Mitó de la Caverna de Platón: Significado Filosófico y Simbolismo
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1. Los prisioneros y las sombras
La respuesta de Sócrates a la extrañeza de Glaucón sobre los prisioneros que en el pasaje se describen —«iguales que nosotros»— nos permite entender que la vida en el interior de la caverna representa la vida tal como la viven la mayoría de las personas, representadas por esos prisioneros: alejadas por la ignorancia de la verdad, creyendo que en la apariencia (las sombras) se contiene la verdadera realidad y acomodadas a esta forma de conocer.
En el ser humano, según Platón, se da la misma dualidad entre lo sensible y lo inteligible que se da en el conjunto de lo real. Está formado por un cuerpo visible, sometido al tiempo y al devenir, y un alma invisible, eterna e inmortal. El alma, ligada al cuerpo, se ve sometida a las limitaciones del mundo físico, del mundo sensible. El cuerpo resulta ser así la cárcel del alma, en lo que Platón sigue la tradición órfica y pitagórica. Las cadenas, que inmovilizan a los prisioneros, y las sombras y los ecos, que los engañan, simbolizan esas limitaciones.
Las cadenas son como las leyes —necesarias e inflexibles— del mundo físico, a las que está sometido el cuerpo: las necesidades y exigencias del cuerpo (alimento, cobijo..., supervivencia en suma) esclavizan la vida del hombre. Las sombras simbolizan las cosas visibles. Éstas, según Platón, no tienen realidad propia, sino solo en relación con nuestros sentidos; dependen de nuestra visión, de la luz, y de una realidad más alta (las ideas) de las que son solo proyecciones.
Además, no se pueden definir ni conocer, porque son múltiples y cambiantes, carecen de identidad y son contradictorias. Son, pues, tan relativas, tan indefinidas y fugaces como las sombras de la caverna. Del mismo modo que los prisioneros no pueden darse cuenta de que ven solo sombras (pues no conocen los objetos que las proyectan), nosotros no advertimos que las cosas visibles carecen de realidad propia (mientras no tengamos conocimiento de las ideas).
Vivimos en la ignorancia, pero nuestras opiniones y creencias nos parecen conocimientos; así, ignoramos nuestra ignorancia misma, y seguimos en una especie de prisión mental. Y del mismo modo que los prisioneros no saben que son cautivos (porque están allí desde niños y no han conocido la libertad), nosotros no podemos darnos cuenta de que no nacemos libres, no somos libres por naturaleza, sino que es preciso conquistar la libertad a través de un difícil proceso de liberación.
2. El ascenso al exterior y el conocimiento
El ascenso del prisionero librado puede interpretarse en clave ética como el ascenso del alma hacia la región inteligible (el alma se libra del cuerpo, de los sentidos y de las pasiones, mira hacia otro lado y se siente atraída por la verdadera realidad). Epistemológicamente, es un proceso de dialéctica ascendente a través de los distintos grados de conocimiento.
Todo el ascenso comporta un proceso de conocimiento como recuerdo o anamnesis, figurado por el modo en que las sombras y las cosas de dentro de la caverna (mundo físico) evocan en el alma el parecido con las cosas de afuera (ideas). Sea como sea, este ascenso supone un duro proceso de educación (la subida es costosa y escarpada, hasta el punto de que el prisionero ha de ser librado y obligado a subir a la fuerza).
Este proceso tiene especial relevancia en el ámbito político, donde servirá para formar a los futuros guardianes de la polis. Al implicar todo el proceso educativo un aspecto intelectual y otro ético, su meta última se revela como el conocimiento del bien, que es para Platón la culminación de lo que nos habíamos propuesto: «ver las cosas de arriba», el más alto grado al que la adquisición de conocimientos puede conducir al alma, inseparable de la adquisición y práctica de las virtudes que armonizan al alma.
Esta suprema idea del bien es simbolizada por el sol, en una analogía que puede desglosarse en dos planos: el gnoseológico (conocimiento) y el ontológico (realidad). Por un lado, el bien hace que las ideas sean cognoscibles y que el alma pueda conocerlas. Por otro, el bien es la causa de la realidad de las ideas y de las cosas sensibles que las imitan.
En todo caso, su conocimiento excede la capacidad del alma (incluso tras habersituado poco a poco a su luz, solo es posible contemplarlo fugazmente, pero esta contemplación permite colegir el fundamento de las pseudo-realidades conocidas anteriormente). Sin embargo, es un conocimiento indispenable para quien quiera proceder rectamente, tanto en su vida privada como muy especialmente en la pública: es el conocimiento que debe poseer quien aspira a gobernar la ciudad ideal.
3. El regreso a la caverna y las tinieblas
Platón se refiere con el "regreso" al retorno del alma al mundo sensible, una vez contemplado el bien, "luz" del mundo inteligible. Es el proceso conocido como "dialéctica descendente": el sabio "desciende" a la polis para llevar a la práctica la justicia, ahora conocida en su fundamento absoluto.
Aunque, cuando ha alcanzado la felicidad que proporciona la contemplación del bien, el sabio se resiste a regresar a las preocupaciones mundanas (el prisionero librado se resiste a regresar a la caverna, prefiriendo «cualquier otro destino antes que vivir en aquel mundo de lo opinable»), sin embargo lo hace movido por la compasión. La visión del bien no ha deshumanizado al filósofo. Antes bien, es una experiencia que lo ha hecho aún más sensible a la miseria y al dolor de los hombres, más sensibles incluso de lo que lo son ellos mismos.
De esta compasión habrá de brotar el sentimiento del deber de librarlos, aunque sea a la fuerza. Las tinieblas, por su parte, no son las "sombras" que constituían el objeto posible de conocimiento dentro de la caverna. En comparación con las cosas de arriba (ideas, bien), aquellas sombras —la opinión o conocimiento sensible— carecen de valor para quien ha contemplado las ideas y el bien.
Junto a la luz del interior de la caverna que permitía contemplarlas, ahora no son más que una oscuridad uniforme que impide la visión: tiniebla. Las preocupaciones y honores que ocupan a los moradores de las cavernas (preocupaciones mundanas, concepciones falsas acerca de la justicia y de la virtud), son insignificantes ahora para el prisionero que regresa: en comparación con el bien (luz del sol), todo son tinieblas.
Sin embargo, son toda la realidad para sus antiguos compañeros de la caverna-prisión, almas apegadas a la oscuridad y las sombras (sentidos).