud de ocasiones; este argumento pone en duda el conocimiento de la realidad que obtenemos a través de los sentidos.

Argumento del sueño. Cuando soñamos, tenemos el convencimiento de que lo que ocurre en el sueño es real; esto hace dudar de la existencia misma de la realidad, que podría ser una creación onírica.

Argumento del genio maligno. Descartes alude a la figura hipotética del genio maligno, una entidad de gran poder capaz de hacernos dudar incluso de las matemáticas. Descartes resume la conclusión ineludible con una frase célebre: «Pienso, luego existo» (Cogito, ergo sum). Se puede dudar de todo lo pensado, pero no del acto de pensar. Y el acto de pensar es una prueba irrefutable de que existimos.

Principales tesis del racionalismo cartesiano

  • Confianza en la razón humana. El conocimiento no procede de la fe ni de la tradición, sino de la razón, que es la fuente más fiable de conocimiento. La razón puede conocerlo todo; no tiene límites. Las ideas verdaderas son aquellas que son evidentes por sí mismas y no necesitan demostración.
  • Infravaloración del conocimiento sensible. La información que procede de los sentidos es engañosa y limitada. Para mostrar la poca fiabilidad de los sentidos, Descartes utilizó el ejemplo de la vela: la información sensorial de una vela —como la textura y el color— varía cuando la cera se calienta; sin embargo, el volumen que ocupa permanece estable. Este volumen puede estudiarse matemáticamente, de modo que las matemáticas (conocimiento racional) son consideradas más fiables.
  • Creencia en las ideas innatas. Descartes planteó que el ser humano tiene ciertas ideas que no pueden proceder de la experiencia (como la idea del infinito o la idea de Dios). Dado que no proceden del mundo sensible, deben explicarse por la razón.
  • Defensa del método deductivo. Descartes sostiene que el modelo de conocimiento deductivo propio de la geometría debe ser el modelo de la filosofía. Este modelo parte de unos axiomas evidentes y procede por deducción.