Miguel Hernández: El Sentido de la Vida y la Muerte en su Poesía

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La Vida y la Muerte en la Obra de Miguel Hernández

Podríamos decir que toda su producción es una constatación de la terrible definición del filósofo alemán Heidegger: "el hombre es un ser para la muerte". La poesía de Hernández es un discurrir dramático que comienza con la vida más elemental y balbuceante, inconsciente y de ficción; poco a poco se va configurando el sufrimiento, se va desarrollando la historia personal del protagonista y acaba por deslizarse por la pendiente de la tragedia.

Primeras Etapas: Vitalismo y Naturaleza

Los primeros poemas contienen un soporte de cierta despreocupación consciente, de vitalismo y de optimismo natural: en esta época, su vida va por un camino y su obra por otro. En el primer espacio poético hernandiano, el autor estaría contagiado por la idea del primer Jorge Guillén (el de Cántico), el de la armonía esencial, que proclamaba que el mundo estaba bien hecho.

En esta primera etapa se rinde homenaje a la naturaleza:

  • Plantas
  • Piedras
  • Insectos, etc.

Todo lo vivo es bello, inspira una gracia contagiosa y sin aristas. Más allá de la vida, el vitalismo de Hernández percibe los objetos como si estuvieran vivos: la piedra amenazada, la luna que se diluye en las venas, una muerte anunciada por la llegada de los atardeceres, etc.

El Sentimiento Trágico en 'El Rayo que no Cesa'

Las heridas hernandianas comienzan a sentirse en El rayo que no cesa (1936), cancionero de la pena amorosa, del sentimiento trágico del amor y de la idea de que la vida es muerte por amor. El toro se convierte en la figura que representa la coherencia de la voz del poeta: grito, mugido, fracaso amoroso anunciado y presagio de destrucción.

En las composiciones de este poemario, la vida siempre se presenta amenazada por fuerzas incontrolables y el amor está marcado. En la poesía de Hernández, el amor y la muerte se plasman en los símbolos del Toro y la sangre, así como en elementos cortantes e hirientes como:

  • La espada
  • El cuchillo
  • El rayo, etc.

La Elegía a Ramón Sijé y el Dolor Agónico

Estos instrumentos de dolor proporcionan alguna suerte de herida y adquieren una expresividad dramática, agónica y desesperanzada en la Elegía dedicada a Ramón Sijé. En ella aparecen unos términos que configuran un mosaico de rabia y de malestar inconsolables: "manotazo duro", "golpe helado", "empujón brutal", etc.

Estos versos coléricos contra la muerte, con el poeta andando sobre "rastrojos de difuntos", nos hablan de la concepción de Hernández en este poemario y en este momento de su vida: vivir es amar, penar y morir.

Poesía de Guerra: Entre el Combate y la Víctima

Con la llegada de la guerra, la voz poética adquiere un tono combativo en Viento del pueblo (1937), donde la muerte se convierte en parte de la lucha por la victoria. Sin embargo, el optimismo inicial deriva en dolor y pesimismo por la dilatación y la crudeza del conflicto bélico.

Así se aprecia en El hombre acecha (1939), donde los muertos ya no son héroes, sino víctimas. Sin embargo, es en Cancionero y romancero de ausencias donde los poemas se oscurecen con el desengaño y la carencia. La muerte de su primer hijo, la pérdida de la guerra, el odio de la posguerra y la condena a muerte configuran este poemario de la desolación.

La Esperanza Final: 'Eterna Sombra'

Miguel Hernández guardará, pese a los momentos más dramáticos de su vida, una fe grande por la vida. Su prisión ensalza el valor de su esposa y madre de su hijo en el poema "Menos tu vientre". El poema Nanas de la cebolla canta la mayor de las tristezas con la esperanza de que el hijo ría en medio de ellas; incluso la canción última de su libro pesimista El hombre acecha concluye con un verso: "dejadme la esperanza".

Sus últimos poemas, como Eterna sombra, culminan con el mayor vitalismo del poeta: "Siempre hay un rayo de sol en la lucha / que deja la sombra vencida".

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