Relato de Carlos Rivas: Una Vida Transformada por la Pérdida y la Redención

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Por qué Dejé el Vicio

Carlos Rivas Larraui

No es por hacerles desaire,

es que ya no soy del vicio,

ustedes me lo perdonen,

pero es que hace más de cinco

años que no bebo copas,

aunque ande con los amigos.

¿Que si me cuadran? ¡Retiharto!,

pa' qué hacerme el santito,

he sido rete borracho,

como pocos lo hayan sido,

pero ahora sí ya no tomo,

aunque me lleven los pingos.

Desde antes que me casara,

encomencé con el vicio,

y luego ya de casados,

también le tupí macizo.

Pobrecita de mi vieja,

siempre tan buena conmigo,

por más que le hice sufrir,

nunca me perdió el cariño.

Era una santa la pobre

y yo con ella un endino,

nomás pa' que no sufriera,

llegué a quitarme del vicio.

Pero poco duró el gusto,

la de malas se nos vino

y una noche, de repente,

quedó como un pajarito.

Dicen que fue el corazón,

yo no sé lo que haya sido,

pero siento en la conciencia,

que fue mi vicio cochino

el que hizo que nos dejara

solitos a mí y a mi hijo,

un chilpayate huerfanito

a la edad que más le falta

la madre con el cariño.

Me sentí desesperado,

de verme solo con mi hijo,

pobrecita la criatura,

mal cuidado y mal vestido,

siempre solo y recordando

el ángel que había perdido.

Entonces, pa' no pensar,

volví a darle recio al vicio

porque poniéndome chuco,

me hallaba más tranquilo,

y cuando ya estaba briago

y casi fuera del juicio,

parece que mi difunta

estaba allí junto conmigo.

Al salir de mi trabajo,

me iba yo con los amigos,

y luego ya medios chiles,

mercaba yo harto refino

y regresaba a mi casa donde

me aguardaba mi hijo,

y allí duro, trago y trago,

hasta ponerme bien pinto.

Y ahí estaba la tarugada,

ya, indignantes, les he dicho

que lueguito veía a mi vieja

que llegaba a hablar conmigo,

y encomenzaba a decirme

cosas de mucho cariño

y yo a contestar con ella

como si fuera de a tiro

cierto lo que estaba viendo.

Y en tanto, mientras que mi hijito

se abrazaba a mí asombrado

diciéndome el pobre niño:

—¿Dónde está mi mamacita?

Dime, ¿dónde está, papacito?

¿Es verdad que te está hablando?

¿Cómo es que no la diviso?

—Pues, ¿qué no la ve, tarugo?

Vaya que le haga cariños—

y el pobrecito lloraba

y pelaba sus ojitos

buscando rete asustado

a aquella a quien tanto quiso.

Una noche, al regresar

de estarle dando al oficio,

llego y, al abrir la puerta,

¡ay, Señor, lo que diviso!

Hecho bolas en el suelo,

estaba tirado mi hijito,

risa y risa como un loco

y pegando chicos gritos.

—¿Qué te pasa? ¿Qué sucede?

¿Te has vuelto loco de a tiro?

Pero entonces, en la mesa,

vi el frasco del refino

que yo había dejado lleno,

enteramente vacío.

Luego luego me di cuenta

y me puse rete muino.

—¿Qué has hecho, itzcuintle malvado?

¡Ya bebiste el refino!

Pa' que aprendas a ser bueno,

voy a romperte el hocico.

Entonces, con mucho susto,

que le hice volver al juicio,

y con una voz de angustia

que no he de olvidar, me dijo:

—No me pegues, no me pegues,

no soy malo, papacito.

Fue pa' ver a mi mamita,

como cuando habla contigo,

pa' que me diera besitos

y me hiciera hartos cariños.

Desde entonces ya no bebo,

aunque ande con los amigos,

no es por hacerles desaire,

es que ya no soy del vicio, y

cuando pienso rajarme

porque siento el gusanito

de beberme alguna copa,

nomás me acuerdo de mi hijo,

y entonces sí ya no bebo,

¡aunque me lleven los pingos...!!

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