La Vocación Humana al Amor: El Diseño Divino en Jesucristo

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La Vocación Humana

La auténtica vocación del hombre es una llamada al amor, a realizar un diseño en su vida como parte del plan divino cuya meta es amar y ser amado en plenitud. «Dios es amor» y el hombre, creado a su imagen, es por tanto imagen del amor. Sus realizaciones no serán auténticas si no se encaminan a plasmar en plenitud esta imagen.

Esta es su realidad y condición: el hombre, nacido de un acto de amor, no existe sino por amor. Debe su conservación a este mismo amor y no vive de verdad si no se entrega libremente a su Creador. Como ser amado, está llamado a dar respuesta y ser responsable.

El Camino hacia la Plenitud

¿Cómo es posible que el hombre viva según este diseño? «Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre si no por mí». Por vivir en plenitud humana la relación filial divina, Jesús desvela y realiza el sentido del hombre, creado a imagen de Dios y llamado por Él a una relación filial gratuita.

Jesucristo: Revelación del Misterio Humano

La conexión entre estos dos aspectos se debilitó en la teología posnicena. Por una especie de complejo arriano, se ha considerado más a Jesús como revelador de Dios que como revelación del misterio del hombre. Contra esta laguna reacciona la reflexión teológica actual, que se vuelve sensible al ser de Jesús como hombre verdadero, integral, como forma y verdad del hombre.

Jesús como Arquetipo

Jesús es el arquetipo de la creación, el verdadero Adán. Él ha realizado en forma plena el proyecto humano de Dios, ordenando las dimensiones fundamentales del hombre:

  • «La encarnación de Dios es el sí definitivo al mundo y a la historia, que han sido asumidos por la humanidad del Verbo».
  • La realidad es cristiforme y cristocéntrica: Cristo está en el comienzo, en el centro y en el término de la misma.

La Cruz como Imagen de Comunión

Jesucristo, revelando el auténtico rostro del Padre, pone ante nosotros su esencia como amor y comunión. Tan incondicional como es el amor de Jesucristo, está llamado el hombre a reproducir esta imagen en una doble vertiente:

  1. El amor a Dios.
  2. El amor al prójimo.

La posibilidad de amor al prójimo surge de la conciencia de saberse amado. La cruz de Cristo es la imagen más plena del amor y la comunión entre el Padre y el Hijo, la forma de estar en el mundo: «Que ellos sean uno como Tú, Padre, en mí y yo en ti» (Jn 17, 21).

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