El Enigma de la Fuente de los Álamos: Un Relato de Amor y Misterio

Enviado por Comunidad Xuletas y clasificado en Lengua y literatura

Escrito el en español con un tamaño de 3,64 KB

I

—¡Herido va el ciervo! En cuarenta años de montero no he visto mejor golpe...

Pero todo fue inútil.

—¡Alto! —

Y la cabalgata se detuvo, y enmudecieron las trompas, y los lebreles dejaron refunfuñando la pista a la voz de los cazadores.

En aquel momento se reunía a la comitiva el héroe de la fiesta, Fernando de Argensola, el primogénito de Almenar.

—¿Qué haces?

—Señor —murmuró Íñigo entre dientes—, es imposible pasar de este punto.

—¡Imposible!

—Porque esa trocha —prosiguió el montero— conduce a la Fuente de los Álamos; la Fuente de los Álamos, en cuyas aguas habita un espíritu del mal.

—¡Pieza perdida!

Caballo y jinete partieron como un huracán.

Íñigo los siguió con la vista hasta que se perdieron en la maleza; después volvió los ojos en derredor suyo; todos, como él, permanecían inmóviles y consternados.

El montero exclamó al final:

—Señores, vosotros lo habéis visto; me he expuesto a morir entre los pies de su caballo por detenerle.

II

—Tenéis la color quebrada; andáis mustio y sombrío; ¿qué os sucede?

Ya no vais a los montes precedido de la ruidosa jauría, ni el clamor de vuestras trompas despierta sus ecos.

Mientras Íñigo hablaba, Fernando, absorto en sus ideas, sacaba maquinalmente astillas de su escaño de ébano con el cuchillo de monte.

—¡Una mujer!

—Sí —dijo el joven—; es una cosa extraña lo que me sucede, muy extraña...

El montero, sin desplegar los labios, arrastró su banquillo hasta colocarlo junto al escaño de su señor, del que no apartaba un punto los espantados ojos.

Tú no conoces aquel sitio.

Todo es allí grande.

Tal vez sería un rayo de sol que serpeó fugitivo entre su espuma; tal vez una de esas flores que flotan entre las algas de su seno, y cuyos cálices parecen esmeraldas...

En su busca fui un día y otro a aquel sitio.

Por último, una tarde...

—¡Verdes!

Fernando le miró a su vez, asombrado de que concluyese lo que iba a decir, y le preguntó con una mezcla de ansiedad y de alegría:

—¿La conoces?

—¡Oh, no!

—¡Por lo que más amo!...

—¿Sabes tú lo que más amo en este mundo?

III

—¿Quién eres tú?

Sobre una de estas rocas, sobre una que parecía próxima a desplomarse en el fondo de las aguas, en cuya superficie se retrataba temblando, el primogénito de Almenar, de rodillas a los pies de su misteriosa amante, procuraba en vano arrancarle el secreto de su existencia.

Ella era hermosa, hermosa y pálida, como una estatua de alabastro.

Cuando el joven acabó de hablarle, sus labios se removieron como para pronunciar algunas palabras; pero solo exhalaron un suspiro, un suspiro débil, doliente, como el de la ligera onda que empuja una brisa al morir entre los juncos.

—¡No me respondes!

—¡O un demonio!...

El joven vaciló un instante; un sudor frío corrió por sus miembros; sus pupilas se dilataron al fijarse con más intensidad en las de aquella mujer, y fascinado por su brillo fosfórico, demente casi, exclamó en un arrebato de amor:

—¡Si lo fueses!...

Mientras ella hablaba así, el joven, absorto en la contemplación de su fantástica hermosura, atraído como por una fuente desconocida, se aproximaba más y más al borde de la roca. La mujer de los ojos verdes prosiguió así:

—¿Ves, ves el límpido fondo de ese lago, ves esas plantas de largas y verdes hojas que se agitan en su fondo?...