Nietzsche y Ortega y Gasset: De la Crítica a la Tradición al Raciovitalismo

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Filosofía de Friedrich Nietzsche

Friedrich Nietzsche fue un filósofo alemán ampliamente conocido por su radical crítica a la moral, la religión y la cultura occidental. Desarrolló conceptos cruciales como el superhombre y la voluntad de poder, ejerciendo una influencia determinante sobre la filosofía moderna y el pensamiento contemporáneo.

El valor de la vida y la crítica a la cultura occidental

Para Nietzsche, el valor primordial es la vida: la racionalidad es una función derivada de ella. La vida es el valor supremo por el que es imperativo apostar o bien negar; el ser humano debe afirmar la voluntad de vivir. La realidad está sujeta a un continuo cambio, regulada por una constante lucha de contrarios y abocada al eterno retorno. Frente a esto, defiende lo dionisiaco (el caos, la pasión, el devenir) frente a lo apolíneo (el orden, la razón, la medida). Es necesario afirmar con rotundidad la vida y el devenir, un acto que solo deviene posible si Dios muere.

Nietzsche adopta una postura atea, reprochando que toda la cultura occidental haya sostenido una división dualista entre un supuesto mundo espiritual y el mundo sensible, situando a Dios en la cúspide. Para liberar al ser humano, se debe suprimir la metafísica tradicional para que subsista únicamente el espíritu del hombre terrenal. Hay que destruir los ideales desprovistos de vitalidad con el propósito de identificar el nuevo lugar que ocupa el ser humano: lo negativo radica en el entendimiento dogmático que cercena la existencia, mientras que lo positivo y auténtico es la historicidad de la vida.

Su crítica a la cultura occidental denuncia que esta se ha convertido en una cultura dogmática en la que la razón prevalece sobre la vida y el instinto. Para combatirla, propone una «filosofía a martillazos» con la que Nietzsche dice con firmeza «no» a dicha tradición.

Crítica a la moral tradicional: señores y esclavos

El error capital de la moral tradicional reside en ir en contra de la naturaleza y de la vida. Dicho desvío surge al afirmar que el fundamento del ser y de los valores se sitúa fuera del mundo sensible, extrapolando los principios morales más allá del hombre mismo. La tradición occidental emplaza falsamente los valores fuera de la realidad terrenal: el cristianismo, heredero directo del platonismo, ubicó la fuente del valor en Dios, buscando el fundamento en un ámbito ajeno al dinamismo vital. Al girar en torno a Dios, la moral tradicional consuma un rechazo generalizado hacia la vida.

Nietzsche emprende así una labor demoledora de la moral. Sostiene que el resentimiento nace del recelo y rencor del débil. Al analizar genealógicamente los conceptos de «bueno» y «malo», descubre que originariamente lo «bueno» definía a lo noble, superior y privilegiado, mientras que lo «malo» remitía a lo plebeyo y vulgar. No obstante, mediante una perversa transmutación de los valores promovida por el resentimiento, el débil pasó a denominarse a sí mismo «bueno», tachando al fuerte y noble de «malvado». El cristianismo hereda esta transvaloración del judaísmo; para Nietzsche, dicha religión expresa un odio velado contra lo bueno y noble, facilitando el triunfo de lo plebeyo a partir de la venganza y el rencor defensivo de los débiles.

El individuo fuerte vive confiado en su vitalidad. Sin embargo, frente a la alegría de vivir, la moral de la debilidad impone la vergüenza y la culpa contra los propios instintos vitales, engendrando la mala conciencia. En este sistema invertido, el amor a la vida se tacha erróneamente de cobardía. Nietzsche, mediante la figura del superhombre, se burla de todas aquellas pautas consagradas como «buenas» por la tradición decadente y reivindica un único mundo terrenal situado más allá del bien y del mal.

Distingue claramente dos modelos contrapuestos de conducta:

  • Moral de señores: Propia de los fuertes, nobles y aristocráticos. Es una moral afirmativa que ensalza el poderío, el orgullo y la jerarquía, fundamentándose en la propia fuerza y careciendo de compasión servil.
  • Moral de esclavos (o del rebaño): Propia de los débiles y pusilánimes. Defiende la igualdad artificial, la compasión, la obediencia y la resignación. Los esclavos, al constituir la mayoría, convierten su flaqueza en un ideal moral opuesto a los señores.

Esta moral de esclavos ha triunfado históricamente a través del judaísmo, el cristianismo y la democracia (cuyo precedente halla en la democracia ateniense, donde se devalúa el mundo real en aras de un igualitarismo abstracto). Su prototipo supremo es el sacerdote, pastor del rebaño sumiso. Nietzsche defiende que debe superarse esta sumisión para que vuelva a prevalecer la moral de los señores, plena de vida y fuerza creadora.

Crítica a la religión cristiana y a la metafísica dogmática

La religión brota del miedo. El cristianismo concentra la moral de los débiles a través de nociones punitivas como el pecado y el sacrificio. Representa una moral vulgar al oponerse frontalmente a las virtudes de la excelencia y el vigor; en consecuencia, Dios es el gran obstáculo para la vida.

Asimismo, la metafísica tradicional es intrínsecamente dogmática al considerar el ser como algo estático, fijo e inmutable. La razón tradicional reduce erróneamente la realidad a una entidad fija, cuando la auténtica realidad es el devenir. Figuras como Sócrates (quien subordinó la vida a la razón) y Platón (que desvalorizó el mundo real sensible) cometieron el supremo desatino de privilegiar un ilusorio «mundo verdadero» frente al «mundo aparente», el cual es el único existente en su constante fluir. En este punto, Nietzsche admira las intuiciones del devenir presentes en Heráclito y en la dialéctica de Hegel.

La muerte de Dios, el superhombre y el nihilismo

La muerte de Dios sintetiza la crítica nietzscheana a la moral, al cristianismo y a la metafísica. Dios ha sido el gran obstáculo; por lo tanto, para que el hombre pueda vivir plenamente en su autenticidad, Dios debe morir. Esta muerte representa el derrumbe definitivo de los cimientos de la civilización occidental, abriendo el horizonte para el nacimiento del superhombre. Como proclama Zaratustra: «Dios ha muerto, ¡viva el superhombre!». Cabe matizar que no se combate únicamente al Dios bíblico literal, sino a la sistematización de la idea de Dios como garante de un orden absoluto e inmutable.

La llegada del superhombre exige una transformación gradual del espíritu humano:

  1. El camello: Representa la sumisión de la voluntad bajo la carga del deber moral tradicional («tú debes»), obedeciendo normas ajenas a su propio querer (reflejo de la sociedad europea decimonónica).
  2. El león: El espíritu que se rebela contra las cargas y destruye los valores vigentes («yo quiero»), derribando al camello mediante una crítica feroz. Corresponde a la etapa del nihilismo activo.
  3. El niño: Supone un nuevo comienzo («yo soy»), un recomenzar desde la inocencia sin lastres del pasado, creador libre de sus propios valores y afirmador supremo de sí mismo: encarna al superhombre.

El superhombre no constituye un dato fáctico presente, sino un ideal de libertad hacia el que proyectarse; una opción por la vida que permite conquistar cumbres insospechadas. Representa el querer ser sin someterse a preceptos exteriores, convirtiéndose en su propia norma, despreciando la compasión lánguida y ayudando solo desde la sobreabundancia de su vigor. Dice firmemente «sí» a la jerarquía natural, rechazando la igualdad de rebaño.

Dado que el ser humano es un animal no fijado por leyes biológicas rígidas, su capacidad de cambio constituye su libertad. El nihilismo moderno surge al desmoronarse los falsos fundamentos trascendentes. Ante el vacío del nihilismo pasivo, se impone la voluntad de poder como fuerza afirmativa: dominar las pasiones, destruir las falsas verdades para crear valores nuevos y permanecer inquebrantablemente fieles a la tierra.

Finalmente, la doctrina del eterno retorno (asumir que todo volverá a repetirse tal y como ocurrió) constituye la afirmación más rotunda de la vitalidad y el amor fati. Aunque el ser humano corre siempre el peligro de retroceder hacia la animalidad pasiva, su condición de ser inacabado le brinda la oportunidad de orientarse hacia el futuro y superarse a sí mismo continuamente.

Filosofía de José Ortega y Gasset

José Ortega y Gasset, insigne filósofo madrileño de la primera mitad del siglo XX formado en la Universidad de Madrid, fundamenta su pensamiento en la superación dialéctica del realismo y del idealismo.

Superación del realismo y del idealismo

Ortega reprocha al realismo su ingenuidad al suponer que las cosas se presentan ante nosotros tal y como son en sí mismas, marginando al sujeto como si este fuera un mero receptor pasivo de impresiones. El ser humano no es una cosa estática, sino historia. Por su parte, censura al idealismo su tendencia a recluir la realidad dentro del pensamiento, fracturando la conexión entre el «yo» y el mundo exterior al convertir el entorno en mero contenido subjetivo de conciencia.

Frente a ambos extremos, Ortega sostiene que no existe un «yo» aislado ni un objeto desligado del sujeto: si existe el sujeto, coexiste necesariamente el objeto. Vivimos primero y pensamos después; utilizamos la razón precisamente porque nos hallamos forzados a vivir. La superación filosófica consiste en partir de la propia existencia concreta, integrando intelecto y naturaleza a través de la razón vital.

La vida como realidad radical

Para Ortega, la vida es la realidad radical del universo: el dato originario en el que confluyen indisociablemente sujeto y objeto, conciencia y mundo. Rechaza la noción de un «ser en sí» desvinculado del ser humano; el ser de las cosas debe comprenderse siempre en relación con nosotros. En este sentido, concibe el saber auténtico como un «saber a qué atenerse».

El yo y el mundo conforman una totalidad indisociable, condensada en su célebre aforismo: «Yo soy yo y mi circunstancia». La circunstancia es el escenario concreto con el que interactuamos y en el que nos encontramos arrojados. Aunque la vida es individual en su raíz, posee una intrínseca dimensión comunitaria («vivir es convivir»). La existencia humana es un quehacer, un proyecto dramático arrojado hacia el futuro: el hombre carece de una naturaleza fija; está obligado a decidir libremente lo que desea hacer y crearse continuamente a sí mismo.

El perspectivismo

En el terreno epistemológico, Ortega desarrolla el perspectivismo como síntesis superadora entre el escepticismo (que niega la posibilidad de una verdad absoluta) y el racionalismo dogmático (que postula una verdad abstracta independiente del sujeto). El sujeto cognoscente no puede desprenderse de su posición singular: el punto de vista individual es la única vía de acceso a la verdad.

Lejos de excluirse mutuamente, las diversas perspectivas se complementan enriqueciendo el conocimiento de lo real. «Donde está mi pupila no puede estar otra»: vivir entraña la ineludible necesidad de articular la propia visión ante la realidad. La conjunción de circunstancia y perspectiva da como fruto la auténtica verdad, sin caer por ello en el relativismo subjetivista.

El raciovitalismo y la razón histórica

Ortega formula el raciovitalismo para reconciliar la razón con el dinamismo biográfico. Coincide con Nietzsche en su reproche a la tiranía de la razón abstracta, pero matiza que no se debe caer en un vitalismo irracionalista: «La razón pura no debe suplantar a la vida», pero la vida humana precisa indiscutiblemente de la razón para orientarse. Si fuéramos meros animales nos bastaría el instinto, pero al ser entes proyectivos requerimos integrar vida y pensamiento en la razón vital.

Esta razón vital deviene necesariamente en razón histórica, puesto que la vida es heredera de un pasado concreto y constructora de un porvenir abierto. El ser humano no posee una esencia fija o inmutable: el hombre no tiene naturaleza, sino que tiene historia.

Dimensión social: generaciones, masas y minorías selectas

Al entender la existencia como un quehacer inserto en el devenir histórico, Ortega proyecta su reflexión hacia el análisis sociológico. La tarea de cada época constituye siempre una misión de cara al futuro, estructurada a través del concepto de generación: un conjunto de individuos coetáneos que comparten experiencias, sensibilidades y afinidades esenciales por encima de sus discrepancias individuales. Cada generación histórica tiene su propia misión epocal.

En el cuerpo social, distingue dos colectivos complementarios:

  • Minoría selecta (élite): Individuos dotados de excelencia moral e intelectual, capaces de autoexigirse y formular proyectos vitales vigorosos que sirvan de guía. Ortega aclara que esta minoría no se identifica con la clase burguesa o económica dominante, sino con el mérito ético e intelectual, pudiendo surgir en cualquier estrato social.
  • Masa: El conjunto de individuos que no se exigen nada especial a sí mismos, conformándose con seguir las pautas comunes y delegar la dirección colectiva.

El equilibrio social exige que la vida colectiva esté guiada por el liderazgo ejemplar de las minorías excelentes. El gran peligro de la modernidad radica en la rebelión de las masas —el fenómeno por el cual la masa desplaza a las minorías selectas e impone su vulgaridad—, así como en la incapacidad de las propias élites para ejercer con rigor su liderazgo ético e intelectual, imprescindible para cuestionar viejas creencias fosilizadas y reemplazarlas por ideas creadoras.