El Desastre de 1898: Causas, Desarrollo y Consecuencias del Regeneracionismo

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La Crisis de 1898 y el Regeneracionismo

En 1898, la pérdida de Cuba y Filipinas sumió a la Restauración en una gran crisis política y moral, conocida como el «Desastre», que resquebrajó los fundamentos del sistema y planteó la necesidad de iniciar un proceso de reformas que modernizasen la vida social y política del país (regeneracionismo).

El problema cubano y las aspiraciones coloniales

Tras la Paz de Zanjón, los cubanos esperaban de la administración española una serie de reformas que les otorgasen los mismos derechos de representación política en las Cortes que los españoles de la península, la participación en el gobierno de la isla, la libertad de comercio y la abolición de la esclavitud. Ninguna de estas peticiones había sido tomada en consideración por la administración colonial.

En Cuba se crearon dos grandes partidos:

  • El Partido Autonomista: integrado en su mayoría por cubanos, pedía la autonomía, propugnaba un programa de reformas políticas y económicas y había conseguido una amplia representación en el parlamento español.
  • La Unión Constitucional: un partido españolista que contaba con una fuerte militancia de los peninsulares instalados en la isla.

La ineficacia de la administración para introducir reformas en la colonia estimuló los deseos de emancipación y el independentismo fue ganando posiciones frente al autonomismo.

En 1893, José Martí fundó el Partido Revolucionario Cubano, cuyo objetivo era conseguir la independencia y de inmediato contó con apoyo exterior. El independentismo aumentó su base social y contó con el respaldo de caudillos revolucionarios.

Tensiones arancelarias y el papel de Estados Unidos

En 1891, el gobierno español elevó las tarifas arancelarias para los productos importados a la isla que no procediesen de la península (Arancel Cánovas).

Por aquel entonces, el principal cliente económico de Cuba era EE. UU., que adquiría casi la totalidad del azúcar y el tabaco cubanos, mientras que esa potencia solo podía exportar a Cuba productos con fuertes aranceles de entrada.

El presidente norteamericano William McKinley manifestó su protesta ante tal situación y amenazó con cerrar las puertas del mercado estadounidense al azúcar y al tabaco cubanos si el gobierno español no modificaba los aranceles de la isla.

El Estallido del Conflicto Armado

La insurrección militar en Cuba

En 1879 se produjo un nuevo conato de insurrección contra la presencia de los españoles en la isla, que dio lugar a la llamada Guerra Chiquita. La sublevación de los mambises fue derrotada al año siguiente por la falta de apoyos, la escasez de armamento y la superioridad del ejército español.

Pocos años después, el Grito de Baire dio inicio a un levantamiento generalizado. Cánovas del Castillo envió un ejército al mando del general Martínez Campos.

Martínez Campos no consiguió controlar la rebelión, por lo que fue sustituido por Valeriano Weyler, quien se propuso cambiar completamente los métodos de lucha e iniciar una dura represión. Para evitar que los insurrectos aumentasen sus adeptos en el mundo rural, organizó las concentraciones de campesinos, a los que se obligaba a cambiar de asentamiento recluyéndolos en determinados pueblos sin posibilidad de contacto con los combatientes. Weyler trató muy duramente a los rebeldes y a la población civil, víctima del hambre y de epidemias.

Militarmente, la guerra no era favorable a los soldados españoles, ya que se desarrollaba en plena selva y contra unas fuerzas muy extendidas en el territorio, que se concentraban y dispersaban rápidamente.

Ni los soldados españoles estaban entrenados para hacer frente a una guerra de este tipo ni el ejército contaba con los medios adecuados. El mal aprovisionamiento, la falta de pertrechos y las enfermedades tropicales causaron gran mortandad entre las tropas, lo que hacía que la victoria fuese más difícil.

Intentos tardíos de conciliación

En 1897, conscientes del fracaso de la vía represiva, el nuevo gobierno liberal destituyó del cargo a Weyler y encargó el mando al general Blanco.

Se inició una estrategia de conciliación con la esperanza de empujar a los separatistas a pactar una fórmula que mantuviera la soberanía española en la isla y evitase el conflicto con EE. UU. Para ello se decretó la autonomía de Cuba, el sufragio universal masculino, la igualdad de derechos entre insulares y peninsulares y la autonomía arancelaria.

Pero estas reformas llegaron demasiado tarde: los independentistas, con el apoyo de EE. UU., se negaron a aceptar el fin de las hostilidades, que fue unilateralmente declarado por el gobierno español.

La insurrección en Filipinas

Paralelamente, en 1896 se produjo una rebelión en las islas Filipinas. El independentismo fraguó en la formación de la Liga Filipina, fundada por José Rizal en 1892.

La insurrección se extendió por Manila y el capitán general Camilo García Polavieja llevó a cabo una política represiva, condenando a muerte a Rizal.

Fernando Primo de Rivera fue nombrado capitán general y promovió una negociación indirecta con los principales jefes de la insurrección, dando como resultado una pacificación momentánea del archipiélago.

La Intervención de Estados Unidos y el Desenlace de la Guerra

El compromiso americano con la causa cubana se evidenció cuando el presidente McKinley mostró su apoyo a los insurrectos enviando armas por vía marítima.

La ocasión para intervenir en la guerra la dio el incidente del acorazado estadounidense Maine, que estalló en el puerto de La Habana en abril de 1898. EE. UU. culpó falsamente a los españoles y envió a España un ultimátum en el que se le exigía la retirada de Cuba.

El gobierno español negó cualquier vinculación con el Maine y rechazó el ultimátum, amenazando con declarar la guerra en caso de invasión de la isla. Comenzaba así la Guerra hispano-norteamericana.

Una escuadra partió a Cuba, pero fue derrotada en la Batalla de Santiago, donde se enfrentaron barcos desvencijados contra modernos navíos. EE. UU. derrotó igualmente a otra escuadra española en Filipinas, en la Batalla de Cavite.

En diciembre de 1898 se firmó la Paz de París, por la cual España se comprometía a abandonar Filipinas, Puerto Rico y Cuba, que pasaron a ser protectorado norteamericano.

El ejército español regresó vencido y en condiciones lamentables, mientras muchos españoles se pertrechaban para evacuar la isla y repatriar sus intereses.

Consecuencias del Desastre: Crisis Moral y Regeneracionismo

A pesar de la envergadura de la crisis del 98 y de su significado, sus repercusiones inmediatas fueron menores de lo esperado:

  • Aunque en la colonia hubo grandes pérdidas materiales, no fue así en la metrópoli, donde la crisis económica fue mucho menor.
  • Tampoco aconteció la gran crisis política que se había vaticinado y el sistema de la Restauración sobrevivió, asegurando la continuidad del turno dinástico.

De este modo, la crisis del 98 fue fundamentalmente una crisis moral e ideológica. La derrota sumió a la sociedad y a la clase política española en un estado de desencanto y frustración porque significó la destrucción del mito del imperio español y la relegación de España a un papel de potencia secundaria en el contexto internacional.

Además, la prensa extranjera presentó a España como una «nación moribunda», con un ejército totalmente ineficaz, un sistema político corrupto y unos políticos incompetentes. Esa visión cuajó en buena parte de la opinión pública española.

Algunos intelectuales consideraban que la sociedad y la política españolas, en exceso influidas por la doctrina católica, no favorecían ni la modernización de la cultura ni el desarrollo de la ciencia.

Esta corriente, que hablaba con insistencia de la regeneración de España, acabó conociéndose como regeneracionismo. Su mayor exponente fue Joaquín Costa, quien sostenía que era precisa la regeneración del país, enterrando las glorias pasadas. Los regeneracionistas defendían la necesidad de mejorar la situación del campo español y de elevar el nivel educativo y cultural del país.

Asimismo, la Generación del 98 intentó analizar el «problema de España» en un sentido muy crítico y en tono pesimista. Esta generación pensaba que, tras la pérdida de los últimos restos del Imperio español, había llegado el momento de una regeneración moral, social y cultural del país.

Sin embargo, la política reformista de tono regeneracionista que intentaron aplicar los nuevos gobiernos tras la crisis del 98 no llevó a cabo las profundas reformas anunciadas, sino que se limitó a dejar que el sistema siguiese funcionando con cambios mínimos.

El impacto en el estamento militar

La derrota militar tuvo también consecuencias en el ejército, acusado por una parte de la opinión pública de tener gran responsabilidad en el desastre.

Frente a un antimilitarismo creciente en determinados sectores sociales, una parte de los militares se inclinó hacia posturas más autoritarias e intransigentes, atribuyendo la derrota a la ineficacia y la corrupción de los políticos.

En el seno del ejército va a surgir un sentimiento corporativo y el convencimiento de que los militares debían tener una mayor presencia y protagonismo en la vida política del país. Esta injerencia militar fue aumentando en las primeras décadas del siglo XX y culminó en el golpe de Estado de Primo de Rivera en 1923, que inauguró una dictadura de siete años, y en el protagonizado por el general Franco en 1936, que provocó una guerra civil y sumió a España en una dictadura militar de casi cuarenta años.

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