Obras Maestras de la Etapa Sevillana de Velázquez y el Realismo Barroco
Enviado por Chuletator online y clasificado en Plástica y Educación Artística
Escrito el en
con un tamaño de 3,21 KB
Vieja friendo huevos (1618)
National Gallery of Scotland, Edimburgo
Diego Velázquez tenía poco más de dieciocho años cuando pintó esta obra. En ella, ya apreciamos su profundo interés por retratar a la gente y los objetos de la vida cotidiana. El artista trabaja magistralmente con los materiales y las texturas, utilizando la luz, la sombra y su reflejo en las superficies para dar realismo a la escena.
Uno de los géneros que más apreciaba el público sevillano era el bodegón. Es importante destacar que, en esa época, el término bodegón no era sinónimo de "naturaleza muerta", sino que estaba relacionado con una pieza de bodega o de cocina; se trataba de una combinación de personas del pueblo llano en lugares llenos de víveres.
En la obra, una cocinera ya mayor está sentada delante de una cazuela donde fríe un par de huevos sobre un fogón de carbón.
Cristo en casa de Marta y María (1618)
National Gallery, Londres
Este es uno de los ejemplos más claros de una práctica habitual de Velázquez: la inversión de planos de interés para el espectador. A través de este recurso, el autor permite acceder a lo trascendental a través de lo insignificante.
Velázquez trata un tema piadoso dando prioridad a la escenografía en el primer plano del cuadro, centrándose en un fragmento costumbrista absolutamente trivial. Recordemos que este recurso estilístico proviene del manierismo (influenciado por autores como Tintoretto, por ejemplo). Este primer plano es, de nuevo, un bodegón, bajo la acepción que se manejaba en esa época.
El aguador de Sevilla (h. 1619)
Wellington Museum, Londres
Este tema popular nos ilustra, una vez más, el deber del arte en este periodo: imitar la naturaleza lo mejor posible. En esa imitación caben desde temas religiosos hasta mitológicos, pero, sobre todo, destacan las escenas cotidianas, la vida diaria y la realidad diaria.
El aguador, ya entrado en años y vistiendo una túnica desgastada, se presenta de riguroso perfil. Esta postura, junto con la incidencia de la luz, le otorga una presencia que, de alguna manera, le ennoblece. La obra se ha querido interpretar como una alegoría de las edades del hombre, representando al anciano dando de beber —símbolo del conocimiento— al más joven.
En la composición, es fundamental observar:
- La textura de la gran vasija en primer plano.
- Las gotas de agua que resbalan por la superficie.
- El vaso transparente lleno de agua, con un higo dentro para darle sabor.
- El modelado detallado de la segunda jarra.
Finalmente, el uso de la luz genera un gran contraste, técnica que es típica y característica de esa época.