El Mito de la Lectura Fácil: Crítica y Realidad de las Campañas de Fomento Lector

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La Realidad Incómoda de la Lectura: Crítica a las Campañas de Promoción

Desde que estaba chiquito, oigo campañas para aumentar los índices de lectura, y desde entonces se repiten los mismos números. A veces 0,6 (libros per cápita al año), a veces dos y pico. Estas cifras vuelven con tanta insistencia que uno llega a pensar que no son mediciones nuevas, sino copias de copias de viejos informes.

Y como no es fácil saber cuántos libros lee una persona al año (yo mismo no podría decir cuántos leo, aunque Dios y las yemas de mis dedos saben que hojeo siempre 947), es probable que las cifras oficiales sean índices de ventas, no de lectura.

Lo cierto es que leemos mucho menos que los franceses e incluso menos que los mexicanos y los argentinos. Ahora, si aceptamos que leer es bueno o al menos necesario, y que las estadísticas reflejan nuestra mala relación con los libros, la pregunta que sigue es: ¿Por qué fallan las campañas de promoción de lectura? Considerando el dinero y el esfuerzo invertido en estas campañas, y la importancia del objetivo, la pregunta es pertinente.

El Fracaso de la Promoción: La Falsedad del Mensaje

De las muchas aristas del problema, elijo una: las campañas son mentirosas. Insisten en decirles a los niños y a los jóvenes que leer es genial. Fácil. Delicioso. Más fácil que la televisión, más rico que un helado. Y llenan los afiches con mariposas, duendes, payasitos, arcoíris y mil ternuras. Falso. Leer es un trabajo como cualquier otro, y tiene, como todos, picos y valles, emociones y jarteras. Más *jarteras* que emociones, la verdad sea dicha, por la sencilla razón de que la calidad escasea en este como en todos los campos.

La Dificultad de la Lectura a lo Largo del Tiempo

Gozar con la lectura es difícil al principio… ¡y se complica con los años! Al principio, porque no contamos con ciertos prerrequisitos intelectuales ni ojos entrenados ni nalgas pacientes. Con el tiempo adquirimos estas habilidades, pero aparecen nuevos problemas:

El Lector se Vuelve Exigente

El lector se vuelve muy listo y cada vez le será más difícil encontrar información inédita y jugosa. Le coge gusto a la buena prosa y ya no soporta el lenguaje reseco de las enciclopedias y los informes académicos. Su falta de vuelo. Su lánguida imaginación. Exige información seria, especulación inteligente y mucho estilo. Lo quiere todo a la vez. Reconoce de lejos todas las metáforas y desespera al poeta, que ya no encuentra imágenes para sorprenderlo. Se sabe de memoria los 17 nudos de la ficción y los 289 desenlaces posibles, imposibles y futuros.

El Hastío del Lector Experto

En este punto, el lector está perdido. Lo sabe todo, lo ha leído todo, pero no puede parar. Solo le queda el hastío. Es Garrick. Conoce incluso las obras de varios autores imaginarios: Avellaneda, Julio Platero Haedo, H. Bustos Domecq, Almotásim el Magrebí, el Aristóteles de la “Comedia”. Erra como ánima en pena entre los anaqueles de las librerías a toda hora, incluso los sábados (¿hay algo más triste que una biblioteca un sábado por la tarde?) buscando un ensayista que especule con estilo, un cuento que enrede con destreza el nudo 18, un poeta que le susurre el verso capaz de poner una sonrisa en los labios de Dios.

El Lector Vampiro: La Búsqueda de Plasma de Calidad

El buen lector es un vampiro al que ya le cuesta encontrar plasma de calidad. Sabe muy bien que los números juegan en su contra. De mil libros que se publican, quizá 50 son buenos. De esos 50, quizá 20 estén traducidos al inglés o al español. De estos 20, quizá cinco hayan sido escritos para él y quizá uno, si los dioses son propicios, esté en esa librería que hoy recorre con una mezcla de tedio y esperanza.

Conclusión para los Promotores

Estas cosas debe saberlas un promotor de lectura y revelárselas a los jóvenes que engatusa con el cuento de hadas de que la lectura es tan divertida como un *brownie* con helado un sábado por la tarde.

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