Revoluciones de 1830 y 1848 y la unificación de Italia y Alemania: causas, procesos y resultados

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Las revoluciones de 1830

Entre 1829 y 1835 se produjo una segunda oleada revolucionaria, de nuevo protagonizada por la burguesía. En esta ocasión tuvo el apoyo de las clases populares debido al contexto de crisis económica. En Francia, después de tres días de lucha y barricadas en las calles de París, la revuelta derrocó al monarca absolutista Carlos X y proclamó una monarquía liberal bajo el reinado de Luis Felipe de Orleáns.

La revuelta en Francia fue el foco de movimientos revolucionarios que después llegaron a otros países de Europa, como el norte de Italia, Polonia, Prusia o Suiza, aunque en la mayoría de ellos fracasaron. En Bélgica, una revuelta nacionalista logró su independencia de los Países Bajos e instauró una monarquía constitucional.

Las revoluciones de 1848

Las revoluciones de 1848 son conocidas como la Primavera de los Pueblos, ya que un importante número de comunidades europeas se alzaron contra el absolutismo. Se entrelazaron las reivindicaciones liberales de la burguesía con las demandas sociales de las clases populares.

De nuevo fue Francia donde se inició la revolución que luego se extendería por numerosas ciudades europeas. El levantamiento popular acabó con la monarquía, proclamó la república y estableció el sufragio universal. La revolución llegó a Suiza y al reino de las Dos Sicilias, donde se instauraron constituciones liberales.

En Berlín, la revolución vino acompañada de la reivindicación de la unidad alemana bajo la corona del rey de Prusia, reivindicación que fue rechazada por el monarca. En el Imperio austríaco hubo una revuelta liberal en Viena y alzamientos nacionalistas en Bohemia, Hungría y el norte de Italia que obligaron al canciller Metternich a dimitir.

Balance de las revoluciones

En Francia, el nuevo presidente de la república, Luis Napoleón Bonaparte (Napoleón III), sobrino de Napoleón Bonaparte, acabó proclamando el II Imperio Francés en 1852. En Europa, el liberalismo terminó imponiéndose en buena parte del continente.

Unificación de Italia y Alemania

Los procesos de unificación italiano y alemán tuvieron una serie de puntos en común. Ambos estuvieron dirigidos por el territorio más desarrollado: el Piamonte en el caso italiano y Prusia en el caso alemán. La unificación de los dos países se llevó a cabo mediante conflictos bélicos y la acción de la diplomacia. La burguesía se erigió como la clase dirigente de los nuevos Estados.

La unificación italiana

A principios de siglo, la península itálica se encontraba fragmentada en ocho reinos y parte de ella pertenecía al Imperio austríaco. El gran impulsor de la unificación fue el reino del Piamonte-Cerdeña, que controlaba un importante desarrollo industrial y económico, dirigido por una burguesía fuerte y gobernado por una monarquía constitucional cuyo rey era Víctor Manuel II.

Hubo una serie de factores que contribuyeron al proceso:

  • Voluntad de independencia de los territorios del norte de Italia que pertenecían al Imperio austríaco.
  • Risorgimento: movimiento cultural que defendía una identidad italiana común y reclamaba la unificación de todos los territorios.
  • Actividades de sociedades secretas como los carbonarios o la Joven Italia.
  • Interés de la burguesía por la instauración de un Estado liberal unitario que permitiera eliminar fronteras y ampliar los mercados.

Camillo Benso, conde de Cavour, inició la unificación al derrotar a Austria y conquistar la Lombardía, gracias al apoyo de Napoleón III. A cambio de la ayuda, fueron entregadas a Francia Niza y Saboya. Poco después, los estados de Toscana, Parma y Módena se unieron al Piamonte tras expulsar a sus gobernantes y celebrar plebiscitos populares.

Giuseppe Garibaldi había expulsado a los Borbones y conquistado el reino de las Dos Sicilias, que también se unió al Piamonte. En 1861, Víctor Manuel II fue declarado rey de Italia por el nuevo parlamento. En 1866 se incorporó el Véneto y en 1870 se produjo la anexión de los Estados Pontificios.