Textos Clásicos de la Literatura Española e Hispanoamericana: Poemas, Relatos y Obras Teatrales
Sánatina, Rubén Darío
La princesa está triste... ¿qué tendrá la princesa?
Los suspiros se escapan de su boca de fresa,
que ha perdido la risa, que ha perdido el color.
La princesa está pálida en su silla de oro;
está muda el teclado de su clave sonoro;
Eternidades (Juan Ramón Jiménez)
Vino primero pura,
vestida de inocencia;
y la amé como a un niño.
Luego se fue vistiendo
de no sé qué ropajes;
y la fui odiando sin saberlo.
Llegó a ser la reina
fastuosa de tesoros...
¡Qué iracundia de yel y sin sentido!
+ Se fue desnudando
y yo la sonreía.
El árbol de la ciencia (Pío Baroja)
El estudiante culto, aunque quisiera ver las cosas dentro de la realidad e intentara adquirir una idea clara de su país y del papel que representaba en el mundo, no podía. La acción de la cultura europea en España era realmente restringida y localizada a cuestiones técnicas; los periódicos daban una idea incompleta de todo; la tendencia general era acercarse a creer que lo grande de España podía ser pequeño fuera de ella y, al contrario, por una especie de mala fe internacional.
Niebla (Miguel de Unamuno)
Aquella tempestad del alma de Augusto terminó, como en terrible calma, en decisión de suicidarse. Quería acabar consigo mismo, que era la fuente de sus desdichas propias. Y antes de llevar a cabo su propósito, como el náufrago que se agarra a la débil tabla, ocurriósele consultarlo conmigo, con el autor de todo este relato. Y es que había leído Augusto un ensayo mío en que, aunque de pasada, hablaba del suicidio, y tal impresión le causó, así como otras cosas que de mí había leído, que no quiso dejar este mundo sin abrazarme, conocerme y platicar un rato conmigo. Emprendió, pues, un viaje acá, a Salamanca, donde hace más de veinte años vivo, para visitarme.
Cuando me anunciaron su visita sentí enigmáticamente y lo mandé pasar a mi despacho-librería. Entró en él como un fantasma, miró a un retrato mío al óleo que allí presidía los libros de mi librería, y a la señal mía se sentó, frente a mí.
A orillas del Duero (Antonio Machado)
Cuando se fue el maestro,
la luz de esta mañana
me dijo: «Van tres días
que mi hermano Francisco no trabaja».
¿Murió?... Solo sabemos
que se nos fue por la senda clara,
diciéndonos: «Acabad
el duelo de labores y esperanzas».
Allá en las altas tierras... (Antonio Machado)
Allá en las altas tierras
por donde traza el Duero
su curva bayesta
y en torno a Soria, entre plomizos cerros
y manchas de raída encinares,
mi corazón está vagando en sueños...
¿No ves, Leonor, los álamos del río
con sus ramajes yertos?
Luces de bohemia (Valle-Inclán)
Escena primera
Hora crepuscular. Un wardiyon con ventanuco angosto, lleno de sol. Retratos, grabados, autógrafos repartidos por las paredes, sujetos con chinchetas de dibujante. Conversación lánguida de un hombre ciego y una mujer pelirrubia, triste y fatigada. El hombre ciego es un hiperbólico andaluz, poeta de odas y madrigales, máximo Estrella. A la pelirrubia, por ser francesa, le dicen en la vecindad madame Coyet.
Max: Vuelvo a leerte la carta del Wey Apis.
Madame Coyet: Ten paciencia, Max.
Max: Pudo esperar a que me entregaran...
Madame Coyet: Le toca ir delante.
Max: ¡Coyet, mal vamos a volvernos sin sacar las cuatro crónicas! ¿Dónde gano yo veinte duros, Coyet?
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