El Manifiesto de Manzanares y la Transformación Política del Reinado de Isabel II
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El contexto histórico: La Década Moderada (1844-1854)
El Manifiesto de Manzanares se sitúa en la crisis del régimen liberal isabelino tras una década de hegemonía moderada. Tras la consolidación del Estado liberal durante las regencias y la finalización de la Primera Guerra Carlista, Isabel II fue declarada mayor de edad en 1843, dando inicio a la Década Moderada (1844-1854).
Durante este periodo se promulgó la Constitución de 1845, que estableció:
- La soberanía compartida entre el rey y las Cortes.
- El refuerzo del sufragio censitario restringido.
- Un fuerte centralismo administrativo.
El liberalismo doctrinario defendía el orden social y la autoridad frente a la ampliación democrática, apoyándose en instrumentos como la Guardia Civil y en mecanismos de manipulación electoral que garantizaban el control político por parte de una minoría oligárquica. Asimismo, el Concordato de 1851 reforzó la alianza con la Iglesia, consolidando un modelo conservador.
Factores de inestabilidad
A lo largo de la década se fueron acumulando tensiones políticas y económicas. La exclusión sistemática de los progresistas del poder, la corrupción administrativa, la especulación financiera en torno a las concesiones ferroviarias y la crisis de la Hacienda pública generaron un creciente malestar. En junio de 1854 se produjo el pronunciamiento militar de Vicálvaro. Aunque inicialmente no logró un triunfo decisivo, la publicación del Manifiesto de Manzanares permitió ampliar su apoyo social al presentar el movimiento como una defensa del régimen representativo frente a la corrupción y el autoritarismo.
El Bienio Progresista (1854-1856)
El éxito del movimiento dio paso al Bienio Progresista (1854-1856), presidido por Espartero con O’Donnell como figura clave. Durante esta etapa se impulsaron importantes reformas:
- Desamortización general de Madoz: Afectó a bienes municipales y eclesiásticos.
- Ley General de Ferrocarriles de 1855: Favoreció la expansión de la red ferroviaria y la modernización económica, aunque también incrementó la dependencia del capital extranjero.
Se intentó aprobar una nueva constitución más avanzada, que no llegó a promulgarse. Sin embargo, las divisiones entre progresistas y unionistas, el aumento de la conflictividad obrera y el temor a la radicalización democrática provocaron la caída del gobierno progresista.
La Unión Liberal y el ocaso del reinado
Posteriormente, O’Donnell lideraría la Unión Liberal (1856-1863), una formación centrista que intentó estabilizar el sistema combinando elementos moderados y progresistas y reforzando el prestigio exterior mediante campañas militares como la Guerra de África (1859-1860).
Pese a estos intentos de equilibrio, el sistema continuó basado en la manipulación electoral y en la intervención militar en política, lo que evidenciaba la debilidad estructural del liberalismo isabelino y anticipaba la crisis definitiva del reinado que desembocaría en la Revolución de 1868.